Un poco de amor francés

Esperando a míster Bojangles, de Olivier Bourdeaut. Salamandra, Barcelona, 2017. 149 págs.

Esperando a míster Bojangles, de Olivier Bourdeaut. Salamandra, Barcelona, 2017. 149 págs.

Agotada la primera edición en una semana, Esperando a míster Bojangles se ha venido ubicando como una de las novelas más exitosas publicadas este año en Francia. Ópera prima de Olivier Bourdeaut (1980), narra la historia de una familia arrastrada por el amor en su versión más extremadamente irracional, por un espíritu hippie que convierte con facilidad la libertad en libertinaje, y por la locura, verdadero fondo trágico de la novela.

Georges, el padre de familia, trabaja en una importante inspección de talleres que le hace ganar mucho dinero, dado que el puesto de trabajo se lo ha creado un amigo senador, cuyo apodo es el “Crápula”, y ha determinado que esa inspección fuera obligatoria. El guiño al lector por el sobreentendido de la corrupción entre gobierno y clase alta es evidente. Rápidamente, Georges ahorra mucho dinero, compra un castillo en España y decide dejar de trabajar para estar junto a su familia, pues su extravagante esposa queda embarazada. La esperanza de formar una familia palpita, pero palpita a la par el miedo a que la desmesura de la mujer pueda ir en aumento.

A su vez, Georges comienza a escribir una novela que narra los episodios más importantes de su vida junto a esta estrambótica mujer, a quien llama todos los días por un nombre distinto, y con quien, en uno de sus tantos viajes de novios, adoptó una grulla africana que nombraron Doña Superflua. Ella, más que una mascota, será un cuarto integrante de la familia, o más bien un quinto, dado que el afecto y la presencia constante del Crápula lo convierten en parte fundamental del núcleo familiar.

La novela, de este modo, intercala capítulos narrados desde la perspectiva del pequeño hijo, para quien faltar a la escuela y realizar magníficas fiestas en casa con sus padres, el senador y muchos invitados de lujo se vuelven una costumbre cotidiana, con capítulos que vendrían a ser transcripciones literales de capítulos de la novela de Georges, y este es, sin dudas, un acierto estético importante, dado que la perspectiva de un adulto y la de un niño en torno a la locura de la mujer que vive junto con ellos enriquece sobremanera todos los episodios surrealistas que conforman la sustancia de la historia, que está realmente plagada de humor crítico, de inteligencia y de ironía. Un ejemplo, como botón que sirve de muestra, es el chiste que hace el Crápula de los ciclistas y los vegetarianos, o la manera en que la mujer echa a patadas al cobrador de impuestos, dejando que los sobres de las cuentas sin pagar se amontonen en un rincón de la casa.

Las cosas comienzan a complicarse cuando Georges y su hijo padecen los bruscos cambios de ánimo de la madre y esposa: si bien al principio parecía divertido, avanzada la locura deja de ser gracioso y se vuelve preocupante. Aunque, al final de la novela, los sentimientos se vuelven una enrevesada mixtura que logra hacer convivir tragedia y comedia en una misma atmósfera, del mismo modo que durante la novela habían convivido mentira y verdad en una misma e indiferenciada cadena discursiva.

El problema humano central de la novela es el lugar que ocupa la locura en nuestra sociedad, el sistema institucional, más o menos útil, más o menos defectuoso, que tenemos para tratarla, en conflicto con el sistema moral posfoucaultiano que cada vez más aboga por evitar llamarla por su nombre, relativizándola, ocultando el verdadero tenor del problema. La novela, magistralmente, detalla, con una historia cuasi ejemplar (por eso algún crítico la ha tildado de “fábula”), los procesos culturales por los cuales el intento de integración del enfermo a la sociedad fracasa, y aunque la novela quiere revestir la tragedia de pomposo y dionisíaco arrebato coral, en el fondo palpita la melancolía del fracaso, al son de “Mr Bojangles” de Nina Simone, la canción que desde la boda hasta el final acompañó a los desmesurados amantes y al pequeño infante en infinitos bailes nocturnos, repitiéndose una y otra vez, como un anticipo de la fatalidad.

Bourdeaut supera con creces los alcances que se esperan de una primera novela, entrando al mundo literario por la puerta de adelante. Quienes disfrutan de la lectura de una novela que narre una historia sencilla, pero a la vez plagada de ocurrencias fantásticas, y que no olvide el trasfondo de los problemas humanos más existenciales pueden estar seguros de que Esperando a míster Bojangles les tiene guardada una grata sorpresa. Habrá que seguirle el rastro a Olivier Bourdeaut, que, con su aspecto de actor de cine y su escritura prolija y fantasiosa, parece ir por mucho más.

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