Realidades e imágenes – Brecha digital

Realidades e imágenes

Dos espectáculos muy diferentes coinciden en la cartelera teatral de los últimos días al proponer ambos que sea el mismo espectador quien extraiga sus propias conclusiones acerca de las historias que acaba de ver y escuchar.

Una aldea mirando al sur

Ostia (Zavala Muniz), escrita y dirigida por Sergio Blanco, elige el camino del teatro leído para desgranar los recuerdos, las imágenes y las reflexiones que éste superpone como queriendo señalar que la ficción se abre camino en una realidad que quizás ya no importe tanto como la historia inventada, de alguna manera, que ahora le presenta a la platea. Los lazos del cariño y el entendimiento con su hermana, la actriz Roxana Blanco, constituyen esta vez el ingrediente obligado para que, pasión teatral compartida mediante, la memoria y la imaginación de Sergio inviten a Roxana a internarse en un mundo de vivencias familiares en las que se cuelan las referencias a la dictadura, los desaparecidos y, por cierto, las muertes de seres queridos que el autor reúne y proyecta sobre el horizonte de la itálica playa de Ostia, azulado paisaje donde una madrugada se descubriría el cuerpo sin vida del artista Pier Paolo (atención: la vocal acentuada de este nombre es la a, no la o) Pasolini. Lazos de admiración, identificación, asombro y horror tiñen entonces el diálogo de estos hermanos cuyas vidas parecen estar tan unidas al mundo de la ficción que, por momentos, ni ellos mismos quieran ya dejar en claro el grado de fantasía que aflora en los capítulos –innecesaria división– que les leen y cuentan a los asistentes.

Una aldea mirando al sur (El Tinglado) toma como punto de partida la novela El arrancacorazones, de Boris Vian –un francés que siempre supo protestar en contra de todo lo que encontraba mal–, que Mercedes Pallarés y Stella Rovella adaptaron para la versión dirigida por esta última. La aldea en cuestión constituye un pequeño mundo en el cual varios de sus habitantes parecen estar aprisionados –las rejas se vuelven un detalle recurrente en la puesta– y a merced de una sociedad donde, por ejemplo, la religión no da muestras de ayudar al prójimo, los niños y los jóvenes crecen como pueden y hasta las mismas cosechas que se recogen no contemplan las necesidades del lugar. Ni siquiera un bienintencionado psiquiatra que por allí asoma puede obrar de forma efectiva en una comunidad que tampoco es capaz de evitar que el profesional caiga en una desgracia similar a la que afecta a sus pacientes. Un espíritu moralista, un llamado a decir basta, y distintos matices de absurdo y de exageración proyectan su perfil a lo largo de un trabajo inquieto que reclamaría un ritmo más pronunciado y una marcada contundencia para subrayar los numerosos significados que Vian sugiere y Rovella y Pallarés recogen sin conseguir enhebrarlos con la armonía del caso. Una idea en principio prometedora y sugerente se torna borrosa al no llegar a concretarse con la firmeza que su complejidad demandaba. La música de Fernando Ulivi y el empeño de un nutrido equipo marcan presencia, sin embargo, en un par de secuencias aisladas.

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