¿Qué es la antipolítica? - Semanario Brecha
Conceptos y debates

¿Qué es la antipolítica?

El término antipolítica1 es recurrente en el debate público, asociado a veces a representantes de las nuevas derechas, como Trump, Bolsonaro o Milei. Es fácil ingresar en una discusión anegada cuando el término antipolítica se usa para calificar a políticos antiestablishment u outsiders: ¿cómo llamar antipolítico a quien participa de la política? ¿Cómo llamar antiestablishment a los defensores del establishment?

En la academia no hay consenso sobre la definición, y otros términos ingresan al debate: despolitización, impolítica o pospolítica. En el ámbito anglosajón existe bibliografía producida a partir de fenómenos como Trump y el Brexit, mientras que en América Latina la discusión se enfocó en experiencias neoliberales, autoritarias y populistas de diferentes países.

No es posible retomar aquí estos debates, pero cabe reflexionar sobre las conceptualizaciones de antipolítica que han sido propuestas, problematizar sus implicancias y, finalmente, exponer una conceptualización que permita salvar algunas críticas.

CONCEPTOS Y TENTACIONES

Es tentador llamar antipolítica a cualquier expresión que se pretenda descalificar (desde una perspectiva que reivindique la política, obviamente): el autoritarismo, la tecnocracia, el populismo, el anarquismo o el consensualismo. En la academia hay quienes asemejan cualquier desconfianza hacia la democracia representativa liberal con antipolítica: la hegemonía de la democracia puede llevarnos a definir antipolítica como sinónimo de antidemocracia, y es que, de acuerdo con Mouffe,2 en la discusión sobre lo político es la democracia lo que está en juego.

En América Latina uno de los trabajos más interesantes es el de Romano y Díaz Parra.3 Estos autores hablan de «estrategias antipolíticas» duras y blandas; las primeras se ejemplifican con las dictaduras militares y la acción paramilitar en el continente, que opera un vaciamiento de lo político a través de la eliminación física de los rivales, y las segundas son las estrategias políticas neoliberales que surgen en los noventa.

Los autores proponen una definición de antipolítica a los efectos de su trabajo: es «el proceso de vaciamiento del contenido político de las instituciones públicas y de la sociedad en su conjunto». Consideran que lo político requiere de un proyecto utópico, alternativo al statu quo: la antipolítica es la represión de dicha posibilidad.

Cabe destacar el componente de violencia que caracterizaría  la antipolítica: en su fase dura, la violencia es explícita, mientras que, en su fase blanda, la violencia física es reemplazada por otras estrategias, como «la empresarialización del Estado, la externalización de las funciones sociales a través de las ONG, la transformación de los procesos electorales en un espectáculo mediático y la judicialización de la política».

La antipolítica blanda es pasible de algunas críticas en tanto estas formas o estilos de gestión no pueden escapar a la política. Sin embargo, la noción de antipolítica dura aporta elementos interesantes para una posible definición, en la que el componente de violencia es especialmente relevante.

En el ámbito anglosajón, Beveridge y Featherstone4 reseñan algunos usos del término (anti-politic) y señalan la vinculación con el concepto de despolitización (depoliticization). En este sentido, la relación entre antipolítica y autoritarismo podría rastrearse en la tendencia al descontento con la política y la democracia, interpretado como dos caras de la misma moneda: en regímenes democráticos-representativos-liberales, la desafección política expresa el malestar con la política democrática (y quizá también con el orden liberal económico). En su propia conceptualización del término, los autores lo asimilan a fenómenos que podrían caracterizarse como derechas radicales. Pero es discutible si tales fenómenos se oponen a la política o son, en rigor, parte del juego político.

Proponen abordar la antipolítica en relación con dos dimensiones: las formas de política y los espacios de política. La antipolítica se presenta como la oposición a cierta configuración de la política, pero confrontando con formas o espacios de política alternativos. Con todo, no puede soslayarse que estas nuevas formas y espacios no dejan de ser fuerzas que luchan, en términos bourdieuanos, en el campo político (no contra el campo político): formas y espacios alternativos, acaso contrapolíticos,5 pero no anti.

Por ello, no parece adecuada la expresión antipolítica para su denominación: no se trata de la destrucción del juego de la política, sino de una alteración de sus contenidos. Son prácticas políticas que pretenden redefinir lo político, participando de la política.

UNA PROPUESTA DE CONCEPTUALIZACIÓN

De la bibliografía surgen diferentes usos del concepto y algunos rasgos destacables: en primer lugar, la dificultad para calificar como antipolíticos ciertos elementos que parecen ser parte de la política, en segundo lugar, la asociación de la antipolítica con las derechas (¿es posible una antipolítica de izquierdas?) y, en tercer lugar, la vinculación del término con formas, estrategias o prácticas (anti)políticas que se valen de la violencia o amenazan con su utilización. Con base en ello, se propondrá una conceptualización capaz de salvar algunas de las críticas.

A partir de las ideas de Mouffe sobre la política y lo político, la antipolítica podría entenderse como la oposición a las instituciones y a las prácticas que organizan la convivencia en el marco de la pluralidad y el conflicto. Desde esta perspectiva, y admitiendo expresamente la finalidad deseable de una coexistencia pacífica, se sigue que estas instituciones y prácticas, no restringidas al ámbito estatal, deben evitar el extremo del combate y la eliminación física.

La política democrática, para Mouffe, consiste en «domesticar el antagonismo». Podría decirse que, en general, cualquier posicionamiento que implique un retroceso en términos democráticos tiene cierto tinte antipolítico en tanto ataca a las instituciones y prácticas que organizan la convivencia. Pero no todas estas posturas tienen la potencialidad de radicalizar el conflicto hasta el punto de que la eliminación del otro es una posibilidad: esta es la verdadera antipolítica según la definición propuesta.

La oposición a estas instituciones y prácticas es antipolítica, pero fundamentalmente lo es cualquier postura que pretenda habilitar el pasaje al antagonismo en la lógica de amigo/enemigo. En este sentido, la incitación a la violencia y los discursos de odio son la principal arma antipolítica, al identificar al otro como un enemigo a destruir.

Tales discursos claramente pueden afectar el funcionamiento de las instituciones democráticas cuando el antagonismo es manifiesto o derivar en golpes de Estado u otras formas de atentado contra las instituciones o contra la vida de sus representantes: hemos visto ejemplos en nuestro continente.

De acuerdo con Mouffe, en una democracia los adversarios luchan en el marco de un conjunto de reglas compartidas y aceptadas, admitiendo que las diferentes posturas, aunque irreconciliables, son legítimas. Esto implica reconocer al otro como un igual. Los discursos de odio resultan ilegítimos desde que no consideran al otro un igual, sino un enemigo, rompiendo así las reglas aceptadas por la comunidad política.

Ahora bien, es necesario deslindar algunas formas, prácticas o estrategias políticas que, a partir de esta conceptualización, no necesariamente son antipolíticas. Neoliberalismo, tecnocracia y populismos no serían ejemplos de antipolítica, y ello porque no pretenden, en principio, radicalizar el conflicto al punto de volverlo violento, ni utilizan la violencia como un medio para fines políticos, ni promueven necesariamente la eliminación del adversario, ni buscan destruir la política, sino que participan de ella. Distinguir la antipolítica de prácticas y lógicas políticas «no convencionales» implica distinguir a quienes quieren cambiar las reglas de juego del campo político de quienes quieren destruir el juego y a los jugadores.

Si la política es la gestión pacífica del conflicto y la diferencia en el marco de sociedades plurales, la antipolítica es su opuesto. Su finalidad es habilitar la eliminación del adversario, y sus medios son todos aquellos que permiten lograr tal objetivo. Aparece cuando el adversario político es demonizado, convertido en enemigo, por lo que los fascismos son formas paradigmáticas de antipolítica, aunque no las únicas: también fenómenos como el terrorismo, el paramilitarismo y la violencia más extrema del crimen organizado (cuando pone en cuestión el orden político) o algunas de las respuestas estatales a estos fenómenos (estados de excepción, violencia institucional desproporcionada). Estas lógicas habilitan la aniquilación del otro, atentan contra las instituciones políticas, ponen en riesgo la democracia y afectan la convivencia pacífica: por ello pueden calificarse como antipolíticas.

Existen también formas más sutiles de radicalizar el conflicto generando un clima político propicio para habilitar la eliminación del adversario. Todas las formas de violencia, incluida la violencia política y la simbólica por cuanto incitan a la violencia explícita, la denegación del diálogo, la negación del disenso, particularmente los discursos de odio, así como las actitudes antidemocráticas o el lawfare, pueden calificar como antipolíticas.

1. Esta es una versión con fines de divulgación del artículo «¿Qué es la antipolítica?», publicado en Revista Uruguaya de Ciencia Política, vol. 32, n.º 1, de mayo de 2023.

2. Chantal Mouffe, En torno a lo político, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2007.

3. Silvina Romano e Ibán Díaz Parra, Antipolíticas. Neoliberalismo, realismo de izquierda y autonomismo en América Latina, Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, 2018.

4. Ross Beveridge y David Featherstone, «Introduction: Anti-politics, austerity and spaces of politicisation. Environment and Planning C», Politics and Space, vol. 39, n.º 3, 2021.

5. Pierre Rosanvallon, La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza, Manantial, Buenos Aires, 2007.

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