Por el Flaco - Semanario Brecha
Crónica del concierto homenaje Zitarrosa, 90 años

Por el Flaco

Alfredo Zitarrosa en 1985. Marcelo Isarrualde.

Noventa años de Zitarrosa. El tiempo ya no tiene sentido. Y menos si uno piensa que pasaron como 40 años de su muerte. Y menos sentido tiene el tiempo, aún, si consideramos que una carrera de algo más de 20 años le alcanzó a este locutor que empezó a cantar de grande para transformarse en la voz más importante de Uruguay.

Y digo voz, en sentido amplio. Además de ese sonido, cálido y metálico a la vez, de líneas melódicas limpias, fieles al trazo original de la canción, Zitarrosa fue la voz de la lucha, la resistencia, el exilio y la vuelta. Pocas figuras tienen un consenso tan transversal en izquierda y derecha, ciudad y campo, folclore y rock.

En La inmortalidad, Milan Kundera presenta una escena: el barco se hunde y la gente se abre paso a patadas y codazos para llegar a los botes salvavidas. Uno de los pasajeros no participa de esa pelea, aunque su decisión lo lleve a la muerte. No lo hace por cobardía, (los cobardes pueden luchar ferozmente por su vida), sino porque, para él, ciertas formas de comportamiento no son aceptables. Podemos llamar a eso dignidad, y en este momento, frente a este escenario, aquella imagen me viene a la mente. Si tuviese que definir a Zitarrosa con una palabra, usaría dignidad.

Curioso, para un hombre del pueblo (y la figura de Alfredo es tan enorme que me permite decir «pueblo» en 2026 sin rubor), pertenecer a esa especie de aristocracia ética de la dignidad. En la salud y la enfermedad, en la pobreza y el exilio, Zitarrosa nunca fue un militante sobreactuado, ni un converso, ni una víctima, ni un mártir ni un héroe. Solo un tipo que mantuvo sus convicciones. Nada menos. Incluso el muro de Berlín, ante la sencilla impecabilidad del maestro, tuvo la delicadeza de esperar a su muerte para dejarse caer, pocos meses más tarde.

En todo esto pienso cuando, en uno de los momentos más emotivos de la noche, las guitarras acompañan a la imagen y la voz de Zitarrosa en «Stefanie». Por detrás de la emoción, me pregunto: ¿cómo se hace para acompañar al Zitarrosa grabado, cuando una parte esencial de su estilo es el dominio del ritmo, el juego en el que la voz y el acompañamiento se orbitan mutuamente con un pulso propio? ¿Es posible que uno de los núcleos centrales de su legado sea esa respiración de la música con su oleaje interno cambiante como herramienta expresiva? ¿Qué valor de resistencia artística tiene esto cuando la tendencia ha sido, cada vez más, amoldarse a un tiempo constante? Décadas atrás, aun las canciones de la música comercial solían apurar o aflojar su pulso de acuerdo al clima de cada pasaje. Luego, la grabación digital nos permitió ajustar cada nota a una grilla de tiempo perfecta y hacer más práctica la producción y el añadido de pistas. «Es la economía, estúpido.» Los músicos fueron entonces relevados de la responsabilidad de llevar el pulso y, en su lugar, se instaló el metrónomo, aquel monótono burócrata de las clases de piano que nunca soñó con tener tanto poder.

* * *

Luego del cuarteto de guitarras (Julio Cobelli, Enzo Fernández, Leonardo Delgado y Diego Oyhantcabal), subió al escenario la banda integrada por Martín Ibarburu en batería, Julieta Taramasso en bajo y Federico Araújo en piano y acordeón. Jacinta Bervejillo, en guitarra criolla, y Juan Pablo Chapital, en eléctrica, tuvieron a su cargo la dirección musical.

No soy amigo del folclore tocado con instrumentos eléctricos, pero acá funcionó, y es difícil decir algo nuevo de músicos de este nivel. Si bien trato de evitar elogios a los guitarristas, por miedo a que el vértigo los haga caer de sus pedestales y aplasten a alguno de sus sacrificados compañeros de banda, hay que decir que Chapital, en un medio con tantos guitarristas excelentes, es de los mejores. Que me corrijan los que saben de música, pero por momentos su sonido me remite a Robben Ford o a Jeff Beck.

Con respecto a los invitados, me sorprendió Chacho Ramos en «Milonga para una niña» (voz y guitarra mano a mano con Cobelli) y la voz intacta de Numa Moraes. Camila Ferrari y Sofía Álvez hicieron una buena versión de «Adagio a mi país», AVR (Álvaro Silva) y Alfonsina interpretaron «El candombe del olvido» y Luana brilló con «El violín de Becho», en uno de los momentos más aplaudidos.

Dani Umpi cantó «Si te vas», la versión rupturista de la noche, que me dejó la sensación de que el homenaje podría haberse aventurado un poco más en esos terrenos. (A propósito, la memoria me lleva a la lejana tarde en que grabamos «Recordándote» con Claudio Taddei. Habíamos invitado a un gran trompetista. El tipo llegó, escuchó unos compases e hizo algo extraordinario. Se negó a tocar. Le pareció que la versión era una especie de falta de respeto porque tenía una base de reggae. «No puedo hacer esto. Por el Flaco.» Esas palabras quedaron grabadas. Ahora pienso: «Pero, loco, te llamamos para grabar un tema de Zitarrosa y tocás la trompeta, ¿en serio esperabas algo más ortodoxo?».)

En la plaza, el final de «Recordándote» contó con el sutil ostinato en re y sol de la alarma de un auto, que se salvó del desguace porque seguramente nuestro trompetista no se encontraba en las inmediaciones. Entiendo el carácter popular que se le quiso dar a la celebración, pero tal vez habría merecido un espacio cerrado. No lo digo para que en Brecha dejen de enviarme exclusivamente a eventos con entrada libre, sino porque una mínima solemnidad no habría estado de más. Uno no puede lagrimear si al lado hay gente saludando a viva voz, como si llegara a un cumpleaños. «En rigor, era un cumpleaños», me dirán. Un tecnicismo legal. En todo caso, si algún día la izquierda llega al gobierno, voy a proponer que, en estos eventos, se separe a los grupos numerosos, se intercepten los encuentros de amigos que no se ven hace tiempo y que la fuerza pública los conduzca a la mesa de un bar para que puedan conversar hasta la madrugada.

Al volver a casa, ese viernes de noche me crucé con varias personas. Esas sombras que evitamos y para quienes cosas como viernes de noche, casa o incluso Zitarrosa tal vez sean palabras de otro idioma. Una de ellas dormía al costado de un cajero automático. El perro, arrollado a su lado, levantó una oreja rotosa cuando pasé.

Tanto tiempo después.

Y he sabido, guitarra,/ que este otro perro que criaste/ ladrador, campesino, a veces manso o vigilante/ que roe su propio hueso en la penumbra y gruñe/ cual casi todo perro popular/ vagará por tus anchas veredas,/ tus milongas sangrantes/ hasta morir también/ tal vez un día/ de soledad y rabia/ de ternura/ o de algún violento amor/ de amor, sin duda.

Un brindis. Por el Flaco.

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