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Cualquier prójimo puede hacer un cortometraje si juega a intentarlo, sostiene Carlos Castillos, este locutor chuiense que desde 2008 lleva una actividad gratuita que tituló “Cine con vecinos” e integra a la proyección de documentales propios talleres de realización audiovisual.

Carlos Castillos

 

—¿Origen de tu inquietud?
—En 2004 la agencia alemana de noticias Dpa, para la que trabajo como corresponsal, me trasladó a Buenos Aires. Fui a hacer una nota a Saladillo, un pueblo a 200 quilómetros de Capital Federal, y conocí un movimiento de cine con vecinos que tenía diez años de actividad y lideraban dos egresados de la escuela de cine de Buenos Aires, Fabio Junco y Julio Midú. Les dije que era una linda iniciativa para llevar a mi ciudad natal, el Chuy, y me invitaron a aprender con ellos. Inicié viajes de “instrucción” a Saladillo y también me vinculé con el movimiento documentalista que funciona en la sede del Serpaj, en San Telmo, donde hice algunos talleres. El resto de mi formación lo extraje de largas horas de Internet. En 2008, cuando la agencia me trasladó a Montevideo, con una camarita muy simple cuyo manual no había leído, comencé mis primeros ensayos.
—Sabés que el gran “Fucho” Musitelli, cuando le preguntaron qué curso de cine podía recomendar, respondió: “Leer atentamente el manual que viene con la cámara”.
—(Semisonríe.) Claro, mi primer documental, Buen día comunidad, que hice precisamente para conocer la cámara, abordó el tema de la identidad del Chuy, siempre en debate a raíz de su población diversa. Entrevisté desde árabes hasta tacuaremboenses residentes allí. Pero el documental que más ha gustado es Becho el del violín, surgido de videos que había acumulado Julio Dornel, periodista amigo que tenía un programa en un canal del Chuy. Cuando me traje a Montevideo la treintena de Vhs de sus programas, y comencé a digitalizarlos, en el primero que nos pusimos a ver juntos aparecían doña Chicha y don Ángel, padres del “Becho” Eizmendi; fue escucharlos y decirle a Julio: “Este va a ser mi primer documental en serio”. Lo estrené en abril de 2010, en La Paloma, y desde entonces lo vieron 75 localidades del Interior.
—¿Cómo funciona Cine con Vecinos?
—El que quiere me llama y yo llevo lo que tengo. Sin ninguna condición, salvo la de aportar tu silla si no hay dónde sentarse, y por supuesto, gratis. He proyectado en centros culturales, clubes, plazas de barrio. Ofrezco, además, hacer un taller con la comunidad, de duración definida por los participantes, donde conocemos y practicamos principios básicos de realización audiovisual. Y cuando me entero que alguien va a proyectar una copia de alguno de mis materiales pido para ir, porque me gusta charlar con la gente y demostrarle que esto está la alcance de su mano.
—¿Con qué filman en tus talleres?
—Cámaras fotográficas, celulares; hoy cualquier cámara de fotos filma, la única diferencia entre ellas es la calidad de imagen y el formato, que puede generar problemas de compatibilidad a la hora de editar. Nadie les explica, a las personas, que existe un programita muy liviano, descargable de Internet, que permite convertir y unificar formatos.
—Un celular es una herramienta muy precaria.
—Sobre todo en calidad de imagen, pero para el propósito de esta propuesta, que es jugar a hacer cine, resulta eficaz. La cosa es poner un pie en el mundo del audiovisual, después, cada uno ve hasta dónde lo entusiasma. Yo me crié pensando que el cine era algo reservado a personas con talento especial, o mucho dinero. Bueno, por algo las escuelas de cine están en Pocitos y Carrasco, no en La Teja ni en el Cerro. Ése es el centro de mis afanes, conseguir que los sectores empobrecidos verifiquen, en la práctica, que esto también les pertenece.
—¿Montevideo ha conocido esta dinámica?
—Este va a ser el tercer año que voy a una escuela en Paso Molino, también anduve en Manga, Colón, y en el taller de fotografía Aquelarre.
—Todo solo.
—Sí, no cobro ni pago nada y mi satisfacción está, como te decía, en compartir lo poco que sé. Y como vivo de otro trabajo lo hago, además, sin apremios económicos. Cuando llegué a los 7 mil espectadores de Becho el del violín, paré de contar. Y vendí, a 100 pesos cada una, mil copias que andan por el mundo, confeccionadas, hasta la carátula, en mi computadora. Una vez fui a sacar el boleto de regreso a Montevideo en una agencia de transportes del Interior, y del otro lado del mostrador apareció un señor que me preguntó si yo era el que había presentado Becho el del violín la noche previa. Cuando respondí que sí me dijo que hacía tiempo que no se emocionaba así, e insistió en regalarme el pasaje; era el gerente de la empresa.

 

1. Su obra: Buen día, comunidad (sobre la identidad fronteriza), Becho, el del violín (semblanza del violinista Carlos Julio “Becho” Eizmendi), Abriendo la cancha (el fútbol como recurso adaptativo), Pindingo, viejo balsero, una vida tendiendo puentes (sobre Duvinoso del Puerto Pérez, un nativo de San Luis). Este domingo el animador de “Cine con vecinos” estrena, en el Chuy, el documental Sencillez y grandeza, sobre el inmigrante rumano Samuel Priliac. El número para contactar a Castillos es el 099157382, y el correo chuiense9@gmail.com

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