Princesas y guerreros (I) – Brecha digital

Princesas y guerreros (I)

En las últimas semanas se ha venido desarrollando a través de diversos medios, tradicionales y electrónicos, una polémica a propósito de la publicación y distribución de la guía Educación y diversidad sexual, cuyos contenidos fueron elaborados por el colectivo Ovejas Negras.

La obra fue encargada (mediante un llamado a licitación pública) por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), a través del Instituto Nacional de las Mujeres, y tuvo el apoyo de la Administración Nacional de Educación Pública (Anep) mediada por su Dirección de Derechos Humanos y su Red de Género.

Algunos de los contenidos de esta publicación molestaron, como era previsible, a la Conferencia Episcopal, que reclamó para los padres y las familias el derecho a educar a los niños, en una materia tan sensible, en el seno del hogar y al margen de la intervención del Estado. Ese reclamo tuvo ecos menos previsibles. En consonancia con el mismo, el abogado y periodista Hoenir Sarthou pidió, desde su columna regular en el semanario Voces, que se respetara la libertad de los individuos en la esfera privada, cosa que a su juicio la guía vulnera o intenta vulnerar. El dirigente frenteamplista Esteban Valenti publicó en su portal de noticias una columna (aparentemente) en el mismo sentido, que rápidamente fue levantada, con seguridad por el propio autor. A través de Internet, muchas otras personas, más o menos públicas o más o menos anónimas, se pronunciaron en el mismo sentido.

La guía (a la que fácilmente puede accederse por medios electrónicos) contiene, además de un marco teórico y otros materiales de apoyo para los educadores, un repertorio de propuestas de trabajo. Una actividad pensada para niños de 4 y 5 años parece haber molestado particularmente a los críticos. Tanto Sarthou como Valenti parecen haber encontrado esta propuesta especialmente chocante y fue uno de los asuntos más comentados en los debates de Internet. La actividad en cuestión se titula “Diversas formas de ser niño y niña”. Su objetivo general, según se consigna en el material, es: “Generar un espacio de juego y expresión que habilite el reconocimiento, valoración, identificación y vinculación de los cuerpos, reelaborando los roles y comportamientos de género”. Entre sus objetivos específicos, además, se cuenta el siguiente: “Evidenciar los roles y comportamiento de género asignados y esperados en niños/as y construir colectivamente, a través del juego, alternativas a los mismos”. Uno de los modos en que se pretende alcanzar este objetivo en particular es aclarado más adelante, al presentar el desarrollo de la actividad: “Se busca evidenciar los juegos y personajes esperados para niños y niñas (por ejemplo: niños de superhéroes y niñas vestidas de princesas). A partir de esa actividad se evidencian los estereotipos de género y se invita a la construcción de juegos alternativos a los generados” (págs 36-37).

En una nota del periodista Leonardo Haberkorn sobre la enseñanza de la ingeniería en Uruguay (publicada hace un par de años en la revista de la Cámara de la Construcción) se recogen ciertas declaraciones de la doctora en matemática y profesora titular de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República Jana Rodríguez Hertz. La profesora Rodríguez Hertz se refiere en ese pasaje a las causas que a su juicio están por detrás y explican el hecho de que haya tan pocas mujeres, tanto en Uruguay como en el mundo, que se dedican al cultivo de las ciencias naturales y formales (a veces llamadas “duras”). Sobre esa cuestión, dice lo siguiente: “No se estimula (a las mujeres) a interesarse por las ciencias duras. ¡Cuánto daño hace que los padres disfracen a las niñas de princesitas! Les niegan el derecho a ser protagonistas de su propia vida, porque no hay cosa más pedorra que ser una princesita y esperar a que un tipo te rescate. Nadie dice: ‘Yo quiero que mi hija sea médica espacial o doctora en matemática’. En cambio, muchos padres y madres quieren que sus hijos varones sean ingenieros. Pero una niña nunca”.

En líneas generales, el problema que aflige a la profesora Rodríguez Hertz es el mismo que preocupa a los autores de la guía y que ésta (con mejores o peores propuestas) busca atacar. Con la diferencia de que la profesora Rodríguez Hertz no fue acusada de hacer o de promover nada malo al expresarse de esa manera y al poner en cuestión esos estereotipos.

Los estereotipos de género no son una tontería, no son paparruchadas que les permiten a los intelectuales afrancesados escribir artículos académicos llenos de palabras raras o asuntos gracias a los cuales grupos de presión como Ovejas Negras busquen obtener mayor incidencia política. Todo eso puede que ocurra o puede que no, pero en cualquier caso no es lo importante. Lo importante es que los estereotipos de género determinan a la larga los lugares que ocuparán las personas en la sociedad, y de este modo limitan el desarrollo de las potencialidades y de las capacidades de ciertos individuos (las mujeres, por ejemplo, pero no exclusivamente) al encasillar a las personas dentro de ciertos moldes.

Es verdad que esos estereotipos seguramente sean adquiridos primariamente en los hogares y no en las aulas. La pregunta es entonces: ¿qué debe hacer la escuela con ellos? Con matices, la respuesta que ofrecen tanto la Conferencia Episcopal como Sarthou, Valenti y otros es: nada, la escuela no debe hacer absolutamente nada con esos estereotipos, única y simplemente debe limitarse a respetarlos y a promover el respeto de los demás, porque conforman la identidad que el niño tiene ya incorporada a su personalidad y nada debe hacerse para violentar esa identidad ya construida, porque sería una falta de respeto y un acto de violencia contra el menor. Ni la Conferencia Episcopal, ni Sarthou, ni Valenti, ni los comentaristas de Internet más o menos públicos o más o menos anónimos ven algún problema en la exhortación de la profesora Rodríguez Hertz a que los padres eviten vestir a sus hijas pequeñas de princesitas. Porque eso es algo que se resuelve (en un sentido o en otro, mejor o peor) en el ámbito privado. Eso es algo que queda en la intimidad de la familia y el hogar. Pero cuando es la educación pública la que pretende poner en cuestión esos mismos estereotipos “pedorros” (Rodríguez Hertz dixit), entonces parece que se desploma el cielo, parece que se acaba el mundo, porque el Estado se atreve a inmiscuirse en algo que es propio y exclusivo del ámbito privado de las personas. Pero eso no es verdad. Los estereotipos de género son algo tan público como las consecuencias que generan. Y si las consecuencias que generan esos estereotipos son injusticias y desigualdades, entonces deben ser combatidos.
Los niños al llegar a la escuela traen consigo ciertos modelos de conducta y marcas de identidad que les fueron inculcadas en el ámbito familiar. La Conferencia Episcopal, Sarthou, Valenti y muchas otras personas creen que esos modelos deben ser respetados, que no deben ser puestos en cuestión por la institución educativa. Esta es una muy mala idea. Es una idea peligrosa, conservadora y antimoderna (en el sentido de antiilustrada: una idea contraria a los ideales de la Ilustración). No podré explicar ahora por qué uso cada uno de estos adjetivos. Se me acaba el espacio que generosamente me ha ofrecido Brecha para exponer estas ideas. Quiero decir, no obstante, que no uso esos términos con voluntad de descalificación personal ni tampoco de manera irreflexiva. Explicaré la semana que viene, en la segunda parte de esta columna, por qué he usado específicamente esos términos y por qué pienso que la escuela no necesariamente debe respetar los rasgos de identidad personal que el niño ha incorporado fuera de ella.

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