Qué dulce la partida

Brooklyn tiene su encanto. Éste proviene de que ese carácter luminoso y optimista del relato está expuesto con contenida mesura, da lugar a puntuales pero efectivos toques de humor costumbrista. Si hay algún adjetivo para aplicarle a Brooklyn es “encantador”, como lo es un paseo por un mundo del ayer idealizado, despojado de todas sus sombras.

ilis (Saoirse Ronan) es una jovencita que vive en una pequeña ciudad irlandesa con su madre y su hermana mayor, que trabaja en la contaduría de una empresa y es quien se ocupa de sostener a la familia. Eilis no consigue trabajo, y un cura irlandés (Jim Broadbent), residente en Nueva York, le consigue un empleo allí y un residencial donde quedarse, regido por una ácida pero protectora patrona (Julie Walters). El trabajo es en una gran tienda de cosméticos, donde la tímida y retraída Eilis deberá aprender a agradar a las clientas, y en el residencial a convivir con otras emigradas, con distinta fortuna en su desempeño y relaciones, y también en su capacidad de burla y de compañerismo. La impávida e impenetrable muchacha de todas maneras se las arregla para estudiar contabilidad, ganarse el afecto del cura y de su anfitriona, y luego también un novio (Emory Cohen), un muchacho de familia italiana unida, modesta y muy trabajadora. Luego un infortunado suceso en su familia la obligará a regresar a Irlanda, a la que regresa distinta, y donde el panorama que la espera es también muy distinto del que la despidió.

Ese es el primer conflicto que aparece en una historia tersa, lisa como una manzana, donde ni el impacto que puede suponer el ingreso a un mundo muy diferente, ni las angustias de la distancia, ni los choques culturales que podrían producirse entre comunidades de distintos orígenes –como la irlandesa y la italiana, bastante frecuentados por el cine–, ni la ajenidad de una gran ciudad para alguien provinciano producen siquiera un leve estremecimiento. Nada en el nuevo destino de Eilis es oscuro, peligroso, doloroso, conflictivo siquiera. Sólo levemente melancólico, al comienzo de su estadía neoyorquina. Las niñas buenas que van a Nueva York protegidas por un sacerdote y una sólida formación cristiana, parece enseñar la película, serán allí comprendidas, estimuladas y queridas por ese american dream que las estaba esperando.

Y sin embargo, al igual que las medias cortas y las amplias polleras que usan las jóvenes del filme –todas lindas, con excepción de una que, para mejor comprensión, además resulta la más tonta–, ese look Lana Lobell de comienzos de los años cincuenta, que es la época en que se desarrolla la historia, Brooklyn tiene su encanto. Éste proviene de que ese carácter luminoso y optimista del relato está expuesto con contenida mesura, da lugar a puntuales pero efectivos toques de humor costumbrista, y no hace lugar al sentimentalismo almibarado que lo ronda sin, afortunadamente, alcanzarlo. En verdad, si hay algún adjetivo para aplicarle a Brooklyn es “encantador”, como lo es un paseo por un mundo del ayer idealizado, despojado de todas sus sombras. Sostenido en un elenco muy acertado, desde la expresiva inexpresividad –si se permite el oxímoron– de la rubia Ronan hasta la convincente frescura de Emory Cohen, pasando por la inapelable solvencia de Jim Broadbent y la chispeante Julie Walters. Todo esto debió pesar en la nominación al Oscar en los rubros mejor actriz para Saoirse Ronan y mejor película para el director John Crowley (¿Hay alguien ahí?, Circuito cerrado), de quien ésta es su quinta película (el libreto corresponde al bien cotizado Nick Hornby sobre una novela del irlandés Colm Toibin). Por lo pronto, Brooklyn ganó el Bafta como mejor largometraje británico. El “encanto” tiene su encanto.

https://youtu.be/jE4DnLjp_xY

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