Porno chantilly - Semanario Brecha

Porno chantilly

¿Alcanza con lo que los medios suelen llamar “un gran fenómeno editorial en Occidente” para ocuparse de la ineludible trilogía “erótica” de la británica E L James? ¿Qué tiene el tal fenómeno para decir sobre unas páginas que son literariamente abominables? ¿En qué reside la fórmula por la que millones de lectores (de preferencia lectoras) en el mundo se hayan visto seducidos por esta conservadora historia de amor maquillada de vértigos sadomasoquistas?

Lo que busca la última de estas preguntas, retórica sin duda, incluye sin disimulo la respuesta: “Cincuenta sombras”, como se conoce a la trilogía de E L James –Cincuenta sombras de Grey, Cincuenta sombras más oscuras y Cincuenta sombras liberadas;1 así los títulos de los tres gruesos volúmenes que la componen– es una historia de amor perfectamente convencional que no le llega ni a los talones a la subestimada Corín Tellado pero que se las arregla para persuadir como una erótica transgresora allí donde todo es convenientemente profiláctico y deudor del statu quo romántico más persistente y ajado de la tierra.

En lo que a erotismo refiere, la trilogía elige al antiquísimo esquema de dominación/sumisión sexual, la del amo y el esclavo, una de las vertientes más fecundas de la tradición literaria “erótica” y “pornográfica” occidental.2 Pero a Sacher-Masoch, o a Sade, a la Historia de O de Pauline Réage (Dominique Aury) como a Bataille, a Henry Miller o a Anaïs Nin –para citar a algunos de los autores canónicos más resonantes del repertorio occidental moderno– este refrito en forma de tarta dulce que lleva moñitas por látigos les hubiera arrancado no pocas carcajadas. Y así también al lector contemporáneo durante los primeros tramos de la primera novela de la serie, cuando la chica alterna el sonsonete de lo que le dicta su conciencia con lo que le mandata, contraviniéndola, su… ¡“diosa interior”!
El lector se complace en una sorna más o menos divertida al comienzo, antes de que empiece a cundir, gruesa, la impaciencia, y con ella, frente a las cifras de ventas y demás escarapelas incendiarias que ostenta la serie, una tristeza finita que garúa sobre el estado de la literatura frente al mundo, o sobre el estado del mundo frente a la literatura.
Pero empecemos por la noticia de la autora, esa señora oronda y rematadamente británica, que con aires de psicóloga amateur o de escritora de autoayuda sonríe desde las solapas de sus libros. E L James (firma tan próximamente oportunista a la de la también bestsellerista y británica J K Rowling) esconde en realidad a Erika Mitchell (nacida en 1963), una productora televisiva que convive desde hace veinte años con su esposo, el guionista Niall Leonard –“amo de mi universo” y a quien dedica obsesivamente sus tres novelas, aunque de distinto modo–, y sus dos hijos adolescentes en el oeste de Londres. Todo empezó cuando Mitchell, lectora voraz de la saga Crepúsculo, de Stephanie Meyer, comenzó a escribir una fan fiction bajo el seudónimo de “Snowqueen’s Icedragon” en el sitio fanfiction.net (las fan fiction son reelaboraciones escritas por fans de determinadas obras transfigurando a los personajes, los motivos y las tramas de los originales admirados, muchas veces de forma radical). En el caso de Meyer, los castos Bella Swan y Edward Cullen, protagonistas de Crepúsculo, regresaban como vampiros efectivamente voraces y se enredaban en toda clase de aventuras eróticas sadomasoquistas.
El nombre original que la futura James dio a la saga fue Master of the Universe (como su esposo en la primera dedicatoria), y su suceso fue tal que decidió reelaborar el material para dar lugar a una saga propia, Fifty Shades (“Cincuenta sombras”, y cuando los protagonistas ya son entonces los de la trilogía que nos ocupa). Mitchell decidió entonces retirar el material del viejo sitio y publicarlo en su propia web, FiftyShades.com.
“Crepúsculo para adultos” fue el previsible mote con que la prensa signó a la oportunista aventura de la escritora (una ventisca de merchandising que en principio no pareció inconveniente), pero no pocos siguen advirtiendo, con ceño fruncido, la “sombra” demasiado omnipresente de aquel tinglado argumental sobre la historia que volvió millonaria a la hasta entonces anónima ejecutiva de televisión. Después que The Writer’s Coffee Shop, una editorial virtual con sede en Australia, comprara los derechos de Cincuenta sombras de Grey, inaugural libro de la saga –fue primero y simultáneamente lanzado como libro electrónico y de bolsillo en 2011–, tocó el turno a la editorial Vintage (de Random House), y desde entonces la trilogía, si se da crédito a los números manejados por la editorial, ha tenido ventas superiores a los 60 millones de ejemplares; sus derechos de traducción han sido cedidos a 50 países, consiguiendo vender más que la saga completa de Harry Potter. (Hay otro dato burdo que suma en escarapelas: en abril de 2012 E L James fue declarada una de las cien personas más influyentes del mundo, según la revista Times).
La causa de esta millonada tan “ardiente” se consigna en toda clase de artículos que, como éste, no parecen conseguir un recuento fidedigno sobre fuentes y consumo cultural: en condicional, entonces, deberá decirse que sus mayores “consumidoras” suelen ser fabuladas como mujeres de supuesta clase media y media-alta, europea o estadounidense, blancas y de entre 35 y 45 años –¿por qué la demografía lectora es tan difícil de mensurar?–. Se las vio formando multitudes en las playas y en el subte con los libros en las manos en el último verano y sin medir ojos ajenos, me alerta una amiga desde Europa. Algunos artículos postularon en principio que el boom de la ejecutiva James radicaba en la posibilidad discreta del e-book, pero ese argumento parece ahora por completo vencido.

 

PORNO SOFT Y NOVELA ROSA. Antes de pasar a la prosa indeciblemente ridícula de E L James (véase recuadro) –oportunidad que no dejaron ni dejarán pasar tanto los humoristas calificados como los misóginos idiotas, en femenino y en masculino indistintamente– debe contarse de qué va esta historia. Situada en gran medida en Seattle, Washington, Estados Unidos, al comienzo de la saga Anastasia Steele es una jovencita de 21 años, tímida, cauta, virgen y rabiosamente racional, que cursa estudios literarios (los envíos o citas literarias a lo largo de las tres novelas “cuidan” la decencia intelectual de los lectores) y que está a punto de conseguir su título universitario. Comparte apartamento con su amiga Katherine, más desinhibida y alerta al mundo, pero no por eso menos tonta. Una gripe sacude a esta última, por lo que Katherine decide embarcar a su amiga en la entrevista que tiene programada (un trabajo para la revista de su universidad) con el espléndido, en todos los sentidos del capitalismo más atroz, Christian Grey, un hombre de unos 30 años, ejecutivo multimillonario insufriblemente atractivo, con ojos tan grises como su apellido (grey) y tan “acerados” como las mejores pupilas que consagró Corín Tellado a su muy calificada paleta de miradas. Sucede que, “flechazo de amor” mediante, uno y otro se verán sacudidos por una clase de imantación que tras unos cuantos consabidos cortejos tranquilizadores (él corteja a ella, como debe ser, y con la literatura que más le incumbe: ediciones originales de Thomas Hardy en forma de obsequio romántico), terminarán por dar lugar a una relación o un pacto –en forma de contrato sexual con reglas inusitadamente asépticas para lo que se conoce como bdsm3– en el que él será “amo” y ella “sumisa”. (¡Cómo recuerda todo eso a los estrictos contratos pactados entre Leopoldol von Sacher-Masoch y madame Fanny Pistor!)
Conforme le acuerda los puntos a seguir y tras unos cuantos “permisos” como “rebeldías” de su sumisa, el “amo” Grey irá cediendo al amor a secas (¡ay, el amor a secas, por fin!) de la disconforme. Y será transformado por gracia del amor romántico en una proeza de varón en los términos de una relación heterosexual (o para el caso: de una relación heteronormativa, según prefieren o agudizan los términos académicos) de lo más corriente y tranquilizadora para esas señoras o señores de las playas veraniegas y bestselleristas de Europa. La mujer asegurándose la transformación del hombre bajo su supeditada paciencia; ¿y qué más quieren las mujeres en las historias de amor?

BARATA. Horrible, en esta trilogía todo es horrible. Los cursos y los recursos literarios e ideológicos, todos astutos, todos vendibles, todos deudores de la mercancía pura. Además de explicar el fenómeno editorial en términos de una complicidad oportunista entre amor romántico (novela rosa) y resabios –higiénicos, cautos– de lo que llamamos sadomasoquismo con guirnaldas parecidas al porno soft, algunos articulistas han explicado el fenómeno en términos de “autoría”. En un artículo de Página 12,4 comparecen otros autores/as que han venido a sumarse a esta ola de porno higiénico y erotismo refractario, cuyo éxito radicaría en quiénes se nos presentan, precisamente, como responsables de esas ficciones “de ocasión”. Se trata en casi todos los casos de autores/as que amplifican editorialmente su condición heterosexual, amos y amas de casa, con niños y hogares encendidos, perros echados frente a la estufa, bondades navideñas… El asunto no es menor: no por casualidad Cincuenta sombras como sus sucedáneos o parientes han sido envalijados con la etiqueta del “mommy porn” (porno para mamás). Y no por casualidad a mi muy conservadora internista le ha llegado a sus manos Cincuenta días de Grey en el verano y no ha tapado la cubierta mientras leía en la playa lo que consideraba una porquería. Y no necesariamente por los látigos, el bondage, etcétera.
Desde otro lugar y hace ya unos cuantos años, el “porno feminista” –entre otras pornografías y erotismos más o menos invisibilizados– insiste en su capacidad de alterar simbólicamente, a través de la representación sexual, la esclerosis normativa en los roles de género (en todas las gamas de lo que se conoce como género) que acercan o ponen a distancia distintas formas de entender el sexo durante el intercambio erótico del poder (sumisión/poderío, entre ellos), una apuesta considerada política que alteraría nuestras más naturalizadas nociones sobre la forma de concebir el sexo. Esta trilogía, sin embargo, confunde las maderas viejas de nuestra imaginación con astillas de luz nueva. Y es una lástima que esos hilos de luz estén tan supeditados al más absoluto y aburrido patriarcado.

1. Grijalbo, Buenos Aires, 2012.
2. El distingo entre literatura pornográfica y literatura erótica ha fatigado toda clase de literaturas sin un saldo demasiado rotundo, y aún conquista teóricos (incluso vernáculos: caso del novelista uruguayo Ercole Lissardi, de gran suceso en Argentina, y autor, junto a Amir Hamed y Roberto Echavarren, del libro Porno y post-porno, editado por Hum).
3. bdms es una sigla derivada de las iniciales de algunas prácticas sexuales: B: bondage, D: disciplina y dominación, S: sumisión y sadomasoquismo, M: masoquismo. Desde los noventa también se habla del rack, acrónimo de Risk Aware Consensual Kink (que viene siendo traducido al español como “riesgo asumido y consensuado para prácticas de sexualidad alternativa o no convencional”: racsa).
4. “Levántate y anda”, de Juan Pablo Bertazza, 14-IV-13.

La prosa de miss James

• “Mmm… Empujo la cabeza con fuerza y siento su miembro en el fondo de la garganta, y luego en los labios otra vez. Paso la lengua por la punta. Es como un polo con sabor a… Christian Grey. Chupo cada vez más deprisa, recibiéndolo cada vez más hondo y girando la lengua alrededor. Mmm… No tenía idea de que proporcionar placer podía ser tan excitante, verlo retorcerse sutilmente de deseo carnal. La diosa que llevo dentro baila merengue con algunos pasos de salsa.”

• “Y pese a todo, he pasado la noche en la suite de su hotel y me siento segura. Protegida. Le preocupo lo suficiente para que venga a rescatarme de algo que equivocadamente creyó que era peligroso. Para nada es un caballero oscuro. Es un caballero blanco con armadura brillante, resplandeciente. Un héroe romántico. Sir Gawain o sir Lancelot.”

• “—¿Qué es un polvo vainilla? –le pregunto, aunque sólo sea para no pensar en su intensa, ardiente y sexy mirada.
Se ríe.
—Sexo convencional, Anastasia, sin juguetes ni accesorios –se encoge de hombros–. Ya sabes… bueno, la verdad es que no lo sabes, pero eso es lo que significa.
—Oh. Creía que lo que habíamos hecho eran polvos de exquisita tarta de chocolate fundido con una guinda encima.”

• “Guapa. Me ruborizo de alegría. Christian Grey me considera guapa. Entrelazo los dedos y los miro fijamente intentando disimular mi estúpida sonrisa. Quizás es miope.”

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