Por fin el fin

Crónica de una cuarentena.

Salí a la calle esperando ver cosas raras, no sé bien qué. Podían ser seres mutantes que atacaran a las personas, ya fueran humanoides, arañas gigantes o perros parlantes. Como era de esperarse, no había nada de eso, y seguí rumbo a 8 de Octubre. Debo reconocer que me molestó un poco ver más o menos a los mismos vecinos de siempre conversando tranquilamente en la puerta de la casa; eso sí, el tema excluyente de las charlas era el virus infernal y la necesidad de aislarse.

Miré al cielo y no había allí rastros de objetos no identificados de evidente origen extraterrestre o al menos patrullas voladoras de la Sociedad Interplanetaria. Nada; ni el helicóptero de Larrañaga. Ya en la avenida, no se veían ómnibus, pero eso tampoco es tan raro: sucede siempre que uno está apurado por llegar al Centro. Caminé unas cuadras y el único elemento distópico visible era cierto abandono general, con cosas como restos de envases y bolsas vacías que el viento había amontonado en los portales. Nada nuevo, tampoco, pero al menos era una escenografía apropiada. Entré al súper y ahí sí: todos los empleados, incluidos los guardias de seguridad, estaban con tapabocas. Elemento clave, que distorsiona la cara –lo más humano de los humanos– y que, por si no alcanzara, había visto en centenares de fotos y videos provenientes de sociedades avanzadas y recónditas. También observé que los clientes (cantidad normal, tirando a baja) no contaban con dicho artilugio: eran como yo. No obstante lo cual ingresé con precaución, esperando que en cualquier momento los miembros de una unidad de guardias imperiales saltaran sobre mí y me desinfectaran con pistolas de rayos gamma, para después empaquetarme en una monocapa carbonada, inexpugnable para los virus, y encerrarme tras un campo de fuerza de tecnología alienígena, a la espera de que alguna inteligencia artificial decidiera mi destino final (probablemente como esclavo en una empresa minera de los asteroides transneptunianos). Como –extrañamente– no pasó nada de esto, compré la comida para los perros que había ido a buscar y volví a casa, desilusionado.

Situaciones como la que estamos viviendo en estos días exacerban nuestros deseos de aventuras grupales fantásticas (siempre que la cercanía de alguno de sus aspectos realmente negativos no nos asuste de verdad). Esta es ideal: por ahora (esto fue escrito el lunes 16) hay pocos casos verificados y ningún muerto; el país está en una cuarentena laxa y la gente mata el tiempo leyendo todo el día noticias, explicaciones científicas, teorías conspirativas y chistes en diversos formatos acerca de la infección que, desde hace ya varios meses, asola el tercer planeta. Capaz que nos distraemos un momento con otra cosa (por ejemplo, vamos a preparar el mate y se nos ocurre barrer unas hojas que el viento introdujo dos o tres días antes en el comedor), y de pronto pensamos, alarmados: “Uy, ¿en qué estará lo del virus?”, sin tener en cuenta que apenas pasaron tres minutos y medio desde la última vez que nos fijamos. Y volvemos a mirar, fascinados, las fotos de los chinos con bidones de agua sin gas en la cabeza. Qué creatividad, cómo con tan pocos elementos se puede dar esa sensación de soldados de una versión de Star Wars hecha por los Monty Python. Y vuelve la ciencia ficción a sumirnos en su maravilloso mundo de sueños semirreales, donde la vida no es tan aburrida y todo puede pasar, incluso aquí y en este momento.

Y volvemos a navegar por un mundo de curvas exponenciales dibujadas en el aire y explicadas en inglés –con subtítulos en el mismo idioma, pero que dicen otras cosas– por personas con lentes, y animaciones de muchas pelotitas que se mueven y cambian de color, que ayudan a entender las simulaciones de epidemias en distintas condiciones: con tal cosa, sin tal cosa, y con tal pero sin cosa. Y volvemos a pelearnos con el amigo que, con tonito sobrador (porque hay gente que escribe así), afirma que es todo un plan para controlar a la población, manteniéndola en sus hogares sin capacidad ni ganas de salir a la calle a terminar, de una vez por todas, con el capitalismo y la oligarquía, que es lo que tendríamos que estar haciendo en lugar de asustarnos con virus inventados por las transnacionales farmacéuticas, que ya tienen la vacuna y están esperando que haya más terror en el mundo para largarla a un precio exorbitante, que acá sólo podrán pagar los de siempre, usando apenas las ganancias que obtuvieron con la suba del dólar, que no es casual; no podemos ser tan palomas. Y después de quemar nuestros mejores y más sensatos argumentos en esa discusión inútil nos vamos a tirar un rato en la cama, porque nos vino de golpe un sopor extraño, sí, pero no sólo extraño, sino también intenso, imposible de soslayar. Qué cosa, cómo es que esto no figura bien arriba entre los síntomas inequívocos de la infección; no entiendo. Bueno, qué se puede esperar, si estamos en manos de vendidos corruptos e incompetentes que no se han enterado del inminente e inevitable fin de la sociedad tal como la conocemos, que no nos dejan disfrutar de esta breve excepción a la rutina de la mediocridad, de este ser noticia mundial sin dejar de ser anónimos.

Artículos relacionados

Las consecuencias de la estrategia sueca contra el coronavirus

El modelo que no fue

La oposición política a Bolsonaro frente a la catástrofe sanitaria.

En la ventana