Raros

Almodóvar, Todd Solonz y hasta el mimado Tarantino no son creadores del absurdo. Podrían catalogarse como neo-neorrealistas. Porque el absurdo habita entre nosotros, incluso en esta mesocrática y civilizada –bueno, lo fue– ciudad con luz de patio.

No se trata sólo de gente que le festeja el cumpleaños al perro e invita a todos los perros de personas conocidas, armando una fiesta con globos, bocaditos de carne y huesos con moño. Anoto cosas observadas o narradas por personas confiables (la crónica urbana se hace de a muchos).

En un edificio de departamentos, por ejemplo, siempre hay una bruja. Podría tratarse de un brujo, para satisfacer las ansias igualitarias hasta de quien firma. Pero por algún motivo secreto, lo que prosperan son las brujas. Son las señoras que arman un escándalo si su vecino subió al ascensor con su perro –aunque en el edificio se admitan las mascotas–, o si entiende que el bebé de arriba lloró demasiado, o que el adolescente separado de ella por seis pisos escucha la música demasiado fuerte, o que el bastón de la anciana de al lado la molesta con su cloc cloc en el parquet. Si pudieran, inventarían un reglamento donde estuvieran prohibidos los bebés, los adolescentes, las ancianas –las mascotas ya son prohibidas en muchos casos–, con total inconciencia de que el reglamento perfecto también prohibiría a las brujas. Una de las más consecuentes en su vocación envió a su vecina una carta que rezaba: “El consejo de administración del edificio le ordena que retire las flores de su balcón”. Además de que no hubo ninguna resolución al respecto del consejo de administración –cosa que averiguó prestamente la advertida–, es todo un alerta: el reglamento perfecto también debería prohibir las flores en el balcón.

Otra rareza –¿será?– son las madres de amor absoluto y resistente a todo. Una señora con hijo ya adulto con retardo mental que vivía prácticamente encerrado en su cuarto –asunto descrito por su vecino, que tenía la mala costumbre de tomar mate en la azotea y así se enteraba hasta de lo que no se quería enterar–, le llevaba a su descendiente unas cuantas revistas que el retardado miraba con unción, y luego se masturbaba a todo trapo, mientras la santa madrecita esperaba pacientemente al lado con una toalla en la mano.
Un hombre ya mayor, que había vivido momentos de gloria en su juventud, seguía viviendo con sus hermanas –como cinco– y su viejísima madre en la misma casa de su infancia. El hombre se había casado unas tres veces. Pero la madre jamás se enteró. Las sucesivas esposas habían frecuentado la casa y fueron presentadas como amigas de las hijas, y por alguna razón de clarividencia inexplicable, la matriarca no había aprobado a ninguna. Me tocó asistir a una última prueba, cuando la esposa número cuatro estaba siendo introducida en la familia. Todos estaban muy ilusionados, porque la reina madre esta vez mostraba leves gestos de simpatía hacia esa mujer (no sé cómo terminó la historia, y si ese hombre dejó alguna vez de ser un esposo clandestino ante su madre).

Pero la más sorprendente es la siguiente: una familia de solterones –dos hermanas y un hermano–, ya casi viejos y que vivían con una madre ancianísima, tenían un muñeco de trapo llamado A. Si llegaba una visita, la advertían: “Shh, no hagas ruido que A está durmiendo”. Algunas veces la visita asistía a discusiones como: “¿Ya le diste la comida a A?”. “Sí, hoy le di zapallitos rellenos.” “¿Estás loca? Si ya sabés que no le gustan…Voy a hacerle un huevo frito.” A tenía su guardarropa completo, para todas las estaciones. Cuando la familia salía en auto, A iba sentado en la sillita de niño, convenientemente atado con el cinturón de seguridad. Tanta consideración tenía en cambio un reverso: los baños de A eran en la lavadora. Nunca se quejó.

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