¿Quién mierda es este Onetti? - Brecha digital

¿Quién mierda es este Onetti?

40 años de aquel cierre de Marcha

“El paso por la tierra se justifica cuando uno se vence a sí mismo. Cuando, cara a la calumnia, a la traición, a la injusticia, sigue creyendo en su verdad y luchando por ella. Quisieron y quieren borrarnos de la faz de Uruguay; pero no nos han derrotado ni nos derrotarán. Algo, poco –una pisada en la arena– quedará de nosotros, de los cuarenta años de esperanza y empeño de nuestra Marcha.” (Fragmento de una de las últimas cartas de Carlos Quijano a Hugo Alfaro.)

 

A fines de marzo de 1974 fuimos, con mi compañero, a visitar a Hugo Alfaro y Carlos Quijano al Cilindro. Eran tiempos turbios y temerosos, y sin embargo los presos, envueltos en una estruendosa marea humana, nos recibieron alegres y solícitos. Quijano, tan distante y temible por lo general, se mostraba cálido y cercano. El soberbio periodista, el insobornable intelectual, había sido ganado por la cercanía y la fraternidad de otros presos, la mayoría de ellos obreros y militantes de base que compartían la prisión bajo el paraguas de las medidas prontas de seguridad. Alfaro, que pese a sus 56 años había sido sometido a la capucha y a palizas, contó con su divertida prosa los afanes cocineriles de Julio Castro, y cómo, el 21 de marzo, todo el improvisado penal había festejado el 74 cumpleaños de Quijano cantando una canción de ¡Palito Ortega! (“Yo tengo fe/ que todo cambiará”), con algunas pequeñas modificaciones en la letra, claro está. Y cómo los celadores, impotentes para acallar al ferviente coro, se habían al final adherido a la celebración. No tomamos cuenta en ese momento de que también por allí andaba la larga figura de Juan Carlos Onetti, ni ellos –Alfarito, Julio, don Carlos– nos lo recordaron. (De haber sido así, hubiera sido la única vez en mi vida en que hubiera podido ver en presencia a Onetti. Bueno, no se dio.) Mucho tiempo después, gracias al libro Construcción de la noche, de Carlos María Domínguez y María Esther Gilio,1 se pudo amplificar la manera, en aquel entonces sólo susurrada en incompletos chismes, de cómo le había pegado el encierro a Onetti, la furia creciente y la grave depresión que lo aquejaron y que incluso hicieron temer por su vida. Deambularía por ahí, el autor de La vida breve, como una sombra ajena al fervor y las consignas que nunca sintió realmente suyas. Onetti preso político es uno de los cuadros chirriantes de ese adelanto –que prueba cuán democrática fue nuestra dictadura, que no se detenía en minucias como prestigios intelectuales o internacionales, entre otras cosas, porque no los conocía–. Y es algo muy conocido, pero la tentación de incluirlo es inevitable: “¿Pero quién mierda es este Onetti que todo el mundo pide por él?”, frase de un jerarca policial ante la acumulación de protestas internacionales por la prisión del escritor que llegaban a su despacho. No mucho después, tras 81 días de reclusión, todos fueron liberados, menos el escritor Nelson Marra, que además de ser duramente torturado fue procesado por la justicia militar y estuvo cuatro años en prisión.
Fue la conclusión, provisoria, de un incidente que anunciaba, aunque no todos podían preverlo, cosas peores. Una historia que hasta tiene algo de farsa, al poner a sus protagonistas en un papel que no habían ensayado.
El viernes 8 de febrero de 1974 se publicó en Marcha el cuento “El guardaespaldas”, escrito por Nelson Marra, que había resultado ganador en el concurso de cuentos convocado por el semanario, fallado en diciembre de 1973 y que, por esos avatares de las redacciones, esperaba desde entonces la oportunidad de su publicación. Todos los que leímos el cuento en la mañana de ese viernes tuvimos un sobresalto mayúsculo: ¿cómo se habían atrevido a publicar esa historia, en un ambiente como el que vivíamos entonces? Marcha continuaba con su prédica de oposición a la dictadura, pero no era cuestión de facilitarle el paño, y había que hacer fintas con el lenguaje para que las cosas que debían ser dichas fueran dichas –escritas–, sin que catapultaran automáticamente el presto mecanismo de la censura. Pero eso se dirimía en las páginas de política, no en las literarias. Y nadie sabía, porque ni Alfaro, ni Julio Castro, ni Quijano, ni siquiera Gerardo Fernández habían leído el cuento, que éste –que guardaba una evidente similitud con algunos pasajes de Conversación en la Catedral, de Mario Vargas Llosa–, para cualquier lector uruguayo medianamente informado, evocaba sin disimulos al inspector de policía Héctor Morán Charquero, hombre clave en la lucha antisubversiva del gobierno de Pacheco Areco y acusado de practicar la tortura, que fue ejecutado por un comando tupamaro en abril de 1970. Para más inri, el cuento contenía “pasajes de violencia sexual desagradables e inútiles desde el punto de vista literario” –observación del mismo Onetti, que hizo constar en el fallo del jurado que integró junto a Mercedes Rein y Jorge Ruffinelli–. Servido en bandeja; la acusación de pornografía añadida a la de apología de la subversión eran un pretexto más que suficiente para una dictadura que ajustaba los detalles de la doctrina de la seguridad nacional. Así fue que la plana mayor de Marcha, el escritor Marra y el jurado que había premiado su cuento fueron a dar a la cárcel, con el irónico detalle de que los “marchistas” no habían leído el cuento que publicaron, que Onetti había advertido –a Jorge Ruffinelli, que se había ido a México antes de la publicación– que el cuento no debía ser publicado sin que lo leyera Quijano, que Mercedes Rein ni siquiera lo había anotado entre los siete que eligió como finalistas, y sólo se había plegado al juicio de sus compañeros por cansancio, y que el mismo Marra intentó hacer modificaciones antes de la publicación y por urgencias de último momento no pudo concretarlas.
La dictadura tenía pocos meses, y, desde un hoy que comprende todos sus capítulos, quizá cueste entender que entonces no estaba para nada claro cuánto duraría ni hasta dónde llegaría, y aún había forcejeos, fintas y escarceos de las voces que se oponían a ella. Ese cierre de Marcha fue un adelanto, entre trágico y jocoso, de lo que vendría después, y ya sin necesidad de pretextos.
En octubre de ese 1974 Marcha fue definitivamente clausurada. A comienzos de julio de ese año tocó a retirada también en mi caso. Fui a la calle Piedras a despedirme de Quijano. La puerta estaba cerrada. A mis timbrazos se abrió, y apareció el semblante miope y afectuoso de Guillermo González. Sólo él y don Carlos estaban en el local silencioso. Del hombre exultante del Cilindro no quedaba nada. Sólo un hombre viejo y apesadumbrado, del que, en esa ocasión, recuerdo una sola frase, cuando le dije que me iba: “¡Cómo! ¿Vos también?”. Sí, y poco después se tuvo que ir él. Sólo que, para Quijano, no habría retorno. Su “pisada en la arena”, sin embargo, aun en estos tiempos tan distintos, sigue siendo necesaria.

1.    Reeditado en 2013, con algunos datos nuevos y sin las entrevistas de Gilio, que se publicaron aparte.

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