Reinventarse o desaparecer - Brecha
India: ¿Un nuevo Partido del Congreso?

Reinventarse o desaparecer

El mayor partido de la oposición india, tradicionalmente vinculado a las viejas elites del país, intenta enfrentar la colosal hegemonía de Narendra Modi con un acercamiento a los sectores más pobres, en un escenario de creciente polarización de clase y religiosa.

Rahul Gandhi en la marcha Bharat Jodo Yatra, en Srinagar, en enero. AFP, TAUSEEF MUSTAFA

Rahul Gandhi, principal líder del Partido del  Congreso (INC, por sus siglas en inglés), el mayor partido indio de oposición, presentó el 7 de setiembre del año pasado la Bharat Jodo Yatra, una marcha de protesta de casi cinco meses a lo largo de país para «unir a la India» en contra de la «política divisoria» del gobierno del Bharatiya Janata Party (Partido Popular Indio, BJP). Partiendo de Kanyakumari, en el extremo sur de la India, y llegando a Jammu y Cachemira en el norte, la yatra recorrió aproximadamente 3.500 quilómetros y atravesó 12 estados.

Varias celebridades aparecieron en los titulares nacionales por su apoyo a la marcha. También fueron noticia la indumentaria de Gandhi (una única camiseta durante todo el invierno), su barba desaliñada y su régimen de fitness («catorce flexiones en diez segundos»). La reacción de la derecha fue previsible: algunos medios se burlaron de la ropa Burberry de Gandhi, mientras que otros compararon su vello facial con el de Saddam Hussein. Sin embargo, en todos los estados por los que pasó, el vástago de 52 años de la dinastía Nehru-Gandhi vio aumentar sus índices de aprobación, sobre todo en Delhi, donde pasó del 32 al 55 por ciento. Aupado por una ola de popularidad masiva por primera vez en su carrera, Gandhi hizo este memorable resumen: «En el bazar del odio, estoy abriendo tiendas de amor». Y entonces, en pocas semanas, su estrella cayó en picado. El 23 de marzo, un tribunal indio de rango inferior lo condenó por hacer comentarios difamatorios sobre el apellido del primer ministro. Un día después, fue expulsado sumariamente del parlamento.

MODI, LÍDER TEFLÓN

Mientras el futuro político de Gandhi está en peligro, su némesis sigue pareciendo intocable a pesar de la inestabilidad de su período en el cargo. A lo largo de nueve años, Narendra Modi ha desencadenado una devastadora serie de operaciones de shock que no han hecho mella alguna en su popularidad. En noviembre de 2016, retiró de la noche a la mañana el 86 por ciento del efectivo en circulación en todo el país, lo que les costó el empleo a entre diez y 12 millones de trabajadores. En julio de 2017, implantó un impuesto centralizado sobre bienes y servicios que restringió aún más el poder de los estados regionales. En agosto de 2019, derogó la autonomía constitucional del territorio de Jammu y Cachemira, lo que permitió la entrada a él tanto de no cachemires como de empresas mineras privadas.

Más tarde, ese mismo año, Modi introdujo la discriminatoria reforma de la Ley de Ciudadanía, que desató grandes protestas finalmente aplastadas por un pogromo derechista contra los musulmanes de Nueva Delhi. A partir de marzo de 2020 gestionó catastróficamente mal la pandemia de la covid-19, que se cobró en torno a 4,7 millones de vidas y elevó la tasa de desempleo al 20,9 por ciento. Simultáneamente, aprobó tres nuevas leyes para facilitar la apropiación de la agricultura india por parte de las grandes corporaciones, lo que provocó una lucha de un año de duración de los sindicatos de agricultores, que finalmente forzaron su derogación. Ahora, la estrecha relación de Modi con el multimillonario Gautam Adani –el segundo hombre más rico de Asia– está en el punto de mira mundial, luego de que saliera a la luz que el magnate estaba implicado en manipulación de mercado y fraude contable.

Pero, a pesar de las acusaciones generalizadas de corrupción y amiguismo, la reputación de Modi sigue intacta. Sus índices de aprobación se sitúan sistemáticamente por encima del 75 por ciento, el porcentaje más alto de los cosechados por cualquiera de los primeros ministros indios en el cargo. Como escribe el veterano periodista indio M. K. Venu, Modi es un «líder teflón» al que nada parece pegársele. Sin embargo, a pesar de esta hegemonía inamovible, la política india dista mucho de ser estática. Al empujar al INC al borde de la irrelevancia electoral, el BJP ha empezado, paradójicamente, a suscitar comparaciones con el reinado autoritario de aquel a principios de la década del 70. Muchos comentaristas han señalado las similitudes entre ambos: al igual que Indira Gandhi, Modi es una figura carismática que lidera lo que es esencialmente un Estado de partido único; usa las agencias estatales para perseguir a los líderes de la oposición a escala nacional y regional (la destitución de Rahul Gandhi es solo uno de muchos casos); ha suprimido los principios del federalismo cooperativo, ha centralizado todos los poderes regionales, ha fomentado un nuevo grupo de capitalistas afines, etcétera. Ahora, cuando el BJP empieza a parecerse al INC de antaño, este ha intentado cambiar de marca, alejándose tímidamente de las elites y acercándose a las clases populares.

ACERCAMIENTO A LOS POBRES

La Bharat Jodo Yatra fue el preludio de este cambio. En octubre de 2022, el INC celebró unas elecciones presidenciales poco frecuentes: se trató apenas de la tercera ocasión de este tipo desde que Indira Gandhi convocara elecciones internas en 1972. Durante la mayor parte de su historia, la herencia ha primado sobre la democracia, en beneficio del ala derecha del partido. Modi satiriza a menudo al INC, al que se refiere como «feudo», y ha retratado a Gandhi como un shahzada (‘príncipe’), al tiempo que exagera sus propios orígenes plebeyos. Sin embargo, el recién elegido presidente del INC es Mallikarjun Kharge, de 80 años, antiguo dirigente sindical, exministro y segundo dalit de la historia en ocupar cargo (los dalit, antiguamente llamados «intocables», son la casta más baja del hinduismo). Bajo el liderazgo de Kharge, la estrategia electoral del INC ha cambiado. Ante las elecciones generales previstas para 2024 y las legislativas de nueve estados que se celebrarán este año, las preocupaciones tradicionales del partido por el «pluralismo» y el «amor» están dando paso, poco a poco, a una panoplia más concreta de políticas sociales.

En los primeros meses de 2023, el BJP reforzó aún más su control sobre el noreste del país. En febrero, se convirtió en el socio menor de coaliciones con partidos locales en los estados de mayoría cristiana de Meghalaya y Nagaland. Y, en marzo, llegó al poder en Tripura, de mayoría hindú, y desplazó a los comunistas, que habían gobernado ese estado casi ininterrumpidamente durante cuatro décadas. En mayo, sin embargo, el INC logró una victoria inusitada en Karnataka, considerada durante mucho tiempo por el BJP como la llave estratégica para su «revolución azafrán» (nacionalista hindú), en el sur de la India. El INC ganó 135 de los 212 escaños de la asamblea, con casi el 43 por ciento de los votos. Desde 1989 ningún partido había logrado una mayoría semejante.

Pero lo más destacable fue su programa. Además de prometer la prohibición del Bajrang Dal, una organización extremista hindutva (ultraderecha hinduista), el manifiesto del INC  incluyó cinco reformas en materia de políticas sociales: 200 unidades de electricidad gratuita para todos los hogares; 2 mil rupias (25 dólares) de ayuda mensual a cada cabeza de familia y 3 mil (37 dólares) para los enviados a seguro de paro; 10 quilos de arroz gratis a cada miembro de las familias que vivieran por debajo del umbral de pobreza, y viajes gratuitos para las mujeres en los autobuses públicos. La dirección local del INC dirigió estas propuestas explícitamente a las minorías, las llamadas «clases atrasadas» y los dalits, al tiempo que reiteró su demanda de un censo nacional de castas para que los grupos históricamente desfavorecidos estén mejor representados en las instituciones públicas.

El BJP, por su parte, desplegó su habitual táctica de polarización religiosa. Tras prohibir recientemente el hiyab en las escuelas públicas, lanzó una serie de campañas incendiarias contra el llamado a la oración islámica, las tiendas de carne halal y las cuotas para musulmanes en los concursos para empleos públicos. Cuando se anunciaron los resultados de las elecciones, Rahul Gandhi tuiteó su veredicto: «La fuerza de los pobres ha vencido al capitalismo del BJP».

VIEJAS MAÑAS

El BJP sigue en el poder todavía en otros 14 estados (de los 28 que tiene India), mientras que el Partido del Congreso solo gobierna en seis. Las tres próximas elecciones legislativas se celebrarán en estados del llamado cinturón hindi: los estados de Madhya Pradesh y Chhattisgarh, situados en el centro de país, así como Rajastán, donde el INC, que ahora ocupa el poder, está luchando contra una rebelión interna. Aquí, las promesas políticas por sí solas no bastarán para perforar la hegemonía de la ultraderecha hinduista. En Madhya Pradesh, el Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), la organización paramilitar que es la matriz del BJP, ha crecido tanto en poder que ahora estableció sus escuelas religiosas védicas dentro de edificios estatales.

El INC no dispone de una red de cuadros comparable. Tampoco ayuda que su líder local, Kamal Nath, sea un multimillonario de dudosa reputación implicado en innumerables tramas de corrupción. Como preparación para las próximas elecciones, Nath ha creado una «célula de sacerdotes de los templos», que recientemente organizó un «diálogo religioso» con sacerdotes brahmanes que exigen un aumento de las prestaciones públicas y que se transfieran las tierras de los templos a manos de sus familias. Si en Karnataka el partido reunió a las clases bajas, en Madhya Pradesh está cortejando al sacerdocio brahmán de la casta superior.

Kamal Nath no es en absoluto una excepción en las filas del INC. Los Gandhi también son famosos por su oportunismo electoral. Durante anteriores campañas, Rahul ha exhibido su janeu (el cordón sagrado que es marca de los varones de las tres castas superiores) en los templos hindúes, mientras que su hermana Priyanka ha respaldado la construcción del templo hindú Ram Mandir en Ayodhya (centro neurálgico de la política hindutva y emblema de la confrontación religiosa en el país: allí se levantaba una antigua mezquita cuya demolición en 1992 por una horda nacionalista hindú provocó enfrentamientos que dejaron más de 2 mil muertos).

Rahul ha liderado una serie de cruzadas populares contra el «capitalismo del BJP», pero sigue siendo reacio a hablar de la sórdida historia de su propio partido: su giro hacia el neoliberalismo en 1991, por no hablar de su apoyo a Adani en las décadas anteriores. Así pues, cabe preguntarse si la autorreinvención del INC es algo más que un lavado de cara cosmético. ¿Es su acercamiento a las clases más desfavorecidas algo más que un cínico intento de flanquear al BJP?

LÍMITES NEOLIBERALES

El viejo periodista Harish Damodaran lleva tiempo desentrañando el nudo histórico entre estas dos variantes del capitalismo indio. De acuerdo con su análisis, los primeros años de la liberalización liderada por el INC estuvieron marcados por el auge paralelo de los empresarios y los partidos regionales. Los primeros invirtieron mucho en redes políticas locales, que ocupaban puestos clave en los gobiernos de coalición, y aprovecharon sus contactos en Nueva Delhi para apoderarse de los sectores recién liberalizados, como el azúcar, las autopistas, la prensa, el licor y el sector inmobiliario. A su vez, los partidos utilizaron los fondos de estos empresarios para fortalecer sus bases regionales.

Esta dinámica cambió radicalmente cuando el BJP irrumpió en el poder en 2014 e inauguró un nuevo ciclo de capitalismo de amiguetes. Los empresarios regionales han sido sustituidos ahora por grandes conglomerados patrocinados directamente por el gobierno central. Las reformas económicas del BJP, como la regulación de las zonas francas y de la concesión de préstamos, han permitido a las empresas monopolizar sectores enteros (Reliance controla la petroquímica y las telecomunicaciones; TATA, el acero y los servicios informáticos; Adani, los puertos y la energía).

La desigualdad en la India ha seguido el mismo camino: el 1 por ciento más rico posee ahora más del 40 por ciento de la riqueza total del país, mientras que el 50 por ciento más pobre solo posee el 3 por ciento. El BJP se ha beneficiado del enriquecimiento de sus aliados corporativos abriendo nuevos canales para que el dinero fluya hacia sus propias arcas. En 2017 el partido inauguró un plan de «bonos electorales», que permite a los grupos empresariales financiar a los partidos políticos de forma anónima. En 2022 el BJP había recibido el 57 por ciento de todas esas donaciones (1.100 millones de dólares). El INC recibió solo el 10 por ciento, mientras que el Partido del Congreso Trinamool, que ahora gobierna en Bengala Occidental, fue el único partido regional que recibió fondos significativos (8 por ciento). El secreto de la centralización del poder político del BJP reside en esta centralización de la financiación política.

Cuando la brigada hindutva que forma el motor ideológico del BJP se dio a conocer a principios de la década del 90, el crítico Aijaz Ahmad descubrió una grieta en su armadura. Sugirió que el BJP no tenía un programa económico coherente a la altura del extremismo de sus paracaidistas activos fuera del parlamento. Como el INC ya había liberalizado la economía india, el BJP no podía hacer una oferta «sustancialmente más atractiva» a las empresas multinacionales. Treinta años después, la situación se ha invertido. El BJP ha desencadenado una segunda oleada de liberalización al abrir sectores públicos clave –agricultura, sanidad, ejército y educación– a niveles de inversión privada sin precedentes. Mientras tanto, el INC ha intentado aumentar su atractivo electoral haciendo una oferta «sustancialmente más atractiva» a las clases bajas indias.

Sin embargo, el giro pro políticas de bienestar del INC tiene poca o ninguna base en la política de masas. En varios estados –Uttar Pradesh, Guyarat, Andhra Pradesh y Bengala Occidental– ha sido degradado a la categoría de partido de oposición de poca monta. Como resultado, las organizaciones de cuadros están gravemente desarticuladas. La cúpula del partido, aún inmersa en intrigas dinásticas, está aislada de los retos del activismo de base. Mientras la fiebre electoral se apodera del cinturón hindi del norte y centro del país, el liderazgo del INC reparte modestos paquetes de subsidios y estipendios a los trabajadores pobres. Pero es poco probable que rompa la nueva alianza entre las elites políticas y las grandes empresas proponiendo medidas más radicales (impuestos sobre el patrimonio, garantías para los trabajadores, salarios mínimos, etcétera). Su impulso de arriba hacia abajo por reformas sociales parciales puede hacerle ganar algunos votos, pero no puede detener la marcha del hindutva y mucho menos resolver las propias contradicciones internas del INC.

Cuando Rahul Gandhi fue de-salojado de su residencia oficial en abril, el INC lanzó una campaña en las redes sociales, «Mi casa, tu casa», que mostraba a miembros del partido ofreciéndole sus casas a Gandhi. Al mismo tiempo, el RSS y sus organizaciones afiliadas coordinaban ataques sincronizados contra barrios musulmanes durante el festival religioso hindú de Rama Navami. En todo el cinturón hindi, turbas derechistas quemaron numerosas casas, tiendas, bibliotecas, cementerios y mezquitas musulmanas. Estas demoliciones extrajudiciales –que se han dado en llamar «justicia bulldozer»– son una nueva estratagema hindutva para criminalizar colectivamente a la población minoritaria, a la que se acusa a menudo de instigar a la violencia colectiva durante las procesiones religiosas hindúes. Durante estos acontecimientos, el INC se ha mantenido al margen, reacio a detener la violencia. Mientras sus dirigentes en Nueva Delhi se ocupaban de la difícil situación de Gandhi, sus cuadros en Madhya Pradesh engalanaban la sede del Estado con relucientes banderas azafrán, preparándose para la llegada de 1.600 sacerdotes brahmanes.

(Publicado originalmente en New Left Review. Brecha publica con base en la versión en español de El Salto.)

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