Rápido y entrópico - Semanario Brecha
Con Mariana Enríquez

Rápido y entrópico

En medio de la onda expansiva de Nuestra parte de noche (ganadora del Premio Herralde de Novela), la escritora acaba de publicar un volumen en el que reúne sus textos biográficos y periodísticos: El otro lado.

Nora Lezano

No es gracioso. Al final, el apocalipsis no apareció en la novela de terror de Mariana Enríquez, sino en su libro periodístico y biográfico. Promediando El otro lado, su monolítico volumen de textos reunidos por Leila Guerriero para Ediciones Universidad Diego Portales, la escritora se pone de rodillas ante todo ese pánico cifrado de extremo a extremo por la pandemia. Los vivos de Instagram. Los hospitales de campaña y los ataúdes de cartón en el prime time de la televisión. El homebanking como salida. Las llamadas intercontinentales perforadas por la hipocondría. El mero dato estadístico de que el covid-19 ya esté incluido en su libro de 700 páginas, pero todavía circule entre nosotros, produce una suerte de vértigo. «El fin de las cosas no me copa. Todo me parece completamente deprimente y espantoso. No sé… En algún momento pensé que podía tener un poco más de resistencia. Pero no», advierte Enríquez.

Publicado en medio de la onda expansiva producida por Nuestra parte de noche, su novela ganadora del Premio Herralde, El otro lado parece poner un mapa traslúcido sobre otro mapa dispuesto en la mesa. En el centro de ese laberinto no está el Minotauro, está Enríquez. Acaso involuntariamente, los dos libros funcionan como yin y yang. Incluso en el plano físico: tienen casi la misma cantidad de páginas, pero donde uno está pintado con el célebre «crema Anagrama» el otro es puro azul del fondo del mar. Y, si bien no me tomé el trabajo de ponerlos en una balanza de alta precisión, cualquiera diría que pesan lo mismo. En un brazo, la escritora de género que fue traducida a decenas de idiomas y cada mañana comparte en su cuenta de Instagram todo el fan art que le envían sus lectores. En el otro brazo, la periodista y editora que panea el paisaje cultural y mide el diámetro de sus intereses con ternura, malicia y una nota de humor. Aunque los factores de la ecuación sean distintos, la fuerza es idéntica. Y tampoco se puede medir.

Cuando salió Los peligros de fumar en la cama, te entrevisté para una revista. Mi prejuicio era que me iba a encontrar con la Condesa Sangrienta. Sin embargo, eras cálida. Ahora que sos una figura pública, ¿tenés conciencia de personaje?, ¿escindís una cosa de otra?

—Es raro eso. No mucho, pero cada vez me contengo más de opinar en público, porque noto que la gente le da más bola de la que yo misma le daría. Decís una pavada y te citan, y tiene más repercusión de lo necesario. Además, no tengo la cancha para pelearme y ser irónica. Entonces, empecé a ser mucho más discreta de lo que en realidad soy. En privado, tengo opiniones más fuertes, soy bocona y digo barbaridades. En público, antes también lo hacía, pero nadie me daba bola. Por ahí decía, no sé: «Paul McCartney me parece el ser más aburrido del planeta». Era la pavada que dice la loca o pasaba desapercibido. Pero ahora capaz que termina siendo un titular y tengo que andar pidiéndoles disculpas a los fans de los Beatles. No me copa mucho, pero bueno… Ahora también estoy laburando en el Fondo Nacional de las Artes. Que no me vea a mí misma como funcionaria no significa que no lo sea.

En ese sentido, ser periodista y editora de un suplemento cultural ¿te otorga una mirada distinta a la de otros escritores?

—Sin duda. Porque veo cómo lo construyen los supuestos escritores supuestamente puros: lo que quieren decir, hasta dónde quieren contar. Saber que eso pasa me da una perspectiva. Y, con suerte, una forma de manejarlo sin ser hipócrita. Estamos en una época muy excepcional, porque la importancia de la palabra no tiene que ver con escuchar lo que tiene para decir una persona con cierto grado de llegada y el interés genuino de la gente. Es como un griterío de Twitter. Es un nivel de ruido muy alto. Al tener ambos mundos, el analógico y el otro, me doy cuenta de la capacidad de decir que había hace 25 años. La recepción era más acotada, entonces, era más reflexiva. También podía ser superhistérica, pero tenía menos amplificación. Todo eso de la amplificación es lo que me perturba, porque es inmanejable.

En muchos textos de El otro lado está presente algo que suele quedar por fuera de tus libros de género: el humor. Especialmente en las columnas de The Guardian. ¿Son zonas incompatibles?

—No creo que sean incompatibles. El terror bien hecho puede tener humor, pero, en general, no me gusta. Y no lo hago muy bien. A veces, sí. Cuentos como «El desentierro de la Angelita» y «Nada de carne sobre nosotros» tienen una cosa medio satírica que funciona. Pero a mí me gusta el humor como sátira de la vida cotidiana, que, básicamente, es lo que son esas columnas: chistes sobre las propias taras, torpezas y deseos. Hoy no lo haría ni loca. Pero, bueno… El Guardian no lo leía nadie. Tenía cierto secreto, de alguna manera. En eso me reconozco vieja: no sé vivir contándole mi vida a todo el mundo.

Los anillos de exposición. El foro que merece un texto.

—Claro, es eso: la conciencia del aforo. En un foro limitado, hasta te diría que me gusta trabajar con lo personal y lo íntimo. En un foro ilimitado no. O, por lo menos, no sinceramente. Entonces, entraría en una zona cínica. El humor me gusta, la ironía me gusta. Pero cuando eso se vuelve amargo, ya no me interesa. El cinismo no es gracioso: es cruel.

¿Sos muy celosa con la edición de tus propios libros?

—No. Quizás porque tengo la suerte de tener buenos editores. En Anagrama, Silvia Sesé es la editora final que ve las cosas prácticamente terminadas. En el medio, editamos un poco con mi agente y a veces, muy pocas veces, tengo algún lector privilegiado. Después, tanto el libro de Silvina Ocampo como El otro lado los edité con Leila [Guerriero]. Leila es superestricta. Me caga a pedos, me cambia, me discute. Le digo que me gustaría que esté tal artículo; ella me dice que no, y chau. No es condescendiente para nada. No tenemos discusiones: tenemos opiniones fuertes y gana ella. ¡Porque el libro lo está editando ella! [risas].

¿Cómo fue el trabajo de edición detrás de Nuestra parte de noche? En una novela de esa dimensión, uno llega a perder la perspectiva.

—La novela era más larga y tenía más ramificaciones. Quería una novela totalmente de género, pero que tuviera un anclaje realista detallado. Necesitaba una verosimilitud que incluso les pasara por arriba de la cabeza a los lectores que no fueran del género. Es decir, una novela de terror pensada para gente que no lee terror. Para eso necesitaba un piso de realismo. Lo que me pasaba con esa decisión era que me iba en detalles, en situaciones. Revisaba las repeticiones, las edades, la gente, los lugares. Todo era feroz. En un momento estaba muy perdida, con un montón de papeles por el suelo, la cabeza quemada, cinco documentos de Word abiertos. Así que, por primera vez, decidí que había que dársela a leer a varios amigos, gente en la cual confío y con perspectivas diferentes. Fue medio como llamar a los bomberos y no me gustó hacerlo, pero funcionó. Como sabía adónde quería ir, tener mucha gente operando y ensuciando me sirvió para limpiar.

En tu cuenta de Instagram, compartís todo el fan art que te envían y circula alrededor de la novela. ¿Modifica tu propia mirada sobre esos personajes?

—No, pero es raro lo que pasa con este libro. Se convirtió en una novela de los lectores. Con los cuentos me pasó, pero en los cuentos no tengo relación con los personajes. En el cuento los personajes son el vehículo de ideas que tienen que funcionar en ese relato y llevan un nombre. En la novela, tengo una relación muy intensa con los personajes. Me gusta saber cómo los ven otros, pero creo que todavía no estoy tan despegada de esa novela. Salió a fines de 2019 y enseguida empezaron la pandemia y el encierro. Todo fue muy rápido y entrópico. Lo siento muy cercano porque, desde entonces, todos los días fueron iguales. Hay algo ahí un poco raro. No me siento tan desprendida de los personajes, pero sí lo suficiente como para no volver a escribir sobre ellos.

EL CLUB DE HORROR LOCAL

Un momento: ¿y si la tradición está hecha de ovejas negras? Aunque el terror siempre fue mirado por encima del hombro, no hace falta ser infectólogo para abrir la cadena de ADN y encontrarlo entretejido como un tumor en el canon mismo de la literatura rioplatense: desde Los cantos de Maldoror hasta Las fuerzas extrañas, de Leopoldo Lugones, pasando por algunos cuentos de Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo, Felisberto Hernández, Julio Cortázar y Armonía Somers. A poca distancia, esos intentos acaso podían sonar como disparos al aire. A la luz negra de un puñado de escritores nacidos en los setenta, sin embargo, se escuchan como una constelación de fuegos artificiales.

Así, cuando editó la precocísima Bajar es lo peor (1995), Enríquez se sentía como una paria. Una década y media después, la colección de Emecé en la que salió Los peligros de fumar en la cama (2009) puso sobre la mesa a autores como Federico Falco y Samantha Schewblin. Además de tender puentes con su propia generación y algunas más jóvenes, aquellos cuentos también sentaron las bases de su programática: una traducción para los paradigmas de un género eminentemente europeo y estadounidense hacia la Argentina devastada de 2001 y más allá la inundación. Así, por cada castillo gótico, una casa de chapa. Por cada leyenda milenaria, una superstición del conurbano. Por cada mall, un centro clandestino de detención. Para cada fantasma aristocrático, la distancia insalvable y glacial del orden social.

En el prólogo a la reedición de Bajar es lo peor decías que, si bien es muy probable que las cosas que escribiste después sean mejores, solo ese libro había causado el fervor que ahora causó Nuestra parte de noche. ¿Cambió mucho tu forma de vincularte con los lectores?

—No. Me gusta hablar con los lectores, la verdad. Tengo como una sensación de buena onda, de interés. No pongo distancia. No me molesta contestar preguntas. Me gusta. Me llevo bien con esa instancia. No me siento muy diferente tampoco. No me parece una intrusión. Lo que quiero decir es que, cuando uno pone un libro ahí, es para que lo lean. Entonces me parece algo extraño que a alguien le moleste. ¿Para qué publicás el libro?

Saul Bellow aconsejaba no contestar nunca las cartas de los lectores.

—Eso es muy chongo. Algo que se pone el genio masculino. Cuando publicás un libro, lo que más querés es atención. Además, tampoco soy Suzanne Collins, que tiene que firmar 20 mil ejemplares en un día y la gente la corre por la calle. Yo hablo con diez lectores.

Trabajás con algunos códigos culturales compartidos (históricos, sociales, religiosos) por una comunidad. Ahora que tus libros tienen una gran circulación afuera, ¿cómo advertís que se te lee en la traducción?

—Advierto que hay dos lectores: por un lado, el que se preocupa porque se pierde mucho en el código cultural o el contexto de la historia; por el otro, el que pasa por encima de eso y lo lee como un texto de género. Nosotros, en América Latina y España, estamos muy acostumbrados a leer traducciones. Italia también. Un italiano no se va a enroscar mucho porque se pierda parte de la historia, porque también lee a muchos estadounidenses y se pierde en la guerra civil. Los lectores de Estados Unidos no subtitulan, entonces siempre están preocupados porque sienten que se pierden algo. Quieren entender, preguntan por los desaparecidos, me dicen «dirty war» y yo los corrijo. No considero que sean brutos, sino que viven en una cultura autosuficiente, dominante y global. Supongo que en China serán lecturas más académicas. Rusia es otro país sin subtítulos. Traducir es un temazo para ellos. Son muy vastos culturalmente. Son imperios. Por eso, cuando hay charlas, soy bastante hinchapelotas y trato de explicar la cuestión no solo en Argentina, sino en Latinoamérica, porque noto una tremenda falta de información. De todas formas, al final se produce el mismo fenómeno que se produce con nosotros, un país acostumbrado a la traducción. Yo soy fan de William Faulkner. Conozco las referencias y puedo leerlo en inglés, pero con la mitad no sé lo que estoy leyendo. Sin embargo, me fascina igual. Hay algo más profundo que se entiende y se abre paso.

Además del código social del miedo, está el código literario. Y, aunque es una tradición dispersa, el miedo está muy presente en la literatura rioplatense. Si fuera una mesa familiar, ¿en qué lugar te sentarías más cómoda a cenar?

—Dos momentos. Por un lado, el momento de Felisberto, Adolfo Bioy Casares, Borges, Ocampo… Quizás me sacarían de la mesa por parda, pero esa es otra cuestión [risas]. Cortázar, Marosa di Giorgio… Hay un tipo de barroco rioplatense que tiene cosas del decadentismo francés. A lo mejor viene de Lautréamont. Es la estética de lo horrible, de la ciudad, de los cuerpos, de la enfermedad. No tienen las características del horror sobrenatural británico, que es más etéreo y lleno de fantasmas. Salvo Clive Barker, al cuerpo le tienen impresión. Por eso Borges es tan poco corporal, pobre hombre. Pero eso no es lo que pasa en la literatura uruguaya, que es muy física. Incluso Felisberto, que es como una especie de Oscar Wilde perdido en el Río de la Plata. Un personaje muy insólito. Esa es la zona del pasado en la que me siento cómoda. Después, a partir de los sesenta o setenta, la literatura se pone muy realista, muy social, muy chonga.

¿Y cuál sería la otra mesa?

—Este momento. Es un gran momento de la literatura en América Latina. Hay mucha gente más o menos de mi edad a la que quiero leer: Diego Muzzio, Fernanda Melchor, Maximiliano Barrientos, Luciano Lamberti, Mónica Ojeda, Liliana Colanzi. Cuando empecé a escribir, no me pasaba eso con los escritores contemporáneos. Sentía distancia, me sentía muy sola. Eso no significa que estos sean mis amigos, pero como lectora recibo el libro nuevo de María Fernanda Ampuero, me voy a la cama y me leo un cuento. Me parece un muy buen momento para ser influenciado por tus contemporáneos. Con «El intercesor» me cagué en las patas. Muzzio es un tipo en total control del género. «La ola», de Colanzi,es espectacular. Quiero decir que cuando mis contemporáneos llegan a una nota alta, esa nota es increíble. Por eso también me dolió mucho la muerte de Carlos Busqued. Podíamos sentarnos en un bar y hablar dos horas de asesinos seriales, pero él no pensaba que yo estaba loca ni yo pensaba que él estaba loco. Él usa Chaco, yo uso Corrientes. El calor, la dictadura como presencia flotante, la fascinación por el mal. Era distinto a mí (muy corrector, muy hinchapelotas), pero teníamos una complicidad en la negrura.

Hablando de estar rodeados o solos, ¿cómo sobrellevás la cuarentena? ¿Descubriste, recuperaste o perdiste algo de vos que ignorabas?

—La cuarentena la llevo bien, en el sentido de la soledad, la falta de contacto social y el hecho de estar encerrada con mis libros. La pandemia la llevo pésimo. Y eso sí es una especie de descubrimiento: me siento muy indefensa frente al miedo a la enfermedad, que a veces es racional y a veces no. Me perturba la pandemia como idea. Salvo un par, como The Road, de Cormac McCarthy, nunca me gustaron los relatos apocalípticos. Yo no soy una cínica. No me gusta el final porque, simplemente, no me parece que las cosas sean muy horribles.

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