Reflexiones y propuestas para un cambio inclusivo

¿Qué sentido tiene hablar de Fidel después de su muerte? El mismo sentido que tuvo hablar de él, reconocer y disentir sobre todo lo que hizo y dijo durante su extensa vida. Analizar y discutir sobre la vida y la obra de Fidel también es hacerlo sobre la historia de Cuba. Y eso, desde mi punto de vista, es un deber de cada cubano.

¿Qué sentido tiene hablar de Fidel después de su muerte? El mismo sentido que tuvo hablar de él, reconocer y disentir sobre todo lo que hizo y dijo durante su extensa vida. Analizar y discutir sobre la vida y la obra de Fidel también es hacerlo sobre la historia de Cuba. Y eso, desde mi punto de vista, es un deber de cada cubano.

Y si cualquiera quisiera incidir en el estado actual de la revolución cubana y de la sociedad cubana, que dentro y fuera del territorio nacional se disputa en fricciones y contradicciones cuáles fueron los resultados del gobierno y la trayectoria de Fidel Castro, pues creo que lo mejor es serenarse. No ofender, no burlarse, no tomar su muerte como un festejo. Tampoco considero oportuno quedarse en los efectos de la consternación, en el dolor obediente, en cumplir con el esperado rito de repetir y hacer sólo lo que Fidel mientras vivía decidió decir y hacer.

En estas circunstancias posteriores a su muerte, no inconexas con la victoria de Donald Trump y con la crisis política que atraviesan varios países de Latinoamérica, creo necesario ubicar este contexto histórico también como una oportunidad para reflexionar. No para repetir lo que cada uno ha sido y ha dicho sobre Fidel mientras él vivía, sino para tratar de entender de la manera más fructífera posible qué y cómo cada cubano o extranjero preocupado por el destino de Cuba podría hacer por una sociedad cubana dividida, muy fragmentada y perdida en el laberinto de un diálogo entre sordos. Y en cada entrada, salida y encrucijada de ese laberinto se discute con o contra Fidel.

Por eso no voy a hacer uso de fechas, no haré mención a hechos históricos, no incluiré citas ni argumentos de poder de personajes célebres; sí me basaré en la sensibilidad, el compromiso y la dedicación que tengo con Cuba como mi patria unánime y visceral, y mi agradecimiento a Uruguay, como escuela rigurosa y mi nacionalidad adoptiva.

SACARLO DE LA CORAZA RETÓRICA. La acción, la primera acción en lo personal que asumí luego de la muerte de Fidel fue valorar que, ante la noticia, las posturas fueron principalmente de radicalización. Nada nuevo, sino las mismas disputas de siempre, parecía dejarnos una muerte así; una muerte en que el propio Fidel quizá se encargó de ordenar la continuación de su simbología.

Por eso preferí, en la medida de mi conmoción personal y entendiendo que era lo más pertinente, naturalizarlo un poco, sacarlo de la coraza retórica, aceptarlo de cualquier modo como un ser humano más que dividió mucho a los cubanos, con la magia y el encanto de sus virtudes (valor, carisma, inteligencia, capacidad para fomentar el conocimiento…) y con los resultados radicales de sus defectos (intransigente, líder y ejecutor de un poder absolutista, demoledor de sus enemigos…).

Es ingenuo pensar que alguien de la magnitud histórica de Fidel –con tantos años gobernando una revolución como la cubana, en un país centroamericano de independencia tardía, poca tradición democrática y una revolución que él declaró y se empeñó en llevar adelante como socialista– podría reducirse a un hombre liso, sin matices. Pero es mucho más ingenuo pensar que, por encima de las limitaciones del miedo, la costumbre y las represiones reales de la realidad cubana, no hay otra realidad más vasta y contundente de millones de cubanos que creían en Fidel y que todavía apoyan la revolución. Me costó años comprender esto, yo fui ese ingenuo. O uno de tantos.

Ahora, por cuanto admiré en una etapa de mi vida a Fidel y en otra me manifesté por escrito y oralmente contra su manera de conducir la revolución y el destino de los cubanos, decido compartir lo siguiente.

REFLEXIONES Y PROPUESTAS. 1) Tolerancia y voluntad de diálogo: Lo que más necesitamos los cubanos en estos momentos es empezar a ser más tolerantes entre nosotros mismos. La tolerancia es una virtud y una necesidad en cualquier parte del mundo; pero en Cuba, donde cada familia está dividida políticamente, la tolerancia valerosa y no la omisión por miedo podría acercarnos a la situación de darnos cuenta de que estamos perdidos en un diálogo de sordos. Y que Fidel es tan responsable de esa división como de la independencia soberana que le dio a Cuba.

En lo personal, en lo estrictamente personal, prefiero en estos momentos dejar a un lado todos los argumentos que creí fundados para asumir el exilio y seguir escribiendo y haciendo lo que creí honesto, incluso escribir y decir todos los reclamos que en 20 años le hice a Fidel, recibiendo a cambio muchas veces el agravio de quienes directa o indirectamente me trataron como traidor o gusano, dentro y fuera de Cuba. En fin, dejo a un lado todo eso y prefiero pensar en su muerte con respeto, para pensar en él como un hombre más, con virtudes y defectos.

Porque, en definitiva, sin respeto por su muerte y sin la más mínima ponderación hacia quienes lo quisieron y lo quieren, no hay la menor oportunidad de diálogo. Y así la muerte podría, para el daño de todos, ser más que la vida.

2) Compromiso y libertad de expresión política: La gran promesa de la revolución y la gran deuda de la revolución cubana sigue siendo la libertad de expresión política. Incluso, por la formación cultural integral que el sistema educativo cubano le ha dado a varias generaciones de cubanos, la libertad de expresión política fue una gran necesidad educativamente construida y constructivamente integrada al modelo de ciudadano revolucionario que el propio Fidel encarnó, estimuló e instauró en las juventudes cubanas; en quienes se trató de modelar aquel “hombre nuevo” que ya es abuelo y vive en Cuba con sus padres y sus hijos en una misma casa o vive en el exilio callando o reclamando, pero condenado a la distancia de un frustrado encanecer.

El gran reclamo y el gran deber pendientes del ideario de Fidel es que como nación, incluyendo las virtudes y los defectos de la revolución, que son más importantes que los de Fidel, Cuba se merecía y se merece un recambio generacional en todos los órdenes: sociales, cívicos y políticos. Hay mucha gente capacitada en Cuba para eso. Ésa era la continuidad más legítima de la revolución, que la propia revolución formó.

En la medida que en Cuba no haya cambios políticos, no hay cambios profundos. Pues los bienvenidos cambios económicos, que ojalá continúen, tienen mayores oportunidades de concretarse y expandirse si los cubanos todos aprendemos algo del sucesivo error de limitar las posibilidades de la política a discutir a favor o en contra de una ideología.

3) La revolución cubana ya no es un período en la historia del país, sino una esencia más de la cultura cubana: Si la política –como un sistema diverso y complejo que regula y conduce los intereses de una sociedad humana, compuesta por animales políticos: los ciudadanos, desde los tiempos de Aristóteles– ha tenido en Cuba tantas maneras de instaurarse e impartirse desde la revolución y para la revolución, quizás ya no sea muy descabellado suponer que la revolución cubana no es sólo un período histórico, sino una esencia importante –consciente e inconsciente, quiérase o no– de cada cubano. Con y sin la inducción del sistema político del gobierno cubano, revolución y cubanía han venido desarrollándose y asimilándose como sinónimos o significantes de un mismo término-signo, para el argot de una ideología que tuvo y tiene a Fidel como el cubano más revolucionario. Sin embargo, más que pensar ahora en Fidel y en los opositores a Fidel y a la revolución que lideró, pienso que la revolución cubana –con todos los matices que se le puedan apreciar, o no– es ya una forma de vida, un basamento cultural para millones de cubanos, sobre todo para aquellos de las regiones más pobres; donde surgió la revolución y donde los beneficios pasados y actuales que esta ofrece son mayoritariamente, por no decir exclusivamente, la referencia de bienestar, legalidad y justicia que esa gran parte del pueblo cubano conoce. Y esto no ocurre por ignorancia; ocurre porque la revolución cubana ha tenido la capacidad, incluso podría apreciarse como uno de sus grandes méritos –estimulado y dirigido por el propio Fidel–, de llegar a los lugares más remotos del país y darle toda forma de civilidad a quienes no la tenían.

La revolución sigue siendo una base para ser y entender socialmente, y una interfaz para comprender y leer la realidad cubana y el comportamiento de todos los cubanos. La cultura cubana tiene en la revolución –por su extensión, complejidad y arraigo– un rasgo o esencia de su identidad. ¿Cómo entender la historia de Cuba sin más de medio siglo de revolución? ¿Cómo comprender, mejorar y ampliar una identidad individual y colectiva sin tener en cuenta el calado de este periplo?

Pese a quien le pese, guste a quien le guste, desde 1959 hasta la fecha y nadie sabe hasta cuándo, todos los cubanos somos culturalmente revolucionarios.

Y eso, también hay que asumirlo.

 

René Fuentes es un escritor cubano, residente en Uruguay.

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