Polvos morales

A cuatro meses de que se venciera el contrato que otorga a la empresa Tenfield los derechos para negociar la vestimenta de las selecciones nacionales, llegó la sorpresiva oferta de Nike para poner la pipa donde antes estuvo el felino saltarín. Mucho más que a una batalla comercial entre dos empresas, asistimos a una lucha por mantener la cuota de poder que Tenfield asumió durante la época de Eugenio Figueredo.

Fútbol por ombú.

La historia es más que conocida: a cuatro meses de que se venciera el contrato que otorga a la empresa Tenfield los derechos para negociar la vestimenta de las selecciones nacionales, llegó una sorpresiva oferta de la empresa Nike para comenzar a poner la pipa donde antes estuvo el felino saltarín. En pocos días la opinión pública deportiva se centró exclusivamente en ese tema, nos olvidamos de que Peñarol quedó fuera con Luqueño y de que Déborah dijo que no es suficientemente rápida porque necesita más apoyo. Fue casi una cuestión de vida o muerte, una causa nacional en la que aparentemente ganaron los buenos, algo que rara vez ocurre en un fútbol acostumbrado a no salirse del molde “sugerido” por la empresa. Porque mucho más que a una batalla comercial entre dos empresas de un mismo rubro, asistimos a una lucha por mantener la cuota de poder que Tenfield asumió durante la época de Eugenio Figueredo.

Un camino difícil. Cuando Tenfield apareció en escena, a mediados de 1998, la selección era vestida por la marca japonesa NR, desconocida en nuestro medio pero que en su palmarés ostentaba el haber equipado al Nápoli de Maradona. Dicha firma llegó a los torsos, muslos y pantorrillas de nuestros jugadores seleccionados a principios de 1992, de la mano del ejecutivo comandado por Hugo Batalla, con diseños llamativos. Pero llamativos mal, diría Rafael Michelini.

Ya para 1999, con Tenfield al comando de nuestro balompié, la celeste lució una camiseta satinada que parecía más la de un equipo de baby fútbol que la de una selección que cuatro años antes había conquistado la Copa América. Tan fulera estaba que nadie se atrevió a hacerse cargo, no tenía marca visible. Recién en 2002 apareció un logo, el de la empresa ítalocanadiense L-Sporto, de fugaz pasaje (por la selección y por el mundo). Tras un breve período sin marca, Uruguay estrenó acuerdo con la firma alemana Uhlsport. La camiseta se estrenó el 31 de marzo de 2004, y Uruguay perdió 3 a 0 con Venezuela en el Centenario, lo que no parecía ser el mejor de los augurios. La también alemana Puma aparecería recién en 2007, ya con Tabárez como técnico.

 

Cosa de grandes. Las empresas Nike y Adidas se reparten actualmente el mercado de indumentaria deportiva de las ligas y selecciones más importantes del mundo, bajo una lógica dialéctica que parece concertada de común acuerdo: toman un par dicotómico del mundo del fútbol, cualquiera sea, y se lo reparten a partes iguales. Si a Boca lo viste Nike, a River lo viste Adidas. Lo mismo cuenta para Inter y Milan, Barcelona y Real Madrid, Manchester United y Manchester City, Francia y España, Inglaterra y Alemania, Brasil y Argentina. Si se extendiera esa práctica a nuestro quehacer político resulta claro que Vázquez usaría Adidas y Mujica Nike.

Que una de las dos empresas manifieste interés por vestir a nuestra selección no deja de ser un reconocimiento a los logros o al perfil deportivo de un equipo que hasta no hace mucho no encontraba quien quisiera firmar su camiseta. Quizás, sin saberlo, sea una confirmación de que Uruguay-Venezuela es realmente un clásico (tal como se lo sugirieron a Tabárez durante la conferencia de prensa posterior al choque ante los maduristas en la reciente Copa América), dado que Adidas hace un tiempo viste a los vinotinto.

 

De faraón a mendigo. La carta abierta que subió Diego Godín a las redes en nombre de los integrantes de la selección, reclamando dignidad, transparencia y respeto (tres palabras que no son de frecuente uso en todo lo relacionado con nuestro fútbol), fue clave a la hora de definir el entuerto. Es la primera vez que los jugadores toman posición pública contraria a la empresa Tenfield, reafirmando que con la llegada de Tabárez, y contrariamente a lo que se auguraba, la selección –en el imaginario popular– dejó de pertenecerle al empresario y pasó a pertenecernos a todos.

¿Por qué? Porque la selección mejoró su imagen con base en logros, mientras que todo lo que rodea a Tenfield parece condenado a teñirse con cierta oscuridad. Que hoy los jugadores hayan hablado y dado vuelta este partido obedece a que a base de coherencia y resultados se ganaron su lugar. ¿Qué hubiera pasado si –con todo el respeto que nos merecen– Adrián Paz y Walter Pelleti se hubieran opuesto a usar aquella camiseta NR con cuadraditos y rombitos en la manga? Nadie les habría dado bola. En cambio, ¿qué ejecutivo de la Auf querría ponerse en contra a hombres como Godín y Suárez, que dicen “a” y a los dos minutos tienen 2 millones de retwiteos?

Si yo vendo fruta en una esquina, y cuando llega fin de mes y me tapan las deudas le golpeo la puerta a un vecino y le pido plata, y me la presta aunque sabe que no tengo cómo devolvérsela, y el mes que viene pasa lo mismo, y de vuelta el siguiente, y así eternamente, no es tan descabellado pensar que el día que haya votación para los concejos vecinales yo vaya y lo vote sin preguntar demasiado. Ni siquiera podré decir que mi vecino me presionó para obtener mi voto. El problema se da cuando las instituciones presuntamente profesionales se comportan con lógica de vecinos que se deben favores.

Las culpas seguramente sean compartidas. Que Tenfield haya logrado el monopolio casi absoluto de las decisiones de nuestro fútbol se debe a que del otro lado del mostrador había gente con necesidades y con tendencia a dejarse monopolizar, por utilizar un eufemismo. La empresa encontró un panorama funcional a sus intereses expansivos y siguió creciendo hasta que el ejecutivo presidido por Bauzá intentó ponerle las primeras tapas. Y así le fue. Habrá que ver cómo le va a Valdez.

Mientras tanto, los hinchas de la selección, que –afortunadamente– no son la mera suma de los hinchas de los equipos, sino que son un conjunto mucho mayor, deberán ser cautos a la hora de festejar esta presunta derrota de Casal y los suyos. Nike no es el mesías, es tan sólo una multinacional estadounidense que busca hacer su negocio. Tampoco Valdez es el libertador ni Godín el prócer: simplemente hablamos de plata, y de tener potestades para decidir vender lo poco que tenemos de la forma más provechosa posible.

En la acera de enfrente está Paco. Que si algo nos ha demostrado en todos estos años es que tiene códigos y que sabe pagar y devolver tanto favores como traiciones. Algún as ha de tener en la manga: o mañana va y compra la representación de Nike para América Latina, o empieza a televisar los partidos de la selección desde la Torre de los Homenajes para que no se aprecie el logo de las camisetas, o le pedirá a Rodrigo Romano que deje de referirse a la camiseta celeste como “la más hermosa”.

Algo va a inventar, no se va a quedar con los brazos cruzados. Porque nada le disgusta más a un poderoso que quede en evidencia que su poder no es tan grande como se suponía.

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