Que no se apaguen las bombitas amarillas

El Carnaval 2019 llega con algunas características de organización que parecen inamovibles desde hace muchos años, como la prueba de admisión y el concurso en el Teatro de Verano, con su debida trasmisión a lo reality show, como si el arte popular se tratara de un deporte en el que ganar o perder pudiera determinarse en términos objetivos. Continúa la competencia –aun más complicada y feroz– por el poco trabajo que ofrecen los tablados a conjuntos que enfrentan altísimos costos de funcionamiento. Seguirán dando vueltas por la ciudad las chatas llamadas Ronda Momo, que intentan tapar la carencia que se vive en algunas zonas en términos de cultura, aunque con pésima infraestructura –los conjuntos no caben en el escenario, el sonido es terrible, y un largo etcétera–. Seguirán los turistas en el Velódromo, los dueños que no salen e igual manejan la fiesta, los periodistas que destrozan espectáculos pero tienen faltas de ortografía, la absoluta precariedad en las relaciones laborales con las patronales de cada agrupación –y el Estado que elige mirar para otro lado–. Seguirán los chistes misóginos que espejan la situación social, y el gusto progresista que piensa que “el Carnaval son las murgas” y desprecia toda manifestación que no se ajuste a su pertenencia de clase media. Y también seguirá, por supuesto, la eterna maravilla que, como un milagro, todavía sigue viva: la expresión popular genuina –que, aunque cada vez más controlada y estandarizada, sigue dando batalla–; los tablados municipales llenos de gente que ni sabe lo que pasa en el concurso; los conjuntos más pobres, que son los más importantes; el compromiso impresionante de tantas trabajadoras y tantos trabajadores que se esfuerzan el año entero para recibir el amor de su pueblo y celebrar la vida; la mezcla de procedencias; el talento inconmensurable que crece y vuela y que, aunque se estrelle, sigue naciendo cada año, terco y valiente.

Como elemento nuevo, este año existe el Sindicato Único de Carnavalerxs del Uruguay (Sucau), que resulta una verdadera gesta cuando pensamos en ir contracorriente de una manifestación tan invadida por la lógica mercantil de la competencia. El malestar con el modo cerrado y excluyente de esta logística, en la que trabajan cientos para que se enriquezcan tan poquitos (el ejemplo más obvio son los derechos de imagen), va permeando despacio en una sociedad que, aunque necesita desesperadamente un espacio de celebración, empieza a notar que no puede ser a costa del abuso sistemático de quienes lo hacen posible. Porque hubo poca gente en el desfile inaugural, porque la identidad debe protegerse, porque ya hay, en América Latina, pruebas sobradas de lo que pasa con la apropiación desmedida que hace el mercado de las fiestas populares, y porque aunque algunos se esfuerzan en negarlo, para la existencia del Carnaval, es más importante el barrio que la televisión.

Salú, salú, pueblo oriental.

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