Primeras derrotas de la muerte – Brecha digital

Primeras derrotas de la muerte

Por encargo de la UNICEF, organismo de las Naciones Unidas para la Infancia, Eduardo Galeano visitó en Nicaragua un frente de batalla menos estridente pero más devastador que el de la guerra abierta. Antes de la revolución, los niños morían con igual facilidad que las moscas. Pero “cuando se libera la energía colectiva –escribe Galeano– la solidaridad se vuelve más contagiosa que ninguna peste”. “Le ganamos a la muerte –dirá un delegado del gobierno– y una revolución es eso: ganarle a la muerte”.

Edición Nº6 del Semanario Brecha

—Toque esta mano.

Esta mano que palpa el vientre y encuentra la cabeza y endereza al niño cuando viene mal. Esta mano que trasmite serenidad y fuerza a la mujer, mientras su cuerpo se abre, y después le ofrece té de canela o alhucema. Esta mano que brinda una pizca de miel al recién nacido, para que éste sea su primer sabor del mundo. Esta mano que entierra la placenta, que es como raíz recién arrancada, que se viene con tierra y todo y a la tierra vuelve.

Esta mano que da de nacer. ¿Existe acaso un oficio más hermoso?

—Ya está viejo el primer chavalo que miré. Miles he traído. Y gemelos, tres veces. Nunca lo hice por los reales. Si alguien gustaba pagarme un pollo, yo gustosa lo aceptaba, y ese pollo era una vaca para mí. He parteado mucho en el monte, solita y a medianoche. Con clavo caliente quemaba el ombligo. En el tiempo antiguo, otra cosa no había. Aprendí de una abuelita mía, que ella me dijo: “Mirá, nieta. Me voy a morir. Aprendé para que te ayudes y ayudés”. Yo soy de la cola del mundo. Ya no voy a servir mucho, por la mucha edad que tengo. Pero les enseñaré a otras. Tengo ese orgullo. Hasta cuando Dios me quite la vida. Es cuanto.

Cuando los nicaragüenses dicen el tiempo antiguo, están hablando de hace cuatro años:

—No había una inyección, una nada.

Verdes montañas en torno de muros mordidos por las balas: en la ciudad de Estelí, todavía marcada por la lepra de la guerra, las parteras de diversas comarcas están renovando sus maletines de Unicef. Las parteras populares, las comadronas, tuvieron miedo la primera vez que fueron convocadas. La práctica del parterío estaba prohibida. Había que pagar a médicos que nunca llegaban, había que acudir a hospitales que no existían. Pero en 1979, la revolución que acababa de voltear a la dictadura de Somoza no llamaba a las parteras para meterlas presas, sino para darles cursos y diplomas. Ahora vienen siempre; y algunas vienen desde el frente de guerra, desde la boca del lagarto:

—Yo conmigo especé. Yo solita me veía. Así tuve diecisiete hijos. Y entonces tuve que partear para otras, porque allá en el valle del Bramadero no había quién para componer el ombligo. Mi sabiduría fue natural, pero ahora pongo inyecciones y tengo yodo y mertiolate. En el tiempo antiguo nadie le hacía caso a una. Y se parteaba en el suelo, a como diera lugar, y muchos tiernitos morían. Estamos cambiando. En eso estamos. Cambiando. Pero quedamos en escombros y estamos pobres y ahora, otra vez la guerra. Yo le digo: Hemos puesto la mano en el arado y no vamos a volver atrás. Yo le digo lo que Cristo dijo. Y más no me pregunte, porque vivo muy nerviosa. Que me acaban de matar un hijo. Es cuanto.

Esta es una jornada de celebración. Las parteras han venido a Estelí para celebrar un hecho que bien vale la pena. El año pasado, en esta zona habían caído veinticinco bebitos fulminados por el tétanos. Este año, ninguno. Las parteras ya no cortan ombligos a machete, ni los queman con sebo, ni los atan sin desinfectar. Y también las vacunas han sido decisivas: la vacunación de mujeres embarazadas trasmite inmunidad al niño en formación, como si él fuera un órgano del cuerpo de la madre.

Este año, ninguno.

—Le ganamos a la muerte– dice el delegado del gobierno en la reunión–. Y una revolución es eso: ganarle a la muerte.

Más contagiosa que la peste.

La salud dejó de ser caridad en Nicaragua. Las víctimas se hacen protagonistas. Ochenta y siete mil voluntarios participaron en la campaña contra la malaria: en tres días realizaron un trabajo de cinco años. La salud de todos es asunto de todos y a todos moviliza. En las jornadas de vacunación, como en la campaña de alfabetización, las brigadas van casa por casa y penetran las más remotas comarcas. En 1981, en Ciudad Sandino, suburbio de Managua, vacunaron cantando. Cuando se libera la energía colectiva, la solidaridad se vuelve más contagiosa que ninguna peste. Un país pobre, profundamente enfermo, se transfigura lanzándose más allá del egoísmo.

—Una vez –me cuenta Fernando – vi un pollo que estaba picoteando un espejo. El pollo estaba como besando su propia imagen. Al ratito, se durmió de aburrimiento.

“Que nos aten al cuello una rueda de molino.”

Un país pobre, arrasado por dictaduras, guerras y terremotos. Un país acosado. Pero la movilización popular multiplica los panes y los peces. Y al fin y al cabo, por poner un ejemplo, no cuesta más que veinte mil dólares vacunar contra el tétanos a todas las mujeres nicaragüenses en edad fértil; y veinte mil dólares es lo que el mundo gasta en armamentos en un segundo.

Nicaragua ha logrado, en cuatro años, un espectacular descenso en la mortalidad infantil. Queda mucho camino por recorrer; pero los niños ocupan el centro del proceso abierto a partir de la caída de la dictadura de Somoza. “Si así no fueraexplica el comandante Tomás Borges, ministro del gobierno sandinista– más valdría que nos ataran al cuello una rueda de molino, como dice la Biblia, y nos tiraran al mar.”

Los niños morían como moscas. Era costumbre. Las estadísticas de gobierno dependían de la imaginación de los funcionarios. Diarreas, fiebres y vómitos aniquilaban muchas vidas recién empezadas y los registros oficiales no se daban por enterados en la mayoría de los casos. Poco después del triunfo de la revolución, los médicos encontraron que todos los niños de un barrio pobre de Managua tenían síntomas de tuberculosis; y en ciertos pueblos rurales, como por ejemplo Raití, estaban tuberculosos ocho de cada diez habitantes.

Una revolución es una revelación. Los nicaragüenses están descubriendo su propio país. ¿Cuántos tuberculosos hay en Nicaragua? Todavía no se sabe a ciencia cierta; y más se descubren cuanto más se explora. La pelea contra la tuberculosis será larga y difícil en un país donde la leche, los huevos y la carne son todavía, para buena parte de la población, objetos tan extraterrestres como los platos voladores. Pero el sarampión ya no mata a nadie, la polio ha desaparecido y la malaria se redujo a la tercera parte.

De cada diez nicaragüenses que morían, cuatro no habían llegado a cumplir un año de edad. De esos cuatro, dos morían de infección intestinal. La diarrea era la más criminal, la primera causa de muerte infantil en 1979. En 1982, era la tercera. En 1983, estaba en cuarto lugar.

Fernando, el médico poeta.

A principios de 1980, Fernando fue enviado al pueblo de Tortuguero, a orillas del río Kakarawala, porque andaba haciendo estragos el sarampión.

Allá nunca habían visto un médico.

Fernando improvisó un hospital de campaña y aplicó vacunas y remedios. Dos semanas le llevó la guerra contra el sarampión, pero después las lluvias lo obligaron a quedarse. Llovía como para siempre.

Fue pasando el tiempo y Fernando seguía acorralado por las lluvias. Cuando se acabaron las medicinas, curó con hierbas. Fernando combatía inflamaciones con la leche de cierta corteza de árbol y contra el dolor de muelas aplicaba el ácido de una hoja. Con té de flores curaba la tos. La grasa de gallina, derretida al fuego, aliviaba los dolores de pecho. Para las laringitis recetaba melaza de caña. El polvo de achiote es bueno para teñir, pero también ayuda contra las infecciones. La manteca de azahar le servía de bálsamo.

Con el suero que había llevado, salvó a más de un niño moribundo de diarrea. Cuando el suero se acabó, hizo suero casero, con agua hervida, azúcar y sal, en las proporciones que indican los técnicos de Unicef; y enseñó a la gente a prepararlo y a aplicarlo.

Una calabaza para explicar la medicina.

Nicaragua es el primer país que aplica en escala nacional el tratamiento de rehidratación oral contra la diarrea. Hay 356 unidades permanentes de rehidratación oral, diseminadas por todas partes, y una infinita cantidad de centros populares para la distribución del suero. Los brigadistas de salud llevan en sus mochilas los sobres de suero enviados por Unicef; y también enseñan a preparar suero casero. Para explicar los síntomas de la gastroenteritis, usan un muñeco: convierten una calabaza en cabeza humana. La calabaza está abierta por arriba y tiene varios agujeritos con tapones. Los brigadistas la llenan de agua hasta el tope y la cubren por arriba con un trapo. Destapan los agujeritos de los ojos y la calabaza llora, y por otro agujerito orina, y por otro sufre dia-rrea. A medida que se escapa el agua, el trapo se hunde como se hunde la mollera del niño deshidratado, y llora sin lágrimas, y orina poco o nada.

Eficaces campañas de propaganda explican que el niño, como la planta, se muere si se seca. La tradición y algunos médicos aconsejaban ayuno ante la diarrea infantil. Ahora se sabe que es al revés.

En el tiempo antiguo, se intentó aplicar en Nicaragua la terapia de rehidratación oral. No hubo caso. Las madres recorrían enormes distancias hasta llegar a los escasos médicos y los raros hospitales, y se sentían estafadas:

—¿Cómo? ¿Me traigo al tierno desde tan lejos, que se me está muriendo, y me dan esta agüita? ¿Ni un remedio me dan? ¿Ni una inyección van a ponerle? De balde el viaje.

Un personaje llamado Uro.

Nos acribilla la lluvia en la caja del camión que corcovea a través de la selva. Esta es la región de las minas de oro, al sur de Bonanza. Ondula la selva sobre las montañas y el camión la sigue, pisando puentes inundados y a medio caer, y vamos dejando atrás algunas aldeas de casas de madera alzadas sobre zancos. Con la mano a modo de visera alcanzo a ver, a través de la cortina de lluvia, los paisajes fulgurantes. Este mundo parece hecho por un dios que se dedica, los domingos, a la pintura ingenua.

Calor con lluvia es invierno. Calor sin lluvia es verano. Llueve mucho, muchos meses, en la selva de la costa atlántica. Trae vida la lluvia, vida que por todas partes brota con violencia, pero también multiplica la diarrea y la malaria. Las aguas encharcadas se hacen caldo de cultivo de moscas y mosquitos, las lluvias arrastran basuras y excrementos y se salen de cauce las aguas de los ríos, contaminadas por las empresas que explotaban el oro.

—¿Cuántos hijos ha tenido?

—Diez.

—¿Cuántos se le murieron?

—Cuatro perdí.

El diálogo se repite. Cambian los números: doce hijos, cinco muertos; ocho hijos, cuatro muertos. Y así.

Entre casas que algo tienen de barcos, conversamos con una mujer de la comunidad indígena de Wasminona, que tiene cuerpo de niña y ojos mucho más viejos que ella. Tres de sus hijos, me cuenta, habían muerto de diarrea. A otros tres se los salvó el URO en un año. El Uro, personaje muy popular en toda Nicaragua, y cuyo nombre completo es Unidad de Rehidratación Oral, actúa en cada una de estas comunidades de la selva.

Esta es frontera de guerra. No andan lejos los soldados de la derrocada dictadura de Somoza. Lleva fusil al hombro la enfermera que coordina y abastece a los diversos centros de salud, recorriendo la selva a pie o lomo de burro. En la comunidad del Zopilote, hombres y mujeres han marchado al frente. Las mujeres que quedan reparten el pecho. Con una teta dan de mamar al hijo propio y con la otra, al hijo de la mujer ausente.

 María, la lavandera.

María ha visto unos cuantos niños muriendo de diarrea: color sin color, secos, puro huesito, boqueando como pez fuera del agua.

Ella está a cargo de un Uro popular en un suburbio obrero de Managua. Hace cuatro años, le decían:

—Qué vas a saber vos.

Venían las madres con niños de mollera hundida y ella les aplicaba suero en vez de inyecciones, y ni siquiera les sobaba la cabeza, ni les apretaba con el dedo el cielo de la boca.

Como responsable de las tareas de salud en su zona, la lavandera María también se ocupa de que de una buena vez excaven su pozo los vecinos que todavía no han hecho letrina, y organiza jornadas de limpieza contra charcas y basuras, y habla con cada una de las madres que no han vacunado, todavía, a sus niños: con ésa que cree que bastante protegido está el niño por el poder de Dios y con esa

otra que teme que la vacuna le inflame la canillita o lo mate.

María ha aprendido a controlar embarazos y a distinguir los grados de desnutrición. Por manos de María pasan los alimentos que la ayuda internacional destina a mejorar la dieta de las embarazadas de este barrio y de su boca salen palabras que también ayudan: ella explica que no hay mejor alimento que la leche materna y combate el pánico de las primerizas temerosas de que se les arruine el pecho y las abandone el hombre. María despeja las dudas de las que creen que la leche amarilla y poca, no vale nada, o que la leche de mujer resfriada puede caer mal al niño. Para que no falle la leche, les dice, hay que alimentarse bien y romper la vieja costumbre que obliga a comer sólo queso y maíz, en los cuarenta días después del parto, para que no se ponga hedionda la sangre.

Le pregunto por la brigada de salud del barrio, que ella dirige:

—¿Los niños participan?

—Muy niños no. Ya son adultos como de catorce años.

María, la lavandera, jamás ha cobrado un centavo por todo esto. Tiene manos blanqueadas de tanto jabón, y un marido medio arruinado por un accidente, y seis hijos, “que a los mayores me da pena, que los tengo hasta sin zapatos”.

En su casa hay velas siempre encendidas bajo las imágenes de Jesucristo y de Sandino.

María, la lavandera, habla como si fuera muchos. Y es.

Denis, el brigadista.

Era un campo de tulipanes de todos los colores y él caminaba o flotaba sintiéndose llamado. En eso le salió al paso un hombre o rara luz que lo alzó y lo cargó en brazos. A Denis nunca le gustó que lo lleven, pero en esos brazos se sentía cómodo y muy seguro.

—Yo le preguntaba: “¿Quién sos vos?”. Y él, nada. Pero fue un caso, cómo decir, de confianza a primera vista. Yo no sentía miedo. Iba apretado contra ese pecho a través del campo de tulipanes y preguntando, preguntando, y él callando, hasta que me dijo: “Pero, ¿no te das cuenta?”. Entonces me desperté y tenía unas alas acá en la espalda.

—¿Te sentías feliz?

—Preocupado, más bien. Pero me las toqué y desaparecieron.

—¿No te gustó despertarte con alas?

—Peor fue otra vez que me desperté convertido en dinosaurio.

Denis tiene ocho años. Vive en un barrio de Managua. Con sus compañeros de las brigadas infantiles ha recorrido puerta por puerta en busca de niños no vacunados y convenciendo a ciertos padres testarudos o temerosos de que la vacuna contra la poliomelitis fuera veneno o pócima para volver comunistas a los niños. En la lucha contra la miseria, Denis y sus compañeros recogen y queman basura, atacan pantanos, aguas estancadas y charcos, cortan malezas y plantan almendros, mangos, chilamates y sauces.

—Aquí había tanto mosquito que usted aplaudía y mataba a cinco o seis.

Herencia.

La salvación de niños es aquí una tarea colectiva, posible porque el pueblo cree, por primera vez, en lo que hace. Cree y crea: al desencadenar su energía creadora, la comunidad se descubre capaz de convertir las palabras en actos.

Fácil no es. A pesar de la intensa solidaridad internacional faltan, por ejemplo, médicos y hospitales. En Managua, los

recién nacidos con algún signo de anormalidad tienen que estar de a dos por cuna; y en las salas de cirugía infantil no hay lugar para tener más de tres días a los recién operados.

Pero las dificultades materiales, que son tantas y tan multiplicadas por la guerra incesante, parecen nada en comparación con las otras: no hay varita mágica que pueda borrar de un solo toque la tradición de ineficacia y fatalismo. Durante siglos, este país ha sido entrenado para obedecer, no para pensar, y para padecer la historia en lugar de hacerla. Todo estaba organizado para que cada cual se resignara a la vida que le tocara y aceptara la desdicha y la muerte temprana como se aceptan las lluvias del invierno y los soles del verano.

La fulminante campaña de alfabetización demostró desde el pique que la revolución es un entusiasmo más poderoso que las dificultades, pero en el mismo país viven todavía, peleando entre sí, el país que fue y el país que será.

El mal de ojo.

Las vacas, ganado con jorobita, se cruzan en el camino. En las afueras de la ciudad juegan niños desnudos, barrigudos, brazos y piernas de alfiler. Crece el café a la sombra de los naranjos. Estamos llegando a Juigalpa. Estas son las tierras del centro de Nicaragua, donde un poeta cantó a los ríos de leche y a las piedras de cuajada.

Hasta hace poco, en estos campos no había, contra la diarrea, otra cosa que raicitas de dormilona y hierbabuena, y anisillo contra la tos y el pecho apretado. Todavía se cree que la diarrea no es culpa del hambre, la mugre y las moscas, sino que viene por mirada fuerte de hombre borracho o mujer con menstruación. Quien hace al niño el mal de ojo, puede salvarlo si después lo escupe.

Despuesito.

Se reúnen, preocupados, los delegados de las organizaciones populares en Juigalpa. No van bien las cosas. Es preciso lanzar una nueva campaña contra la diarrea infantil.

Hay varias unidades de rehidratación oral en la región, pero casi no existen las Uro populares. Los brigadistas son escasos y enfrentan problemas de dejadez y lentitudes de tortuga.

—Lo quieren todo servido.

Los brigadistas voluntarios explican que el suero casero se hace con un litro de agua hervida, y que una tapita de refresco sirve de unidad de medida, siete de azúcar, una de sal, para hacer la mezcla. Pero sbre todo explican, y demuestran, que la educación y la salud no se reciben, sino que se hacen entre todos.

Camino de la hacienda Los Millones, pasamos por Villa Sandino, antes llamada Villa Somoza. Preguntamos:

—Allá, despuesito de la subidita.

El despuesito resulta ser un largo después. Llegamos por fin a Los Millones, así llamada por lo mucho que ganaba el dueño, casado con alguien de la familia que durante más de cuarenta años ejerció la dictadura en este país. El hombre vendió hasta los ceniceros y huyó no bien sintió que soplaba fuerte el viento.

Ahora hay en la hacienda un centro de salud, todavía precario, y un comedor infantil, y los trabajadores tienen letrinas. Pero las letrinas están llenas de moscas y los niños andan descalzos y con panzas delatoras de parásitos. De nada sirven los medicamentos si al día siguiente los parásitos vuelven a meterse por la planta del pie.

 Jesús, el albañil.

Perros flacos jadeando, polvo y sol, y entre las arboledas que parecen selva, unas casas levantadas a la que te criaste, cuatro tablas, tres latas, dos piedras. Camino del mercado, las mujeres llevan frutas sobre la cabeza. Se ven hombres tumbados a la sombra de los árboles, siempre en domingo. En esta comarca de Pochocuape, faltan brigadistas que enseñen que al niño se le hunde la mollera por deshidratación, y no por salto brusco ni maleficio, y que la leche materna, que parece que no llena, cría con fuerza. Pero Jesús, el albañil, y otros voluntarios, han levantado la escuela, que antes era nomás que un palo de mamón, y han limpiado los barrancos, y han vacunado a todo el mundo.

Jesús, el albañil, flaco puro pómulo, vive de alzar paredes. También siembra tomates y frijoles y trabaja en lo que va saliendo. Le pregunto cuántos hijos tiene. Cuatro, me dice, del matrimonio, y otro por fuera, que se murió:

—Anoche.

Se llamaba Merlin, tenía tres meses.

—Se le cansó el corazón.

 Melania, la vivandera.

En el Mercado Oriental de Managua, Melania vende caramelos y crispitas de maíz y de miel. Está dando de mamar al hijo, que tiene poco de nacido. Este es el tercero. Uno murió y el otro vive con daño, caída la cabeza, idos los ojos, los brazos aleteando.

¿Qué come Melania cada día? Hasta que su hijo cumpla cuarenta días, ella no come más que tortilla de maíz y leche cuajada. Ni frijoles, ni frutas, ni huevos. “El médico me dijo.” ¿Qué médico?

Me contesta, riendo: “Mi abuelita”.

Los poderes del pecho.

La desnutrición, hermana enmascarada del hambre, castiga todavía a siete de cada diez niños de Nicaragua. Y no solamente por la miseria material. También por los tabúes; y por cierta publicidad comercial que durante tantos años ha inducido a preferir la leche de tarro a la leche de madre y a comprar refrescos químicos en lugar de jugos de frutas y leche de vaca.

Los médicos me cuentan. Por medio de sociodramas y revistas de historietas, se enseña que a partir del tercer, cuarto y quinto mes el niño necesita otros alimentos además de la leche materna. Pero mucha gente cree que los frijoles ensucian la sangre del niño y que el jugo de limón la corta, que los huevos dan dolor de barriga y que las legumbres son pasto y el pasto es para las vacas.

Orlando me dice que en su comarca creen que la leche produce diarrea y amebas y Lilián me habla del caso de la embarazada que se negaba a tomar leche porque temía que su hijo naciera embadurnado en mantequilla. Mauricio ha visto en el hospital a miles y miles de mujeres que vienen a parir trayendo unas botellas de gaseosa de color rojo, de pura anilina por creer que contiene sangre o por no saber que mentía la propaganda que prometía vitaminas.

Un decreto de gobierno ha cortado en seco el auge publicitario, de la leche en polvo, que inducía a las madres a desconfiar de su propia leche; y una vasta campaña explica, por todos los medios, que la leche materna trasmite defensas, que resiste un día entero sin refrigeración y que es el mejor alimento del recién nacido, digan lo que digan el marido o la suegra. Además, y eso ya resulta más difícil de explicar, el pecho liga a la madre con el hijo y brinda al niño misteriosas vitaminas que no aparecerían en ningún análisis de laboratorio. En un viejo hospital de Managua, ocurría a veces que las madres abandonaban a sus niños después del parto. Así fue hasta que las cunas fueron acopladas a las camas. Desde entonces, ninguna mujer ha huido del hijo que duerme a su orilla, pegado a su pecho.

 Un teatro para explicar la medicina.

Por un camino de volcanes de blancos penachos, llegamos a Jinotepe. En una reunión de enfermeras, pido que me muestren sus técnicas de persuasión. Entonces improvisan sociodramas. Cada una de ellas se vuelve, por un ratito, primera actriz de un teatro de quita y pon. Dos situaciones típicas: el niño deshidratado con la madre que desconfía del suero y la embarazada que viene a atenderse la barriga por primera vez. Hay mímica y palabras, humor y amor.

En este país, cada enfermera o auxiliar de enfermería es una policlínica ambulante y una cómica de la legua.

 Nora, la costurera.

Ella enseña cocinando.

Nora es costurera, cirujana de ropas viejas, y de eso vive. Además, como militante de la asociación de mujeres, enseña cocinando. En Jinotepe y las comarcas vecinas, Nora difunde platos que se conocen poco o nada y que son, a la vez, alegrías de la boca y fuentes de buena salud. Anda Nora por las cocinas de barrios y pueblos, mostrando. Cada vecina trae alguna de las cosas necesarias para la receta del día.

—Hoy, la Ensalada Fiesta.

No se come para engañar el hambre, sino para disfrutar y multiplicar la vida. Si no hay ciertas especias, se usan hojitas de limoneros de los patios y si no hay papa mejor, porque así encuentra ocasión de lucirse la batata, más bien novedosa en Nicaragua.

Para vencer la desnutrición, que a tantos niños mata o mutila, es preciso incorporar, por ejemplo, verduras y frutas a la comida tradicional, y carne de pescado, que tanto abunda en este país de mares y lagos. A través de la asociación de mujeres, el gobierno distribuye semillas de lechuga, repollo, tomate, rabanito, pepino y zanahoria, para plantar en los patios, en tierras o macetas, huertas familiares que sirven de escudos contra la escasez y la especulación. Y también distribuyen semillas de calabacines, aquí llamados pipianes, y a la embarazada que teme mirar la flor del calabacín, porque según la tradición se arruinará la planta si ella la toca con los ojos, le dicen:

—Mirá.

Nora, la costurera, enseña a cocinar pescados y otras carnes, con tal arte que no haya boca que se resista, y explica que la cebolla es enemiga feroz de anemias, parásitos y microbios. En estos últimos tiempos, Nora anda cargada de granos de soya. Con los granos de soya, lleva la buena noticia: medio quilo de la exótica soya, que se vende a precio de ganga, equivale a veinticinco huevos o a cinco litros de leche de vaca. Los granos de soya se lavan y se dejan en remojo hasta el día siguiente y después se convierten en infinitas delicias por obra de la mano y ayuda del fuego. De la leche de soya se hacen refrescos y helados y el queso de soya acepta todos los matrimonios y pasa a llamarse “Aquí te espero” cuando se casa con el repollo y la clara de huevo. De la masa de soya surgen sopas, tortas, picadillos, guisos, empanadas y dulces. Cremas, panes y mazapanes nacen del grano tostado. La soya entera se vuelve loca por el frijol criollo y la soya verde persigue al arroz. El germinado de soya…

—Tiene un sabor de maíz nuevo y comiendo un poco nomás ya se siente una como viniendo de tremendo banquete.

 Cándida, la partera.

En el pueblo de Santo Tomás, ¿quién no ha venido al mundo por mano de Cándida?

Con las parteras de Estelí comencé este viaje y con la partera de Santo Tomás se acaba, mientras Nicaragua nace más y muere menos.

—Lo importante está en el habla y en la mano– me dice.

Y cuando conversamos sobre la placenta, que las parteras de Nicaragua entierran siempre, me dice que no, que no es porque esté muerta que se entierra la placenta. La placenta sigue viva y hay que enterrarla bien, en lugar seco, donde dé fuerte el sol. Si no se hace así, a la mujer que ha parido va a dolerle mucho el vientre. A la placenta hay que enterrarla bien para que se haga tierra, como nosotros nos haremos, me explica Cándida, porque la placenta es una parte viva de la madre. Y si se hacen las cosas como es debido, la otra parte viva de la madre crece sobre el mundo, y se alza en dos piernas, y se hace gente, y va siendo.

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