En la reciente gala de los Premios Goya, la actriz y directora argentina Dolores Fonzi, premiada por su película Belén, subió al estrado con un vestido violeta, para lanzar una de las frases más potentes de la noche: «No caigan en la trampa. La ultraderecha vino a destruirlo todo. Yo vengo del futuro». Belén narra la historia real de una joven tucumana que, en 2014, fue al hospital por un aborto espontáneo y terminó en la cárcel acusada de homicidio. Fue justo un año antes del #NiUnaMenos. El movimiento que, desde el Sur global, denunció la violencia machista y encendió la llama a un nuevo tiempo para los feminismos del mundo.
Pasaron más de diez años de aquel momento explosivo, de las marchas multitudinarias, de los encuentros de mujeres. De arroparnos con otras. Estoy segura de que, para muchas, era la primera vez que nos nombrábamos feministas; no por vergüenza, sino por respeto a quienes durante años habían puesto el cuerpo sin ese respaldo de tantas. Las viejas feministas. Fueron ellas quienes nos alertaron sobre este presente.
Ahora faltan dos días para un nuevo 8 de marzo. Ojalá volvamos a ser muchas. La reacción conservadora llegó y ahora toca «hacer piña», como dicen las feministas españolas. En un presente distópico, han intentado acorralarnos exigiendo respuestas bajo la idea de un feminismo único. Pero somos feminismos. Aunque nos unieron –y nos siguen uniendo– luchas justas, somos muchas. A veces pensamos distinto. Hacemos distinto.
Este es un texto breve que no pretende ser erudito ni asumir la tarea titánica de abarcar todas las reflexiones feministas que hoy se producen en el mundo, y mucho menos los procesos que siguen gestándose en los espacios más íntimos y cotidianos. Son líneas que buscan compartir pensamientos, dudas y preguntas de feministas contemporáneas a quienes, en este tiempo, escuchamos, leímos o con quienes marchamos codo a codo.
INCÓMODXS
Hace dos años, en el marco de un 8 de marzo, la guionista y comediante argentina Malena Pichot –una de las voces feministas que más incomoda al ecosistema mediático argentino– fue invitada, con posterioridad al triunfo de Javier Milei, a escribir un texto en la revista Anfibia, al que tituló «La vieja moda de explicar todo» (8-III-24). Pichot forma parte de Futurock, una de las usinas radiales que, desde sus micrófonos, acompañó la «marea verde», el movimiento feminista que impulsó en las calles la aprobación de la ley del aborto en Argentina.
En ese texto, Malena planteó que esa conquista histórica, como otras que se lograron durante esos años, fueron un «vacío en la matrix», un momento que permitió avances, pero que hoy es desconocido por muchos de quienes lo festejaron. En particular, apunta a varones «progres» o de izquierda que «dieron una voltereta en el aire y se burlaron de lo conquistado». Aquellos que, sin sonrojarse, dicen: «Se pasaron dos pueblos», y nos responsabilizan del desencanto de los jóvenes que hoy votan a la extrema derecha.
No hay duda de que aquellos fueron tiempos de mucha rabia y cansancio. Años necesarios para hacer catarsis y mantenernos acorazadas. Entiendo también que, para algunas de nosotras, ahora es momento de hacer autocrítica, ensanchar los espacios de discusión y salir de lo endógeno. Pero eso no implica que todos los argumentos que cuestionan a los feminismos sean válidos.
La filósofa argentina Tamara Tenenbaum planteaba justamente esta exigencia como una trampa, en una conversación con Rosendo Grobo, exintegrante de la juventud del PRO (Propuesta Republicana) (Cartografías, 12-V-25). Allí citaba como ejemplo mesas de debate en las que integrantes de movimientos como Con mis Hijos no te Metas –que se han mostrado en contra de la ley de educación sexual integral– comparten la palabra con personas trans: «No podés poner a alguien que dice: “Vos no podés existir” con otra que dice: “Déjenme existir”. ¿Qué tengo que aprender yo de alguien que dice que no existo?». En Uruguay basta ver lo que ocultaba en sus entrañas el movimiento Varones Unidos.
EN COMUNIDAD
Más vinculada al ámbito académico, una de las feministas contemporáneas más lúcidas es la antropóloga argentina Rita Segato. Sus pensamientos son siempre provocadores y no son pocas las veces que causa incomodidad. Entre estos planteos está el que sostiene que los hombres son la primera víctima del patriarcado, al verse obligados a asumir el «mandato de masculinidad». «Cada vez menos hombres tienen acceso a un patrimonio, a un lugar en la economía; entonces, solo les queda la violencia», dice Rita (UNAM Global, 15-V-25).
Una de las preguntas que subyace en las conversaciones sobre estos temas es qué lugar ocupan los hombres en estas luchas. En ese sentido, la antropóloga los convoca a destruir el mandato que impone el sistema capitalista y a animarse a construir nuevas relaciones, más humanas, justas y libres de violencia. Pero para eso –y esta es una acotación personal– hay que, primero, querer hacerlo y, segundo, rascar bien profundo para desarmar lógicas machistas muy arraigadas que, para deshacerse, deben desprenderse de privilegios.
También resulta interesante observar lo que plantean algunas feministas que se enuncian desde territorios alejados de lo urbano o de la academia. La guatemalteca Gladys Tzul Tzul habla de las mujeres del Ixcán y su cosmovisión, donde todo comienza en la comunidad: «Recordar siempre que las acciones de las mujeres indígenas nunca se pensaron de manera separada. Ellas no decían: “Bueno, esto es para nosotras”, sino: “Esto es de nosotras para toda la comunidad”», dice Tzul Tzul (Revista Raya, 19-VI-25).
En Bolivia, la socióloga Silvia Rivera Cusicanqui apela a la identidad ch’ixi –término aimara que significa «gris»– como una forma creativa de sociabilidad en los intersticios del sistema capitalista y estatal. «Sí, vivir en las grietas, pero además ensancharlas. Porque es en la grieta donde puedes encontrar las aporías de un sistema aparentemente blindado y advertir que no lo está, que se puede penetrar y perforar», dice Cusicanqui (Después de la Deriva, FM La Tribu, 12-III-23).
Sin duda, en estos años hubo logros. Pero los últimos tiempos nos dejaron un retrogusto de derrota. El mundo tampoco ofrece una imagen esperanzadora: más fragmentación, más individualismo, más guerras y más crueldad. Pero no es la primera reacción conservadora que enfrentamos. Ahora toca, como dice la filósofa italiana Silvia Federici, pensar desde los márgenes y salir a «reencantar el mundo».









