Todo fue culpa de un uruguayo. Jorge Nasser –junto con su compañero Rubén Gattero– entrevistó a Charly García, entonces en Serú Girán, para el número 6 de la revista Periscopio, publicado en marzo de 1979. El resultado fue una nota de tapa con un título picante: «García, ¿ídolo o qué?». Aunque hoy parezca irrisorio, aquellos primeros tiempos del grupo no habían conformado ni al gran público ni a la crítica. El peso recaía sobre los hombros del líder y Periscopio iba al hueso como Krupoviesa. La respuesta de Charly no tardó en llegar: ese mismo año vio la luz La grasa de las capitales, segundo álbum del cuarteto. El disco despejó las dudas sobre Serú. Desde la portada, brilla perenne aquella pregunta que ya se había hecho Periscopio: para los que desconfiaban, ahí también empezó a ser ídolo García.
Sebastián Benedetti y Ponchi Fernández acumularon, leyeron, entrevistaron, escucharon y vencieron. ¿Ídolos o qué? Una historia de las revistas de rock en Argentina (1955-2025) pasa al plural la pregunta y ayuda a responderla. La paráfrasis lleva los focos hacia el otro lado del mostrador. Una historia de 60 años de periodismo gráfico: editores, jefes de redacción, colaboradores, mecenas, fotógrafos, músicos-periodistas (como Nasser), distribuidoras, grandes redacciones y pibes que escriben en su habitación. Tapas satinadas y fotocopias ilegibles. El resultado no es un libro: más bien es un monumento. Al periodismo, sí. Al entusiasmo, también: el de todos los implicados en esta industria y el de los lectores. Sin ellos, no hay tinta que manche.
La dupla llevó adelante una investigación de casi ocho años. De toda una vida, bah: ambos son lectores de literatura musical desde su niñez. Benedetti, un periodista que desde siempre se interesó en contar este tipo de historias (ya había publicado en 2016, junto con Martín Graziano, la de Expreso Imaginario: Estación imposible. «Expreso Imaginario» y el periodismo contracultural). Fernández, directamente un enfermo. Con cariño. «Ahí me fijé en los Excel. Artículos especializados, puntualmente, son 8.200 y pico. Y después tengo catalogadas notas sueltas en medios generalistas: Gente, Siete Días, La Semana, las revistas de Clarín y La Nación, Panorama… De todo eso, unas 2.500 entre las notas sueltas y las revistas enteras. Ahí también están El Porteño o Humor, que son un poco más afines al rock, y en todos los números traían algo. ¿Revistas que me faltan? Las de fines de los sesenta son las más difíciles. Algunos ejemplares de Ritmo Beat, Ruido Joven, La Bella Gente y JV.»
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Con ese archivo, más el recogido en sus años de radio, un programa que ahondaba en la misma cuestión, las revistas de música (junto con Nicolás Arias, también son responsables de Los Subterráneos. Apuntes de una Cultura Rock de Papel, que va de 2016 a 2020) tenían para hacer dulce. Estas 520 páginas bien podrían competirle a Conaprole o La Serenísima. Sin embargo, desde el prólogo se encargan de aclarar que tamaña empresa tendrá sus posibles omisiones. Que esta historia está escrita desde Buenos Aires, y la propia potencia de los medios que surgieron desde allí les dio una proyección nacional (e internacional, en algún caso), algo que otros trabajos no tuvieron. No se lee como una apertura de paraguas. Asoman, aunque tal vez no con la misma fuerza, proyectos que surgieron desde otras ciudades del país.

Hay nombres que sobrevuelan la historia completa. El de Pelo, con sus 31 años de recorrido. Y, por ende, el de su fundador, Daniel Osvaldo Ripoll, luego creador de ese emporio llamado Editorial Magendra (con sus ramificaciones entre revistas de música, generalistas con mucha música, revipósteres, cancioneros, tabloides y todo aquello que pudiera aparecer en los quioscos de diarios). Ripoll fue un soñador, un militante del rock nacional y un empresario. A veces de a una, otras, todas a la vez. Su influencia atraviesa las páginas de ¿Ídolos o qué? y las del rock argentino todo. Ayudó a construir el movimiento –sin ser indulgente con los músicos nacionales, más bien todo lo contrario– y no vaciló cuando comprendió que ahí también había un negocio colosal. Padeció en carne propia la dictadura, a la vez que aprovechó el boom del rock nacional a partir de la guerra de Malvinas. En lo que cuenta él y en lo que dicen los demás protagonistas sobre él se halla uno de los grandes atractivos de estas páginas.
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Una decisión acertada es la cronología en la que eligieron hilvanar esta historia de centenares de publicaciones y personas. Muchas de ellas hacen su aparición fugaz: revistas de un solo número, periodistas que no llegaron a tener mucha experiencia. Aparecen unos cuantos fanzines, en paralelo a las revistas de distribución nacional, con su circulación subte (destacados los casos de Resistencia y Metálica: el punk y el heavy metal, aun con sus revistas especializadas, siempre fueron los subgéneros con mayor corriente alternativa). El relato expone cómo fue creciendo la cultura rock en los medios y cómo estos también la moldearon: primero, siendo apenas distinguible de números de apariencia similar. La música de la juventud era toda la música pop, hasta que empezó a separarse lo complaciente de lo progresivo. Pelo lo hizo.
Benedetti y Fernández meten apenitas el dedo en la llaga, haciendo mención a algunas publicaciones prebeatlemanía, en las que ya aparecían noticias sobre músicos que se arrimaban al rock and roll. Es un amague (¿bait?): pocas páginas más adelante, dan como punto cero del asunto a medios que tienen más que ver con esa explosión que se suscitó pos-1964. Uno de ellos, JV (Juventud Voluntad), dirigido por Lucho Avilés –¡otra vez un uruguayo!–, al que llaman, con una pizca de sarcasmo, el padre del periodismo de rock en Argentina. El tono del libro, con el humor siempre a mano, ayuda a la hora de atravesar semejante volumen de información.
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Además de Ripoll y su ladero, Juan Manuel Cibeira, el pulso de la historia lo llevan aquellos nombres que se repiten una y otra vez: Miguel Grinberg, Jorge Pistocchi, Pipo Lernoud, Alfredo Rosso, Claudio Kleiman –aka El Tipo que Escribió en Todas las Revistas, Todas—, Gloria Guerrero, Carlos Polimeni, Pablo Schanton y siguen firmas. Pero los autores alumbran otros nombres, apuntados en menor medida por la historia oficial. Tales los casos de Hebe Blanco (que ingresó a Pelo gracias a una intervención en el correo de lectores y luego se convirtió en una figura clave dentro de Magendra), Osvaldo Marzullo (una fija en Pelo ya en los años ochenta), Martín Gimeno (nombre que entra en la historia a partir de 13/20, ya casi en la década del 90) y la dupla Riera-Sánchez, especialmente destacada por sus entrevistas en la versión local de Rolling Stone.

Si en los primeros años los límites eran borrosos, a partir de Pelo, dijimos, cambiará la mano. A tal punto que se convertiría en una revista de circulación internacional, que llegaría a buena parte del continente (lo propio haría Magendra, desembarcando en el gigante mercado brasileño con ediciones en portugués de Roll y Metal): «En un momento, Pelo empieza a poner abajo del título “Edición Internacional”.Y enumeraba todos los países en Latinoamérica a los que llegaba [N. de R.: también aseguraba llegar a Estados Unidos]. Nosotros nos tomamos el laburo de chequear, preguntando a periodistas o gente vinculada al palo en cada país. Contacté a Ángel Atienza, quien me confirmó que Pelo llegaba a Uruguay y lo hacía bastante regularmente. Todos nos dijeron que sí. Así que no era verso, como uno podía suponer», ríe Fernández.
Expreso Imaginario, favorita de Benedetti, es posiblemente la que siga en influencia a Pelo. «Es una revista que aprendí a querer mucho, de tanto investigarla. Sintonizó con su época casi como ninguna otra. Se transformó en un refugio muy loco y fundamental para muchos pibes durante los años de la dictadura argentina. De hecho, salió entre 1976 y 1983.» Expreso, además de contar con un frondoso staff –a diferencia de Pelo–, abría el juego de la contracultura hacia horizontes no musicales. Su primera etapa se cerraría ya con la dirección de Roberto Pettinato, y alejada de aquella idea inicial. Pero su perfume histórico quedará siempre asociado a aquel momento en que representaba una alternativa de vida para sus lectores. Así de simple, así de importante.
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La favorita de Fernández es Canta Rock. Si el Expreso ayudó a atravesar la dictadura, Canta Rock apareció justo después de Malvinas y franqueó casi todo el gobierno de Alfonsín: boom, primavera y ocaso. La juventud quería tocar las canciones del rock nacional y allí, en la oreja de Daniel Curto, el sacaacordes de esta publicación, tuvo a su aliado. El éxito fue tal que Ripoll, nueve meses después de estrenada Canta Rock, ya en abril de 1984, arremetió con la competencia: Toco & Canto. Los detalles que da Rodolfo Haerle, el músico encargado de hacer lo mismo que Curto para T&C, son hilarantes: imprimir una revista con sus cifrados podía ser todo un escollo. Al año siguiente, el monstruo del rock nacional llegó al diario más grande del país: Clarín comenzó a publicar todos los viernes su suplemento joven, el Sí. No era una revista, pero su peso específico lo metió en esta historia.
Los noventa pasaron entre tabloides más bien comerciales y de espíritu teen –donde la mezcla convivía sin tanto drama–, y revistas que parecían poner algo más en juego, apostando a una crítica especializada y confrontativa (el tándem Esculpiendo Milagros-Ruido-Revolver, con el inefable Pablo Schanton en acción. En el libro, asegura que era «como un montonero del rock, quería cambiar el discurso»). Ponchi y Sebastián recuerdan haber accedido más a las primeras que a las segundas. Cuestiones de tirada: «La primera revista que compré con mi guita fue la Rock en Blanco y Negro, desde el número uno, tapa Charly», empieza Fernández. «Pero capaz que antes hubo alguna 13/20, porque iba al Centro Cultural, un club de Ayacucho, y el cantinero Marcelo Gentil compraba esa.» Agrega Sebastián: «Recuerdo un póster tamaño natural de Freddie Mercury pegado en una habitación, ese tipo de imágenes mentales me quedaron de esa época y de 13/20, puntualmente».


Promediando la década, llegaron las franquicias. Los Inrockuptibles, con una historia un tanto romántica. Y Rolling Stone, con su peso específico, su sello y… el Grupo La Nación detrás. Ironías del destino: quien debió negociar su arribo al país, a la postre su primer director editorial, se apellidaba Ghitta. Magendra ya había tenido sus coqueteos; e, incluso, un retorno de Expreso Imaginario en el 86 que fue casi una precuela de la Rolling. Pero Ripoll siempre privilegió a su criatura más célebre. Cerca del final, la historia de la llegada de la marca a Argentina es otro gol de ¿Ídolos o qué?«Mi segunda favorita es Rolling Stone –afirma Benedetti– en sus primeros años. Unía todo lo que me gustaba. Me parecía alucinante leer a la gente que leía, o que hubiera notas de diez páginas a un artista, con esa mirada más ligada al nuevo periodismo».
¿Y hoy? El panorama no parece alentador. Sin embargo, surgieron en los últimos tiempos algunas publicaciones, llevadas adelante por periodistas sub-35 (por caso, Fulana o Los Años 20), que dan una luz de esperanza. Arranca Fernández: «Me cuesta enterarme, soy medio perrón con internet. Me parece brillante que haya pibes con esa inquietud y que se muevan para hacer sus producciones en papel. Y, por supuesto, me gustaría sumarlas a la colección». Y Benedetti agrega: «Me parece alucinante que esté pasando, pero no por una cuestión fetichista o de una falsa nostalgia de pibes que no la vivieron. Es una necesidad comunicacional: los soportes físicos de cualquier manifestación cultural o artística son necesarios para la construcción afectiva de eso. Y la lectura en papel es distinta. Vivimos en un mundo tan loco que no me extrañaría que, con el paso de los años, volvamos a estar todos leyendo revistas en papel y el mundo digital haya quedado atrás».




