De providas y antiderechos en los albores del siglo XXI

Los que se oponen a las políticas a favor de los derechos de la mujer sólo basados en dogmas religiosos, no creo que merezcan denominarse provida y, en mi opinión, les queda mejor la denominación de “antiderechos”.

La vida es el bien social más preciado. Desde la directora general de la Organización Mundial de la Salud (Oms), Margaret Chan, a Pepe Mujica, casi no hay dudas, la vida y la salud  bio-psico-social son consideradas socialmente como el valor fundamental sobre el que se basan el resto de las construcciones humanas y en particular los derechos humanos, quizás la última utopía racional de nuestra especie en tiempos del Estado Islámico y Trump. En clave de fundamentalismos, la reciente situación generada por un fallo de la jueza Pura Concepción Book tiene muchas facetas para analizar. Sin embargo, hay una que parece que fue especialmente irritante para los grupos que apoyan a la jueza en cuestión, el de la denominación provida. Desde la década del 70 del siglo pasado, en contraposición a los movimientos a favor de los derechos de las mujeres –seres humanos, por cierto– aparecieron movimientos sociales (en realidad, brazo social de las iglesias católicas-cristianas y protestantes) que se autodenominaron –remarco esto, se denominaron a sí mismas– provida. En el epicentro del capitalismo mundial, Estados Unidos, el valor de la libertad individual y del individualismo es tan importante que, para los grupos que abogaban por los derechos, le pareció adecuado el término “proelección”. Esta decisión política abandona entonces la confrontación y, desde hace medio siglo, la denominación provida les pertenece a grupos que se oponen a los derechos humanos, en este caso los derechos sexuales y reproductivos como la planificación familiar, la fertilización asistida y, claro está, el aborto voluntario. Así, en América Latina y el Caribe, la región más católica del mundo, heredamos, en parte por falta de independencia ideológica y en parte porque los recursos siempre vienen del norte, como la maldición de Malinche, esta dicotomía “provida” versus “proelección”.

Desde el abordaje científico epidemiológico y desde la perspectiva de la pregunta existencial de cuándo comienza la vida humana creemos imprescindible revisar esta falsa contradicción. Entrando al milenio me vinculé desde mi profesión al problema humano del aborto voluntario. En Uruguay el aborto era la principal causa de mortalidad materna. Desarrollamos el modelo de reducción de riesgos y daños en aborto inseguro al que bautizamos como “Iniciativas sanitarias contra el aborto provocado en condiciones de riesgo”. Desde este modelo no promovíamos el aborto, sino las decisiones conscientes de las mujeres y planteábamos entre nuestros objetivos disminuir la mortalidad materna, los abortos provocados y la mortalidad infantil. Hoy, aquello que nos proponíamos hace 15 años se ha concretado en gran medida. Uruguay es el país con la menor mortalidad materna de América, sólo aventajado por Canadá, habiendo superado a Cuba, Chile y los mismísimos Estados Unidos.1 Al mismo tiempo, tenemos una tasa de aborto voluntario de las más bajas del mundo, equiparable a los países de Europa occidental, que hace 40 años despenalizaron el aborto, esto es concordante con las evidencias científicas incontrastables.2 Además, sabemos que al aumentar la mortalidad materna aumentará la mortalidad infantil, así que, si la disminuimos, estaremos contribuyendo a bajar la mortalidad de niños y, sobre todo, niñas. Así entonces, con nuestras políticas disminuimos la mortalidad materna, el número de abortos y la mortalidad infantil, lo cual ha sido reconocido en los principales foros internacionales.3 En contraposición a esta peripecia en nuestro país, aquellos países que siguen desarrollando políticas restrictivas con respecto al acceso a los servicios de salud sexual y reproductiva en general y del aborto en particular, mantienen tasas inaceptablemente altas de muerte materna y, en general, un subregistro que oculta la mortalidad por aborto.

Así entendido, desde el abordaje epidemiológico, no parece muy razonable la denominación provida a políticas que incrementan el riesgo, la enfermedad y la muerte maternos, sin disminuir y, en la mayoría de los casos, incrementando la frecuencia de los abortos. Pero sabemos que para muchos no alcanza con la realidad epidemiológica, la pregunta existencial del inicio de la vida subyace toda esta discusión. La respuesta a esta pregunta está teñida de valores religiosos. Aclaro que estoy convencido de que la fe religiosa, si respeta los derechos humanos y no busca ser impuesta a los demás, siempre debe ser respetada. Y si esa fe implica considerar que la vida humana y la persona como tal comienza con la fecundación (“concepción” es un término religioso) es respetable también, por cierto. Respetable no significa que no sea muy discutible desde otras visiones de fe (judaísmo, islamismo, budismo, etcétera) y desde dos facetas más terrenales, la biológica y la del derecho, que pasamos a analizar. Así en términos biológicos están los que consideran que el embrión-feto va adquiriendo paulatinamente las características de conciencia que hacen al ser humano, hasta los que creen que el feto no es persona humana hasta su nacimiento. Mucho se ha escrito y escribirá al respecto. Respetables diferencias con argumentos sólidos que desde mi punto de vista hace que sea imposible, desde la ciencia, llegar a una posición única. En términos del derecho, la moderna interpretación de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, luego del emblemático caso “Artavia Murillo contra el Estado de Costa Rica”, conceptualiza que el famoso artículo 4 del Pacto de San José de Costa Rica cuando refiere a “Toda persona tiene derecho a que se respete su vida. Este derecho estará protegido por la ley y, en general, a partir del momento de la concepción”, se refiere siempre y en todos los casos a que la vida del embrión-feto sólo podrá ser protegida a través de la protección de la mujer como inequívoco ser humano, que no es un envase simplemente, sino una persona consciente con derechos y, concomitantemente, es contundente al plantear que el embrión-feto no puede tener estatus de persona. Así entonces, si desde el punto de vista epidemiológico se demuestra que las políticas a favor de los derechos disminuyen la mortalidad materna e infantil y disminuyen el número de abortos, y en términos existencialistas –en cuanto al comienzo de la vida– no hay respuesta única desde la ciencia, y el derecho es conteste en reconocer que la mujer sí es sujeto de derechos con primacía sobre el embrión-feto, la pregunta es: ¿alcanza con querer ser algo para serlo? ¿Alcanza con decirse provida para serlo? Yo creo que no, que no alcanza. Esta posición es, en el mejor de los casos, engañosa, ya que apropiarse del nombre “provida” como si fuera un valor supremo, sin consideración ni respeto de circunstancias, subjetividades y sufrimientos puestos en juego, hace que los poderosos grupos internacionales de poder, financiados desde los países desarrollados, en particular por sectores ultraconservadores estadounidenses, impongan una idea falsa y retardataria de las necesarias transformaciones. Los verdaderos provida no creo que sean, literalmente, quienes definen el origen de la persona con el óvulo fecundado, sino más bien, quienes promueven políticas que disminuyen la muerte y la enfermedad tanto materna como infantil, y al mismo tiempo que disminuyen el número de abortos.4

Desde esta perspectiva más pragmática, los y las provida somos nosotros. Los que se oponen a estas políticas sólo basados en dogmas religiosos, no creo que merezcan denominarse provida y, en mi opinión, les queda mejor la denominación de “antiderechos”. Así, la verdadera diferencia desde mi punto de vista no es provida versus proelección, sino provida versus antiderechos, porque en términos de defender la vida nunca le dimos, le damos ni le daremos la derecha a nadie.

  1. Leonel Briozzo, Rodolfo Gómez Ponce de León, Giselle Tomasso, Aníbal Faúndes, “Overall and abortion related maternal mortality rates in Uruguay over the past 25 years and their association with policies and actions aimed at protecting women’s rights”, International Journal of Gynecology and Obstetrics, 2016, 134 (1).
  2. Gilda Sedgh, Susheela Singh, Iqbal Shah, Elisabeth Ahman, Stanley K Henshaw, Akinrinola Bankole, “Induced abortion: incidence and trends worldwide from 1995 to 2008”, The Lancet, 2012, 379 (9816): 625-32.
  3. http://www.figo.org/sites/default/files/uploads/IJGO/supplements/IJG110_S1_SpanishForFIGO.pdf
  4. Leonel Briozzo, “La despenalización del aborto como estrategia hacia una práctica segura, accesible e infrecuente”, Revista Médica del Uruguay, 2013, 29: 114-17.

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