La distopía cultural del siglo XXI

Problemático y febril

Desde siempre, pero nunca con tanta fuerza como hoy, se ha utilizado a la cultura (en sentido amplio) como una poderosa arma de dominación. Los avances tecnológicos están permitiendo crear una especie de revoltijo cultural en el que nadie sabe dónde está parado ni de qué agarrarse para no caerse.

Por estos pagos, estamos asistiendo tanto a grandes medidas
–el congelamiento del presupuesto universitario es una de ellas– como a otras de alcance más limitado
–como la anunciada reducción horaria en las prácticas corales de los liceos públicos–. En estos ejemplos no hay nada nuevo (recordemos la carta1 que Carl Sagan envió al gobierno de Luis Alberto Lacalle cuando se habló de eliminar la Astronomía de la enseñanza secundaria), pero el tema es mucho más entreverado.

Hay dos factores que se cruzan aquí: uno es la idea, pregonada a veces desde tiendas dispares, de la inutilidad de ciertos saberes. Se puede discutir si puede haber saberes inútiles, pero aunque no lo hagamos está el problema de definir qué es útil y qué no. Ahí descubrimos que la palabra utilidad no se pronuncia pensando en los individuos implicados, sino en un sistema económico bien concreto. Los estudiantes de las escuelas y liceos públicos estarían destinados, principalmente, a ser mano de obra un poco especializada para las empresas que los gobernantes consideran que caracterizarán el futuro inmediato. ¿Para qué vamos a gastar recursos en explicar a qué distancia del centro galáctico vivimos o en enseñarle a cantar a alguien que va a pasar su vida haciendo fletes, talando eucaliptus o diseñando folletines turísticos? Viva la libertad, pero no la de cultivarse y aprender lo que a cada quien le dé la gana, sino la que tienen los operadores económicos a la hora de prepararnos para trabajar en lo que dictaminen conveniente.

En el caso concreto de los coros, la inutilidad es mentira por varios lados: el canto coral no es sólo un pasatiempo. Además de ser placentero (y también por eso) es una herramienta educativa formidable, porque allí las personas desarrollan capacidades sensoriales, motoras y sociales sin darse cuenta y sin que nadie se las tenga que explicar en un Powerpoint. Y lo cierto es que nadie conoce mejor la utilidad de la música que el propio poder, que la tiene como herramienta de homogeneización cultural favorita, además de usarla para vendernos mercaderías diversas, entre las que se encuentra la propia imagen de los candidatos a gobernantes.

Pero hay otro factor sin el que este análisis resultaría incompleto: los jóvenes de las clases pudientes, si quieren, pueden pagar sus estudios de lo que sea, donde sea. Si desean practicar deportes o ser filósofos o artistas, van al club, a la universidad o al taller que les plazca. Para ellos no está en juego la libertad de elegir su propio futuro; no son afectados por los recortes en la enseñanza pública, ya que su educación ni siquiera está supeditada a lo que pase en este país. Funciona así: los políticos recitan oraciones como «los pobres necesitan aprender cosas que les permitan competir en el mercado laboral para salir de la pobreza», y hasta parecen decirlo honestamente. Su discurso se fragmenta entre frases bien estudiadas y otras que parecen barbaridades dichas por un palurdo, pero que, a la larga, mueven la opinión pública siempre en la misma dirección. Es posible desentrañar la trampa, pero para ello se requiere esfuerzo y voluntad de razonar; la desestimulante confusión provocada por el tsunami de fake news y teorías conspirativas prepara el terreno para que, con equilibrio y sobriedad (aparentando surfear la ola gigante), ellos nos expliquen cómo son las cosas. Esa misma confusión genera iras y desconfianzas entre personas que, normalmente, estarían más o menos del mismo lado del espectro político.

La gente sólo quiere creer en algo, encontrar argumentos que afirmen su posición, e Internet se los brinda en forma personalizada. Mientras seguimos oyendo decir que las ideologías son algo perimido, asistimos a discursos tan ideológicos como el del presidente de la Asociación Rural del Uruguay, Gabriel Capurro, que dijo, en el marco de las consecuencias de la pandemia, que «el problema es que si no se actúa con equilibrio en las políticas impositivas que se implementan, se puede caer fácilmente en el populismo, desestimulando al que arriesga, al que invierte, al que más se esfuerza»; que «es la nación [fíjense que no dice «el Estado»] quien debe asumir el compromiso de proteger a los más débiles, buscando un mayor equilibrio en la distribución de la riqueza y alentando a quienes más se esfuerzan». Luego remató afirmando que es justo que haya desigualdad, porque forma parte de la naturaleza humana. Una pintura de una sociedad en la que el progreso es responsabilidad de individuos sanos y pujantes («los malla oro», según el presidente, o «los mejores», según la ministra Arbeleche), mientras que a otros, débiles y sin voluntad, hay que ayudarlos, pero sin exagerar. En medio de todo esto, se realiza un vergonzoso aumento de sueldo a muchas autoridades públicas y también aumenta el número de grados altos militares.

No hay que menospreciar. Esa patética estética de telenovela con que se nos gobierna es muy entradora. ¡Si hasta los coronavirus se comportan distinto según el evento social! Al menos, eso se desprende de los distintos protocolos y de su cumplimiento arbitrario: compárense las tribunas vacías de cualquier cancha de fútbol con las de la Rural del Prado. O las fotos del presidente Lacalle Pou dentro de una abigarrada multitud comiendo con la mano de una mesa –en la misma Rural– con los dichos del ministro Daniel Salinas, que contó que «casi» se baja del auto a rezongar a los integrantes de una comparsa que iban tocando el tambor sin tapabocas y sin guardar distancia.

La duda que surge es: ¿cuánto tiempo se puede sostener un relato tan disparatado? No sé si hay respuesta, y hasta es probable que esa sea la pregunta básica del gigantesco experimento social en que estamos inmersos los habitantes de esta distopía llamada siglo XXI. Otra que cambalache: qué tangazo se perdió de hacer Discépolo.

Por decir fútbol

1. Véase en: https://uruguayeduca.anep.edu.uy/recursos-educativos/1002

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