El retorno de la “qualité”

Un lujoso y plácido hotel spa en los Alpes suizos alberga al compositor y director de orquesta Fred (Michael Caine) y a Mick, el cineasta que prepara con la colaboración de unos cuantos jóvenes lo que quiere sea su filme-testamento.

También a un actor bastante joven pero ya famoso (Paul Dano) que a su vez se prepara para su próximo papel. Pronto aparecerá la hija de Fred (Rachel Weisz), a quien su marido, hijo de Mick, acaba de abandonar por una cantante pop, y una bella miss universo a la que el actor joven pero famoso destrata porque lo recuerda por su peor película. Hay otros huéspedes, que se individualizan o no, siendo el más sorprendente un hombre obeso con la cabeza de Marx tatuada en la espalda (el actor argentino Roly Serrano), en el que, aunque no se le nombre todos, reconocerán a (un aun más inflado, si cabe) Maradona.

No se trata de un relato con continuidad sino de una serie de viñetas en las que Fred y Mick, amigos desde siempre, observan a los demás, intercambian breves diálogos sobre lo que miran o sobre si orinaron o no, o pronuncian frases sentenciosas sobre la vejez, la juventud, el arte, el amor, los remordimientos, las emociones. Se intercalan innumerables y virtuosas –fotográficamente hablando– escenas del spa, con los cuerpos sumergidos en el agua, o con sesiones de lentos masajes que se detienen en el tacto de una mano joven sobre cuerpos envejecidos, o en tomas coreográficamente compuestas pero inmóviles, con varios huéspedes-pacientes en su rutina sanitaria. El centro lo ocupan Fred y Mick, el uno retirado hace varios años y sin ganas de dejar de serlo –al punto que rechaza un pedido especial de la reina Isabel de Inglaterra para que dirija composiciones propias en un aniversario real–, el otro todavía intentando continuar, con la esperanza de que la diva cuya carrera él ayudó a construir (Jane Fonda) actúe en esa su próxima película.

Paolo Sorrentino, director entre otras de El divo pero conocido sobre todo por la multipremiada La gran belleza, fortalecido quizá por el éxito internacional alcanzado por esta última, grandilocuente y ambicioso diálogo con La dolce vita, parece con esta Juventud querer seguir dirigiéndose a Federico Fellini. Esta vez, aunque de manera mucho más laxa y casual que con su filme anterior, el referente es –vagamente– 8 y medio (1963), otra obra maestra del cineasta de Rímini. Pero ésta ya no es una película italiana sino una cuádruple coproducción,1 hablada en inglés y con elenco internacional y de campanillas. Quizá de ahí provenga la sensación de que el desborde barroco que parece desprenderse naturalmente de sus obras italianas, constreñido a un paisaje suizo y unos personajes anglosajones, se hubiera canalizado estrictamente a lo visual, llegando por momentos a excesos de lujoso videoclip –para lucimiento del fotógrafo Luca Bigazzi–, mientras lo estrictamente dramático, aquello que tiene a los personajes y sus conflictos en su centro, se deslíe en una sucesión de conversaciones banales y paseos. O peor, cae en lo pomposo con esa acumulación de frases definitorias que Caine y Keitel –¡nada menos!– se ven obligados a pronunciar como si de parlamentos de Shakespeare se tratara. Y el guión es del propio Sorrentino, así que no hay ningún escriba al que echarle la culpa.

Es raro. Un cineasta de 46 años realiza una película sobre la vejez a la que titula “juventud”, una película sobre creadores eximios que formulan sin pausa lugares comunes, que se supone son profundas reflexiones, un homenaje (?) a una de las grandes películas de la historia del cine con la sutileza de un monumento de cartón piedra. Dos escenas memorablemente deleznables: la que muestra a Jane Fonda en un ataque de pena furiosa en un avión, la que enfrenta a Mick, en una colina verde, a todos los personajes femeninos que creó a lo largo de su carrera (no sólo no aprendió de Fellini, tampoco de Woody Allen que en Desconstructing Harry lo hizo mucho mejor).

¿Ningún punto a favor? Sí, Michael Caine. Ese actor inglés que se convirtió en uno de los mejores del mundo, y a pesar de sí mismo –hay que ver los papeles que aceptó a lo largo de su carrera–. Su sola presencia otorga dignidad a la pantalla cada vez que aparece, aunque nunca sabremos si esa peculiar y honda ambigüedad de su mirada obedece a las exigencias de su personaje, o a que –no el músico Fred sino el actor Michael–, esté pensando: ¿qué diablos hago yo aquí?

 

  1. Youth. Italia/Francia/Reino Unido/Suiza, 2015.

 

https://youtu.be/jl0rpJH8QVw

 

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