¿Quién te protege de la Policía?

Santa Catalina

Sergio Lemos fue asesinado por la Policía en la noche del lunes 4 de noviembre. La represión esa noche en Santa Catalina, la versión de los vecinos sobre el crimen y los cambios en el discurso del ministro del Interior plantean la interrogante.

“La Policía mató a un pibe en el barrio. Ahora vino la fuerza de choque y la gente prendió gomas.” El mensaje llegó claro y conciso pasadas las 11 de la noche del lunes.
Un primer corte humeaba sobre Burdeos, metros antes del comienzo de Víctor Hugo, la calle que atraviesa Santa Catalina hasta la costa, una de las dos entradas al barrio, la principal, la del 124. “Peguen la vuelta por la paralela, no van a poder pasar por ahí”, alertaron los pibes en el corte. Una decena de patrulleros destellaban ahí con sus luces en la noche. Al volver a tomar la principal, a la altura de la calle Mochuelo, el panorama se veía claramente. Frente a los coches policiales, los efectivos de la Guardia Republicana, escudos por delante, montaban su propio piquete. A menos de dos metros, otro corte con fuego y el primer grupo de vecinos haciendo palmas. Coreando “¡Justicia!”. Detrás, hacia la playa, el barrio entero. O al menos así parecía. A lo largo del trecho que separaba a la fuerza de choque del almacén donde todo sucedió, el movimiento era constante, nervioso. Gurises de todas las edades iban y venían, las madres sujetaban de la mano a los hijos más chicos, los más veteranos inspeccionaban cautos el accionar de la delegación de los agentes de Investigaciones que acababa de llegar. En la esquina del almacén, en Víctor Hugo y 24 de Octubre, el inspector apellidado González, jefe técnico de Investigaciones de la Zona 4, junto a tres oficiales armados y enchalecados, conversaba con los vecinos. Las voces surgían una tras otra, apuradas, anhelantes, indignadas, relatando lo visto. “El Departamento de Investigaciones tiene que investigar, somos objetivos e imparciales. Va a venir la Policía Técnica y vamos a tratar de recomponer todo esto y ahí vamos a empezar a trabajar. También van a venir los mandos superiores de la Zona 4, que son los encargados de todo esto. Ahora hay un oficial que está trabajando allá, ¿viste que yo vine con mi gente? Acá hubo una rapiña y a raíz de eso fue que se armó todo”, dice González al grupo de gente que lo rodea. “Pero los de la rapiña dispararon rumbo a la terminal (hacia adelante, hacia Burdeos) y el pibe de la moto venía desde abajo (desde el mar, digamos). Cuando se mete por esta calle le empieza a disparar, no sé cuántos tiros le habrá tirado, hasta que cayó allá en la esquina”, relata uno de los muchachos. “Yo vivo ahí enfrente y fueron más de diez, los escuché, estaba lleno de gente, le podía haber pegado a cualquiera”, agregó una muchacha. “Para tranquilidad de ustedes –tercia González–, a los policías partícipes ya los tengo en mi unidad; el tema es que tengo que recomponer acá para dar cuenta al juez.” ¿Le están tomando testimonio a los policías? “Primero queremos esto para empezar.” Uno de los oficiales se acerca a González y le entrega un manojo de casquillos que juntó en la cuadra.
Otro pibe habla: “Yo vengo de trabajar de noche, como a la una de la mañana, y varias veces tuve problemas. Los policías están de vivos. ¿Te tienen que pegar cuando llegás de trabajar?”. González responde: “El tema del comportamiento de las personas es individual. Yo sé lo que hago y me hago cargo. No sé lo que hacen todos los policías. Tengo 70 hombres a cargo, ¿te pensás que yo sé lo que hacen los 70 en la calle? Uno lleva la directiva a la Policía y después cada uno…”. “Pero hay una pirámide, hay responsabilidades”, le responden. Entre la gente está Jorge Zabalza, que interviene: “Yo llegué del juzgado hoy…”. González interrumpe: “Sí, ya sé, estábamos en el mismo juzgado hoy”. Sigue: “Cuando llegamos, andaban tres patrulleros y una camioneta, con las pistolas afuera, dando vueltas. Pasaron por la terminal, se metieron por Clavel para arriba (paralela a Víctor Hugo, sale también a Burdeos), eso trae un estado de histeria…”. La imagen de la fuerza de choque a lo lejos también altera, y alterará más unos quince minutos más tarde, cuando echen a andar su fuerza. “Van a entrar por el otro lado”, advierte un gurisito, refiriéndose a los policías. “Nadie va a entrar a ningún lado porque estamos nosotros acá”, afirma González, que acto seguido recibe una llamada, se retira y vuelve con “los mandos superiores”: el inspector mayor Hugo de León, jefe de la Zona 4, y el inspector de apellido Silvera, segundo jefe de la zona.
Con los jefes y un enjambre de gente alrededor recorren la cuadra. Preguntan por restos de sangre. “Es que cayó bien en la zanja, él”, dice uno. “La moto la sacó una camioneta de la 19, yo lo vi. Al loco lo agarraron como una bolsa de papas y lo tiraron para arriba del patrullero”, agrega otro. “El milico sacó el arma y se puso como loco, la cuatro por cuatro venía más atrás. Fue hasta el cuerpo. Después de los tiros vinieron las motos y lo sacaron al milico.” “Sergio se llamaba, tenía 18 años, había empezado a trabajar en Fripur”, dice un amigo con la voz ahogada. “Al otro pibe que se acercó también se lo llevaron.” Nadie sabe qué pasó con ese otro gurí, entonces. Surge en ese momento la primera mención a un arma: “Los otros estuvieron revisando la cuneta un buen rato, estaban buscando un arma. Claro, el muerto no declara”, dijo un veterano. Llegando a la esquina donde Sergio cayó, las voces se avivan en discusión: que la dueña del almacén tiene cámaras, que cómo va a tirar al cuerpo, que por qué no tiró a las ruedas. Mientras González intenta explicar que la jueza María Elena Maynard está actuando, una señora menudita se acerca corriendo, increpándolo: “Están tirando tiros allá, dijiste que no iban a tirar un tiro, nos diste palabra.” “¿Quién es el jefe del operativo?”, pregunta González. “Hay un capitán ahí, pero no sé, es de la unidad de operaciones especiales. Vamos a calmar esto. Habíamos quedado en una cosa…”, el parlamento de González se entrecorta cuando se ven volar los gases lacrimógenos desde la fuerza de choque hacia la gente, y hacia la fila de jefes de Investigaciones que iban acercándose hacia ahí. Todo el mundo corre hacia atrás, hacia las laterales, hacia calles que desembocan en callejones sin salida. Los de Investigaciones desaparecen. El pánico ante el avance de la fuerza se refrenda cuando se empiezan a escuchar los tiros. Uno de los vehículos nuevos de la Guardia Republicana, petiso, de los que pasan sobre el fuego, baja por Víctor Hugo, y detrás otro de los negros, los clásicos roperos. Para atrás no hay salida, trancan y vuelven sobre lo andado. La gente está histérica y atrapada. Cuando los vehículos avanzan, detrás lo hace la tropa tras los escudos. Todo el mundo tose. Los ojos rojos escocidos por el gas pimienta, la falta de aire por la agitación y el miedo. En la intersección con Rubén Darío se arma otra barricada. Llueven piedras hacia la Policía. Durante la media hora siguiente el barrio quedará envuelto en disparos y sonidos de sirenas. La mayoría está convencida de que es una emboscada, que la Policía va a aparecer por alguna de las laterales, y no se animan a moverse. La tensión está instalada. La gente se busca entre sí, no entiende lo que pasa. En el frente, la Republicana hace sonar los escudos contra el piso. “Ya nos vamos a volver a ver”, se escucha amplificado por el megáfono del vehículo policial.
Cuando todos los efectivos se retiren, pasada la una de la mañana, la angustia cederá al instante. El barrio recuperará lentamente la calma. “Bienvenidos al lejano oeste”, soltará un gurí alto, al enfilar para su casa.

EL ASESINATO. Al cierre de esta edición, María Elena Maynard, la jueza penal de 14° turno, procesó con prisión por homicidio en calidad de autor al policía que disparó. Los otros tres agentes detenidos fueron liberados. Mariel Fajián, abogada de la familia de Sergio Lemos, el muchacho asesinado, comentó a Brecha que “no fue un buen juicio” porque no se contó con ninguno de los testimonios de los testigos y vecinos. La razón esgrimida por las autoridades fue que la Policía no podía entrar al barrio a entregarles las citaciones.
El martes, al otro día del despliegue policial relatado más arriba, la indignación continuaba. Había sido sazonada por las declaraciones del ministro, que afirmaba que Sergio había disparado contra el policía, y la amplificación mecánica que de esa versión había hecho la prensa. Por eso cuando el corte sobre Burdeos aún se mantenía por temor a la vuelta de la fuerza de choque, la prensa también recibió algún insulto y cascotazo. Los más indignados eran contenidos por los propios vecinos, a sabiendas de que el ojo estaba puesto en ellos, en lo que pudiera suceder en el barrio. Pasadas las nueve de la noche llegó una delegación de vecinos que había ido a entrevistarse con Jorge Vázquez, subsecretario del Ministerio del Interior. Además del caso concreto le plantearon el continuo de violencia en el relacionamiento de los policías con los jóvenes del barrio. Los vecinos se armaron en improvisada asamblea. “¿Quién controla que no tomen represalias, que no nos vayan a pegar de nuevo?” “La violencia está, no la generamos nosotros”, comentaban los pibes. “Ellos vienen, pegan y no preguntan”. “No queremos más muertos”, se repetía como un mantra.
En las conversaciones con los vecinos puede reconstruirse una versión bastante diferente de la dada por la Policía. La dueña del almacén no estaba en el momento de la rapiña. Cuando llegó al barrio, al menos 20 minutos después, avisó a los policías de la Republicana que están apostados en el centro de Santa Catalina, custodiando la terminal de ómnibus. Entre ellos estaba el que asesinará a Sergio, quien solía apostarse en la panadería que está enfrente. El maltrato de este oficial hacia los muchachos que paraban ahí era constante: “Ya nos tenía bronca, nos relajaba, nos echaba el dedo cuando se iba en la camioneta”. Sergio estaba en la esquina con los amigos cuando los rapiñeros ya habían huido. Les dijo que iba a dar una vuelta en la moto, los amigos se quedaron. Cuando venía subiendo por Víctor Hugo, dobló fatídicamente por 24 de Octubre. Los vecinos cuentan que el policía había salido del almacén y al verlo disparó desde la puerta. Tras el primer tiro dio la voz de alto. Sergio aceleró, asustado. El policía siguió tirando ante los ojos de varios vecinos, hasta que Sergio cayó de la moto en la esquina. “Lo mataste”, le gritó una gurisa. “No lo maté, se cayó de la moto”, habría dicho el policía, pateando el cuerpo y haciéndolo rodar hacia la cuneta. Los amigos que se habían quedado en la esquina escucharon los disparos. Les llamó la atención porque, según dijeron, no había a quien dispararle. Llegó otro corriendo y les dio la noticia. Uno de los pibes llegó primero, vio al policía parado junto al cuerpo tirado de Sergio y quiso acercarse. “No te acerques”, le gritó el policía. En eso llegan tres patrulleros más, agarran al que había intentado acercarse, le pegan y lo llevan detenido. Pasará por la 19 y después por el inau, hasta ser finalmente liberado en la tarde del martes. Los otros policías de la terminal se acercan en la cuatro por cuatro y empiezan a revisar la cuneta. “Si encontramos un arma estamos salvados”, escuchan los vecinos. Las distintas patrullas que han llegado se llevan al policía que disparó, la moto y cargan el cuerpo baleado de Sergio “como si fuera una bolsa de papas”. La familia se entera de que lo llevan al Centro Coordinado del Cerro y va hacia ahí con algunos vecinos. No consiguen que les digan nada. No les permiten entrar. Los que estaban ahí cuentan que una mujer que no conocen pasó y rompió un vidrio del lugar. Minutos más tarde aparecieron las patrullas. Se suscitó una discusión entre los policías y los vecinos; se llevan detenidos a un par de gurises. A una de las chiquilinas que habían acompañado a la familia un policía de civil le da una piña en el ojo. Ella cae, otros le pegan en el piso. La levanta una enfermera del Coordinado. Al subirla a la camilla, una agente la esposa. Deberán darle cinco puntos en la cabeza y estará internada en el Maciel hasta el miércoles a la mañana.
Finalmente, le avisan a la familia que Sergio falleció. La noticia llega al barrio y corre con la fuerza de la indignación. Algunos conocidos y amigos salen a cortar la calle, rompen los vidrios de un ómnibus estacionado en la terminal. Temen la vuelta de la Policía. Cerca de las diez de la noche arman el piquete. Aparece en escena la fuerza de choque.

VERSIONES Y RESPUESTAS. Tras haber afirmado que Sergio tenía un arma, el ministro del Interior se retractó. En las sucesivas entrevistas posteriores vinculó la aparición del revólver calibre 38 con los policías actuantes. En la noche del miércoles, entrevistado por Código país, dijo que los policías “pueden llevar más de un arma” además de la de reglamento, armas no registradas. Una irregularidad que “sucede”. En la mañana del jueves, en entrevista con Canal 4, había perdido la firmeza en cuanto a que la Policía “había plantado el arma” en la escena del crimen. La respuesta del ministro esta vez se caracterizó por las idas y vueltas.
Sí afirmó que, a diferencia de lo sucedido en los últimos casos de abuso policial, no se trataba del boicot que, según afirma, tiene su origen en la reestructura que viene llevando a cabo en la fuerza. Si se analizan sus respuestas acerca de los últimos sucesos –desde la represión en la marcha del 14 de agosto al motín en el Comcar la semana pasada, que terminó con dos reclusos muertos–, los motivos esgrimidos son siempre los mismos: o se trata del mencionado boicot policial, o bien de policías descarriados funcionando fuera de norma, o de respuestas de la Policía a denuncias hechas por los vecinos. Lo que no incorpora el ministro en sus análisis, es esa tendencia –enquistada en el accionar policial– de utilizar injustificadamente su fuerza y de abusar contra la población civil, haya cometido un delito o no.
El Ielsur fue una de las organizaciones que emitieron un comunicado tras el asesinato de Sergio. “Esta muerte se da en el mismo lugar donde, hace poco, los vecinos denunciaron maltrato policial y el ministro reconoció que la actuación de la Policía no se ajustó a derecho. Lo que nos preocupa es que estos acontecimientos se vienen dando en un contexto en que desde el ámbito político, desde algunas partes de la sociedad y amplificados mediáticamente, se pide mano dura, aunque se niegue públicamente la existencia de este discurso. Es necesario que como sociedad uruguaya debatamos qué seguridad pública queremos, y de la mano de esto, cuál es el rol de la Policía en una sociedad democrática”, sostuvieron desde el organismo.
El miércoles el zumbido de las motos se apagó al caer la tarde. El barrio entero fue juntándose en la terminal de ómnibus de Santa Catalina. Las caras iluminadas por el brillo de las velas, los ojos alertas, el dolor apretado. La indignación cedió apenas, pero las promesas no contentan. Lo peor de todo, como reconocían los vecinos, es que algo así se veía venir. Esto se podía haber evitado. “Sergio siempre presente”, quedó escrito sobre el muro frente a la terminal.

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