1. ¿Bad Bunny? ¿Really?
No hay nada que me resulte más ajeno que el fútbol americano, salvo tal vez el reguetón, ese ruido que suele brotar a volúmenes monstruosos de autos tuneados con las matrículas adulteradas. De todos modos, ya que mi casa de veraneo no se financiaría sola, decidí aceptar el encargo de escribir sobre Bad Bunny y el show del Super Bowl.
Una vez ubicado el tape del evento, le di play. Veinte segundos más tarde, tuve que detenerlo. ¿Qué había visto? Un individuo emitiendo sonidos guturales, rodeado de bailarinas que sacudían los glúteos. No necesitaba más. Ya había captado lo esencial: el tipo tiene muchas novias y se la pasa en un vi ai pi.
Como suelo hacer en estos casos, me dispuse a buscar en internet alguna opinión que más o menos coincidiera con la mía, para adornarla un poco y hacerla pasar por propia. En menos de lo que canta un ave de corral, encontré el siguiente texto: «El espectáculo del medio tiempo del Super Bowl es terrible. Uno de los peores de la historia. Nadie entiende lo que dice este tipo y el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños y la gente que lo ve en todo el mundo».
Perfecto. Tal cual lo que había visto. Por curiosidad, busqué al autor de esa opinión tan sensata. Se trataba de un tal Donald Trump.
No iba a ser tan sencillo como creía.
2. El Súper Tazón
Sigo sin saber nada del fútbol americano, pero me entero de algunas cosas sobre Bad Bunny, el sujeto a quien la cámara sigue a través de lo que parece ser un plantío de caña de azúcar sembrado en la yarda 50 del Levi’s Stadium de California. Benito Antonio Martínez Ocasio es un portorriqueño de 31 años que se transformó en la estrella del pop del momento. Su sexto disco acaba de ganar un Grammy a mejor álbum del año, en la primera vez que ese premio se otorga a un trabajo editado en español. Bueno, español es un decir, porque confieso que tuve que habilitar los subtítulos para entender algo de lo que canta Benito mientras camina y se encuentra con personajes y sitios típicos de América Latina: un puesto de tacos, uno de manicura, unos boxeadores y todo así.
Caigo en la cuenta de que tratar de poner en palabras el show de 13 minutos es como relatar un sueño vertiginoso en el que cada elemento tiene su significado, aunque no lo reconozcamos de inmediato. Mátenme si incurro en una profanación, pero me parece encontrar, en el mismo centro de la máquina capitalista del espectáculo hollywoodense del Super Bowl, unos ecos de realismo mágico. ¿Será que no hay otra forma de contar cualquier historia de América Latina?
Ahora, como si estuviésemos en un capítulo de Dora, la exploradora, nuestro héroe llega, a través del valle de Dame Más Gasolina, a lo que llamaríamos el bosque de Chicas que Perrean, y el ritmo cambia de golpe, porque un juez frente a una pareja los declara marido y mujer y puede besar a la novia. Todos festejan y aparece Lady Gaga cantando una versión salsa de su último éxito, pero ahí no termina todo, y ya nos trasladamos a una calle de Nueva York en los sesenta. Inmigrantes, nostalgia. Una ovación y fuegos artificiales dan la entrada a Ricky Martin, que sentado en una silla de plástico canta el estribillo: «No quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái».
Finalmente, Bad Bunny pronuncia las únicas palabras en inglés de la noche: God bless America. Pero a continuación deja claro a qué se refiere con América, nombrando a cada país del continente, desde Chile hasta Canadá. Desfilan las correspondientes banderas. Ese gesto en un estadio yanqui, con 150 millones de personas viendo la final del campeonato del deporte más yanqui del mundo, en un momento histórico como este, no está nada mal.
3. Lo único más poderoso que el odio es el amor
¿Es políticamente correcta la frase que aparece en las pantallas del estadio? Sí. Claro. Lamentablemente descubrimos de la peor forma, con el surgimiento de nuevos fascismos, qué buen invento era la corrección política.
Al fin, aún un poco satisfecho de mi ajenidad y mirando por encima del hombro a ese mundo bastante terraja, de ritmos machacones y nalgas rebotantes, me empecé a preguntar: ¿qué pasa en Puerto Rico? ¿Y qué le pasó a Hawái? ¿Y por qué esa bandera de Puerto Rico tiene el triángulo celeste y no azul marino? Pienso entonces, que, si bien no me gusta esa música y como canción de protesta prefiero a Bob Dylan, Víctor Jara, Rubén Blades o incluso Rage Against the Machine, es bueno que el artista pop del momento tenga un discurso contestatario.
Para colmo, se ve que algún efecto hace, porque las reacciones de la derecha estadounidense, como la ya mencionada de Trump, no se hicieron esperar. Por ejemplo, Andy Ogles, congresista de Tennessee, declaró, con una firmeza que el mismo Bibi Netanyahu habría considerado demasiado tajante: «La performance de Bad Bunny es la prueba definitiva de que Puerto Rico nunca podrá ser un estado».
4. Hawái y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas
Hay que reconocer que, si no fuera por los nazis del ICE y el desquicio de Trump, la vida de Bad Bunny y la mía nunca se habrían cruzado, me digo mientras busco las canciones de Debí tirar más fotos.
Para mi sorpresa, en YouTube, las músicas no están acompañadas por la iconografía del género. No hay bikinis, piscinas, cadenas de oro ni autos caros. Al menos en el modo «visualizaciones», cada canción viene con una placa fija y un texto del investigador boricua Jorell Meléndez Badillo. Son 17 pantallazos de la historia
de Puerto Rico, desde la conquista española en 1508, pasando por la invasión estadounidense de 1898, hasta el presente.
Musicalmente, el disco también propone un viaje en el tiempo que recoge ritmos clásicos, como la danza, el bolero, la bomba, la salsa, y los fusiona con el reguetón y el trap. En las letras no faltan la nostalgia y la protesta: «Quieren quitarme el río/ Y también la playa/ Quieren el barrio mío/ Y que tus hijos se vayan».
«Lo que le pasó a Hawaii» es una reflexión acerca de dos territorios lejanos, la colonización estadounidense, el desplazamiento de la población local por la gentrificación, las inversiones inmobiliarias y turísticas, que también está reflejado en el cortometraje Apagón-Aquí vive gente, de 2022.
Epílogo
Para terminar de convencerme de lo pésimo que es este muchacho Bad Bunny opté por escuchar-mirar el Tiny Desk. Es muy bueno. Todo un paseo musical a los orígenes. Están los instrumentos tradicionales con excelentes arreglos, la cultura y el idioma que se conservan a pesar de un siglo de colonización. También está la bandera con el tono celeste de la independencia. «Aquí mataron gente por ondear la bandera/ por eso ahora yo la llevo donde quiera», canta Benito en «La Mudanza».





