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Que los hay, los hay

Las performances del argentino Migliore parecen no trasmitir la seguridad necesaria a un equipo obligado a salir campeón del Torneo Clausura como único camino para sumar una nueva estrella local. A continuación, una breve reflexión sobre uno de los arcos más candentes del mundo, de cara a la recta final de la temporada.

“El arco de Peñarol parece más grande”, pensó en voz alta días atrás el periodista Ricardo Piñeyrúa (810 AM), durante el partido que Peñarol terminaría perdiendo 3 a 2 ante Danubio, por el Torneo Clausura. Las performances del argentino Migliore parecen no trasmitir la seguridad necesaria a un equipo obligado a salir campeón del Torneo Clausura como único camino para sumar una nueva estrella local (la 43 o la 50, según la bibliografía consultada).

Días atrás se celebró el Día Internacional del Arquero, en recuerdo del portero colombiano Miguel Calero, fallecido en 2012, y célebre por haber sido la contraparte del centrodelantero argentino Martín Palermo, aquella vez que se le ocurrió errar tres penales en un mismo partido. La existencia de “un día de” denota que los arqueros son una minoría que ha sido tradicionalmente perjudicada y que necesitamos homenajear de algún modo para alivianar nuestra culpa.

Tradicionalmente se dice que el puesto de arquero es “el más ingrato del fútbol”, más que nada porque: a) cada uno de sus errores se traduce en gol del rival; b) sólo juega uno por equipo, y no tiene chances de cambiar de puesto “para darle una mano al cuadro”; c) suele estar demasiado cerca de los hinchas más beligerantes, tanto propios como extraños, lo cual lo vuelve blanco preferido de insultos, escupitajos y proyectiles.

Sin embargo, ser arquero tiene sus ventajas:
• Puede estar todo un partido sin tocar la pelota y nadie lo acusará de lagunero o pechofrío.
• En la situación límite por excelencia del fútbol (el penal), no tiene casi ninguna responsabilidad: si no la ataja, no pasa nada. Si le erra de palo, casi que tampoco. Si se tira y la pelota le rebota en la rodilla, de modo completamente casual, será héroe.
• Es el puesto más complejo de analizar en el fútbol, por lo que generalmente tendrá excusas de lo más verosímiles para sus errores: si el centro cae en el área chica, el arquero no sale y el nueve rival convierte de cabeza, dirá “la pelota se va abriendo, si salgo no llego y es gol igual”. Si le tiran un tiro libre de a vintén y es gol, podrá decir “me pica antes y se me desacomoda”, o “estas pelotas livianas son impredecibles”.

¿Eterno como el tiempo? En los últimos años el arco de Peñarol se ha transformado en un problema. No es un tema nuevo: ni siquiera durante la época del quinquenio (93-97) el arco carbonero tuvo un dueño exclusivo, y ninguno pudo arrancar y terminar el año como titular.1 Luego, cuando Nacional comenzó a incorporar mejores delanteros y las vueltas olímpicas carboneras pasaron a ser más esporádicas, el problema se agudizó, y tras el breve pasaje del paraguayo José Luis Chilavert (que jugó apenas unos meses en los que a nadie se le ocurrió poner en duda su titularidad) no ha habido mucha chance de decir “el arquero de Peñarol es tal”, como ocurre –por ejemplo– actualmente con Munúa en Nacional o Muslera en la selección.

Tras la partida del temperamental arquero guaraní, por los tres caños del primer equipo mirasol pasaron 21 arqueros en 12 años, la mayoría de ellos formados en otros clubes.2 En comparación, en ese mismo período Nacional tuvo apenas a nueve, cinco de los cuales emergieron de sus divisiones juveniles.

¿Pero por qué? En su momento, hace más de 70 años, Peñarol quiso concretar el sueño del “Atilio García propio”,3 al traer a una lista interminable de centrodelanteros argentinos que pasarían por filas aurinegras con más pena que gloria. Más acá en el tiempo, Peñarol trajo al hermano mayor de Julio César Dely Valdés, Armando, que según su propio padre era el mejor de la familia. Pero mientras Julio César seguía tirando chilenas a la red, no pasó nada bueno con el buenazo de Armando, que terminó jugando en Liverpool.

Quizás detrás de cada Cavallero, de cada Bologna, de cada Migliore, haya un intento por crear un nuevo Chilavert.

Pero Chilavert hay uno solo –a Dios gracias–, y Peñarol ha dejado ir a arqueros que tras inicios titubeantes parecían haberse afianzado. El argentino Bologna fue dejado libre tras haberse coronado campeón uruguayo, justo cuando empezaba a andar bien. Otro tanto pasó con Castillo: tras un Apertura donde llenó todos los ítems del catálogo de goles bobos, redondeó un Clausura irreprochable, pero Peñarol tampoco le renovó pues ya hacía meses que había decidido traer a Migliore. ¿Por qué? Supongo que porque representa los valores que esta directiva de Peñarol quiere para el club.

De momento sus resultados no son los mejores: si bien no se le recuerdan grandes errores, no ha logrado convertir su vehemencia en resultados, en particular en los clásicos, pues perdió los tres que ha jugado hasta el momento.

Mística carbonera. No debe de existir en el mundo un club con más vínculo con lo sobrenatural que el Club Atlético Peñarol. En algún momento llegó a decirse que una bruja había hecho un “trabajo” sobre los guantes de un arquero carbonero, y que por eso no atajaban una. Tiendo a no creer en esa versión, más que nada porque arqueros como Gonzalo Salgueiro parecían tener más problemas con los pies que con las manos.

Hay quienes afirman que no fue una bruja sino un ex jugador del primer equipo carbonero, vinculado a lo esotérico, quien, tras su partida, dejó “maldita” la que fuera su cama de Los Aromos. El que dormía en ella cometía errores incomprensibles, o se lesionaba. O ambas cosas a la vez, tal como le pasó a un guardameta que hoy luce su particular estilo capilar en el fútbol chileno, y que un día dijo: “Yo no me como ninguna, ya van a ver que duermo acá y no pasa nada”.
Pero pasó. Y acto seguido, la cama fue molida a hachazo limpio.

En cualquier caso, la esperanza del hincha carbonero se centra en el juvenil Guruceaga, quien sorprendió gratamente durante el reciente sudamericano sub 20 con performances muy sólidas. Si el presidente Damiani confirma su máxima de “Peñarol no vende juveniles”, habrá tiempo para verlo atajar y juzgarlo.
Y si se come algún gol bobo habrá que mandarlo a entrenar a la tercera.
Porque esto es Peñarol y hay que salir campeón todos los años, cueste lo que cueste.

1. En 1993 arrancó de titular Óscar Ferro y terminó Gerardo Rabajda. En 1994 ocurrió lo inverso. En 1995 Ferro fue negociado al club homónimo y subió Claudio Flores, que en 1996 alternó con el “Loco” Navarro, y en 1997 con Fernando Álvez.
2. Para un listado de los arqueros peñarolenses sírvase consultar nota de Gerardo Bassorelli en La República, del 3-X-14.
3. Atilio García, centrodelantero argentino de Nacional, es el máximo goleador de la historia de los clásicos Nacional-Peñarol.

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