Rojo albañil

Un perfil de Óscar Andrade

El sunca viene mostrando desde hace un buen tiempo una capacidad de movilización sorprendente, con movidas que han llegado a desplegar a 20 mil obreros en las calles. Se cuenta que mucho tiene que ver en eso su secretario general, Óscar Andrade, un hombre de 39 años con un relato delineado: el sindicalismo no sólo tiene que pelear por las reivindicaciones puntuales, sino tener un vínculo con la sociedad toda. En este perfil, el recorrido de un dirigente a quien no pocos le auguran proyección política.

Lograr inmiscuirse en la agenda de Óscar “Boca” Andrade justo en la semana en que el sunca estaba por firmar su nuevo convenio colectivo, y además movía a miles para que se aprobara una ley que penaliza a los empresarios omisos en seguridad laboral, no parecía una buena idea. Hubo que llamarlo día a día, y postergar varias veces un encuentro que finalmente se concretó un viernes, cuando ambas cuestiones llegaban a buen puerto. Basta ojearlo para intuir algunas de sus características: hiperactivo, locuaz, por momentos avasallante. Sus respuestas son arborescentes. Obligan a la cronista a navegar por un macramé, pero a su vez a degustar respuestas con contexto.

“Con 39 años, yo soy el veterano hoy acá”, dice. Es que casi la mitad del gremio de la “constru” tiene hoy menos de 30. Su semblante barbado y su voz algo rasposa lo hacen aparentar un par de años más. Mueve sin descanso sus brazos fornidos, esos que quizás no pueden faltar en el líder de un sindicato que representa a quienes durante gran parte de su vida deben lidiar con ladrillos, hormigón o el trabajo a la intemperie (y que en la actualidad se da el lujo de agrupar a 40 mil afiliados). Sin embargo, el primer carné sindical que tuvo Óscar en sus manos tenía estampado un puño y una espiga.

—Mi primer sindicato fue el de los panaderos, un gremio con muchas dificultades. Yo trabajé desde los 15 hasta los 18 en panadería. Y después tuve que volver en 2003, obligado por la crisis. En la construcción entré a fines del 92. En ese año fui a hablar con los compañeros que tenían la bolsa de trabajo, por lo menos para poder salir un día o dos por semana. Pero cuando entré al sunca ya tenía alguna experiencia sindical y política.

Antes había sido delegado del liceo de Progreso Nuevo (Canelones), de donde es oriundo.

—Puedo decir que soy militante de los noventa, pero por suerte chapé parte de todo el movimiento de la posdictadura. En esa época había un protagonismo juvenil y lo raro era encontrar a alguien que no militara. Ahí tenemos una dificultad enorme entre esa foto, con los Montevideo Rock I y II, las murgas que salían de los comités, los periódicos de barrio, y lo que pasa hoy. Había un sentido de la participación distinto y eso contrastó radicalmente con los noventa

La descripción que vierte de esa década recuerda la devastación propia de un cataclismo. Y además, como si hubiera nacido para andar a contramano, se afilió a la Unión de Juventudes Comunistas (ujc) en 1989, el año del colapso.

—¿Y por qué decidiste afiliarte?

—Mi hermana se afilia a la Juventud primero que yo. Mi vieja era roe y fue tupa. Mi viejo era colorado. Yo no tenía posibilidad en casa… (se detiene y piensa antes de seguir). Mi vieja había estado en cana por repartir unos volantes –era una gurisa– en la época de la huelga general. Ella había quedado muy resabiada con la acción política toda. Militó por el voto verde al final, pero había tenido unos años con muchos dolores. Mi hermana, que es un año y medio mayor que yo, se afilia a la ujc, creo que en 1987. Cuando aparece con el carné, en casa casi la linchan… Y era entonces: “qué desastre”, y que “los comunistas no eran gente de confianza”… Yo me afilio en 1989, pero militaba con los comunistas antes. Creo que también debe pasar en el mln o con los socialistas, que te vinculás más por relaciones de confianza que por un recorrido de comprensión teórica. Yo salía en la murga de los comunistas, andaba para arriba y para abajo con ellos, pero la decisión la tomo cuando el “Negro” Cañelas, jodido de cáncer, en una actividad pide que le den otra tarea, porque no puede con el balde. Ahí todos nos quebramos. Sergio se muere a los pocos días. Yo todavía estaba calculando si me afiliaba o no, y este loco se estaba muriendo y pedía changas.

A pesar de que eran más los que salían por la puerta giratoria, él decidió entrar. Y le tocó la dura tarea de procurar convencer y brindar explicaciones, en medio de un huracán que parecía no dejar nada a su paso.

—Hay muchos compañeros que entienden las razones del quiebre del partido ahora, y que es necesario tener capacidad de unir a los militantes que contribuyeron a esa tradición, la de los comunistas en Uruguay, sin los cuales es imposible explicar la central de trabajadores, el Frente Amplio, la resistencia a la dictadura y su derrota. Pero así como lo primero que te vincula es lo afectivo, lo último que te cuesta recomponer es también lo afectivo. A ver… a mí no me molesta para nada que (Fernando) Amado salga a guaranguear como lo hizo en el Parlamento (se refiere a cuando fue acusado de tener un conflicto de intereses por haber dado su voto como diputado suplente del Fidel para aprobar la ley de responsabilidad penal empresarial). Sí me molesta que un compañero me pegue un sablazo porque haya votado a tal candidato en un congreso del partido. Cuando hay acusaciones de traición, ta bravo para sentarte a conversar de nuevo. Una de las changas de los comunistas es reconstruir un partido en el que estén todos los comunistas adentro –hoy tenemos muchísimos en las casas, con experiencia acumulada–, para reconstruir la perspectiva de democracia avanzada hoy, que es diferente…

En 1996, con 21 años, ingresa por primera vez a la dirección del sunca (“Ahí sí era un bicho raro. Recuerdo congresos de la central donde en 700 delegados éramos sólo seis menores de 30”). Y vuelve al territorio devastado: la eliminación de la negociación colectiva “es un elemento que la izquierda tendría que analizar sociológicamente. Hubo generaciones enteras de trabajadores que durante 15 años no tuvieron ninguna experiencia, ni buena ni mala. Para miles la experiencia no pasaba de una conversación individual con el empresario. El impacto en las formas de organización de la izquierda es brutal”.

Y si bien cree que no se puede hablar de una “tabla rasa”, interpreta que hubo un enorme retroceso. En 1993, cuando Andrade era un benjamín en el sunca, la construcción experimentó una huelga de tres meses, en medio de un gran repliegue global del sindicalismo, fertilizado por la derrota del socialismo real y la crisis de todos los paradigmas.

—Yo soy de esa generación a la que le tocó reconstruir el sindicato después de la huelga. Uno le da valor histórico a la larga, porque pienso que no hubiera habido negociación colectiva sostenida en la construcción si no fuera por ella. Pero está claro que a gatas empatamos… Y la reacción posterior fue brutal, sobre todo en el Interior. Llegamos a tener casi un récord Guiness de integrantes de las direcciones departamentales del sindicato desocupados. La lucha se convirtió en casi clandestina…

—El sindicalismo no está bien posicionado en la opinión pública. ¿Cómo se llega entonces a lograr que 35 mil obreros –55 por ciento del total de trabajadores del sector– vayan a votar en las elecciones del sunca?

—Las organizaciones sindicales fueron profundamente satanizadas. Podías ser de todo, testigo de Jehová, fiolo, cualquier cosa, menos militante sindical. El sindicalismo sale con mucho prestigio de la dictadura, pero en los noventa hubo una enorme ofensiva ideológica y cultural. Los medios de comunicación asociaron a los sindicatos con las peores formas. La gente te decía “¿para qué?”. Filosóficamente –esto lo decía (Rodney) Arismendi– el capitalismo estaba naturalizado como la forma última de organización de la sociedad. Cualquier lucha aparecía como la pelea contra un mito. Nos decían: el plato de lentejas es este, podés comerlo o no, pero es este. Tuvimos un mérito, haber sobrevivido.

—¿Y cuándo empieza a darse ese crecimiento explosivo?

—En la segunda mitad de los noventa fuimos 4 mil, pero habíamos llegado a ser antes 6 o 7 mil.

—Ahora se multiplicaron por seis, entonces.

—En las elecciones de 2006 participaron 14 mil trabajadores. En las de 2008, 19 mil. En 2011, 29 mil. Y 35 mil en las últimas (lo dice todo de memoria).

—El boom de la construcción tiene algo que ver, imagino.

—Sí, claro. Hay más laburo. Pero igual llegamos a tener 50 mil trabajadores en la industria de la construcción en 1998-99, y ni de cerca teníamos este grado de afiliación. Acá cada delegado de obra participa quincenalmente de su zonal, con presencia de no menos del 85 por ciento de los delegados. Hay un esfuerzo para que la participación sea efectiva. Segundo, es un sindicato que genera un conjunto de mecanismos para dignificar la condición del trabajador: empezamos con cursos de computación cuando la computadora era un bicho raro. Tenemos 660 gurises con una beca modesta para sus gastos universitarios. Se creó la Fundación sunca Solidario, que atiende la condición de los familiares de trabajadores accidentados. Los afiliados le donamos a la fundación 200 mil pesos por mes, pero aparte cuando hay un accidente mortal hacemos una colecta. Es un sindicato “rojo”; hemos hecho movidas por los cinco cubanos presos, pero no abandonamos un milímetro la reivindicación puntual. En el último año tuvimos 7 mil arreglos odontológicos subsidiados por el área social del sunca, entregamos 35 mil sets de útiles escolares. Se han otorgado 5 mil préstamos para arreglos de viviendas. Tercero: el sindicato tiene una red muy fuerte de vínculos con la sociedad. Estamos formando en oficios a clasificadores y ya hay 160 que trabajan en la construcción. Tenemos cursos en las cárceles, en el Sirpa, en Jóvenes Protagonistas, del Mides. En los últimos cinco años han entrado en la construcción 2.300 mujeres. Y ahí hay un debate teórico para dar… se decía acá: ¿por qué en vez de pelear para que entren las mujeres del Mides no pelean para que entren sus hijos?

—¿Un debate en términos de género?

—No sólo. Es que hay organizaciones sindicales, como pasa en el Estado, en las que se entiende que cuando hay una vacante tiene que ser para la familia del trabajador que ya está. Hay que hacer entender que el sindicato tenía que abrir la puerta hacia la gente del pobrerío y en particular a las mujeres jefas de hogar, donde está la pobreza más extrema. Colocarlo como reivindicación ayuda a construir una mirada en conjunto. Uno de los secretos puede ser ese: no se agota la lucha del sindicato por un mango más para el fideo… El convenio que firmamos establece que vamos a tener unos 8 mil jornales al año para poder trabajar en las obras solidarias, extra de las que ya hacemos los fines de semana. Y fue de las cosas más aplaudidas: logramos una libertad sindical que no es para cualquier cosa. Es para ir a un cante, o a una escuela de contexto crítico o a la casa de una mujer golpeada. Este es para mí uno de los contenidos que explica la movilización. Porque ¿por dos pesos más de salario te quedás hasta las dos de la mañana pintando un cartel? La estrategia entonces va por ampliar los beneficios para los miles de trabajadores, que venían de una situación muy sumergida, pero a la vez vincularlos con el conjunto de la sociedad. Entonces, cuando le vas a entregar un diploma a una compañera que hizo un curso por el Mides, cuando lográs un convenio para que te entren gurises infractores, la significación de la militancia es otra. Pero además disputás en concreto una bandera de solidaridad, que está muy “marquetineada”… Parece que es cuando comés la hamburguesa en un día equis, o el peso que das de vuelto en el supermercado para que lo donen y descuenten impuestos… La solidaridad es un músculo que hay que ejercitarlo. Hay que ubicar en un plano de sensibilidad social temas que estaban ocultos. En 2008 nosotros empezamos un convenio con los padres que tienen hijos con discapacidad, un tema sepultado en la individualidad. Y logramos una licencia de 90 horas anuales para atender la condición. Haber colocado eso como reivindicación genera un salto de conciencia brutal. Los compañeros se sienten orgullosos.

—Parece que hicieras hincapié más en factores emocionales…

—Es que las cuestiones ideológicas son las que tienen que ver con el ser humano, dijera Terencio… Vos podés hacer 50 seminarios acerca de la baja de la imputabilidad. Podés traer sociólogos, penalistas, y capaz que uno te dice que en un país en el que se multiplicó por siete la población carcelaria en 50 años está claro que con más gente presa no se va a resolver el tema. Ahora, yo estoy convencido de que vos a ese compañero lo colocás un sábado trabajando en Casavalle, viendo cómo viven los gurises, las condiciones en las que están las mujeres, y va a entender más. Cuando uno de esos gurises que estuvo rapiñando entra a trabajar y le entra a contar su vida –porque no nació el día en que hizo la rapiña– desde el lado de los afectos, se construye una visión distinta del drama. Es como lo de Santa Catalina. Yo decía: Pah, para mí Mujica salió débil. El Viejo tendría que haber sido más enérgico en el cuestionamiento. Ahora, vos veías debajo de la noticia en Internet comentarios como “¿Y no se pasan de la raya esos bichicomes? Hay que matarlos”. Veías una defensa del policía que hizo esa barbaridad… Pero lo más dramático no es que los comentarios vengan de tipos rancios, aristrocráticos, sino que ese comentario lo tenés de un trabajador de fila. Y si no ganamos esa batalla no vamos a tener transformaciones populares. A Casavalle, Cabañitas, Primero de Mayo, no es que caemos desde arriba para hacer antropología social. Nosotros más o menos estamos entreverados.

—¿Las brigadas son honorarias?

—Sí, todas. Y no hay ningún militante que no tenga que trabajar todas las semanas en jornadas solidarias. Es que yo creo que la estrategia del sunca es que ha logrado significar la militancia. Este año debimos haber donado en materiales 320 mil dólares para las brigadas, sin contar los jornales.

—Vos estudiaste en la Facultad de Humanidades…

—Yo terminé el liceo como libre a fines de los noventa, y voy a Humanidades durante la crisis de 2002. No había abandonado el liceo por opción, sino que tuve que salir a trabajar medio obligado. En mi casa éramos seis hermanos. Mis viejos se separaron. Ahí yo vuelvo a trabajar en panadería, cerca de 11 horas por día, y no me quedaba paño para estudiar. Termino el liceo después y hago algunos semestres de la facultad, que es muy complicada, porque te van cambiando de turno las materias. Lo hice como apoyo a la changa sindical. A mí lo que me gustaba era la investigación histórica.

—Te interesaba entonces tener una vinculación con…
(Andrade sorbe el mate con fruición e interrumpe.)

—Yo creo que la facultad tiende a despreciar el conocimiento que se construye fuera de la facultad. Y a veces las luchas populares tienden a despreciar el conocimiento que puede haber dentro de la Universidad. Yo estoy convencido de que ninguna carrera de ciencias laborales, ninguna, te prepara para orientar una negociación colectiva de la que dependen 70 mil trabajadores. Y que ninguna te prepara para orientar una huelga en la que participan 6 mil.

—¿Ni la de relaciones laborales?

—Tampoco. A nosotros nos dan un papelito y hacemos una obra de ingeniería compleja. Hace un par de años construimos un tanque de enfriamiento en la planta desulfurizadora de ancap… (Óscar –que sabe de albañilería, carpintería y montajes electromecánicos– trabajó en la obra, aunque cuenta que no lo querían contratar por ser quien es. Hoy tiene fuero sindical pleno como empleado de una constructora en Montes del Plata.) Hay una parte del saber hacer que no está dentro de la cátedra, y a veces a la cátedra le disgusta mucho reconocer que hay una parte del conocimiento que se construye fuera del claustro. Es un problema enorme. El desafío histórico es construir patas para caminar en conjunto.

—Hace bastante tiempo, en una conversación que tuve con Ignacio Otegui (el presidente de la Cámara de la Construcción), él te elogiaba calurosamente y me contaba de todos los programas que tienen en conjunto trabajadores y empresarios.

—Sí, a ver, la construcción debe ser el sector con mayor densidad de instancias de negociación colectiva. En el Gabinete Productivo hay una comisión sectorial. Hay otra en el Fondo de Capacitación Profesional, una participación común en el Fondo de Vivienda, en el Fondo Social. Están las paritarias sobre evasión de aportes, tenemos la tripartita de seguridad más vieja de Uruguay. Y es claro que si no hubiera habido voluntad de la Cámara hubiera sido muy difícil sostener estos ámbitos.

—¿Creés que las personas que están al frente de ambas partes tienen que ver con eso?

—Sí. Hay dos cosas. Está la tradición de la industria, que viene de los sesenta. Y después hay características personales que pueden contribuir a tener una mayor densidad de relaciones laborales más maduras. Nadie en el sector supone que están suprimidas las diferencias de clase. El debate está en que, independientemente de las contradicciones fuertes, puedas avanzar en conjunto en lo que puedas. Por ejemplo: el convenio con los clasificadores es en conjunto. En el convenio con el inau, si bien no tenemos un convenio macro, después negociás con las constructoras. Vamos a negociar ahora con la baldosera autogestionada que estamos armando en la Colonia Berro para que parte de la producción se pueda comprar. El primer convenio que negocio estando Ignacio (Otegui) es en 1999-2000. Yo creo que le hace bien la presencia de Otegui a la Cámara. Hoy estaríamos en un conflicto de dimensiones si la Cámara no hubiera operado con madurez la resolución del Consejo de Salarios. Creo que hizo bien además la Cámara en no plegarse al documento de las cinco gremiales empresariales, que estaba casi en una línea de restauración neoliberal muy pesada.

—Y otro que te ha destinado elogios muy elocuentes ha sido Mujica, quien últimamente no se ha caracterizado por pasarle la mano por el lomo al sindicalismo. En Voces dijo que “el partido (Comunista) no tiene otro hombre de masas como ese, es un regalo de los dioses que le dio la historia”, y que es “flor de cuadro”. ¿Cómo valorás estas palabras?

—Yo lo pude conversar con el Viejo una semana después, porque preparamos la actividad esta que se hizo en el Quincho (de Varela). Y en realidad estuve en la chacra el sábado pasado (el 2 de noviembre). Hay dos cosas… sería una veleidad gigantesca que esta construcción sindical, que es tan amplia, se atribuyera a un compañero. Yo tengo un privilegio, me ha tocado poner la trucha. Las últimas tres elecciones sindicales en que me tocó encabezar la lista en el sindicato (la 658) son las tres más grandes de la historia del movimiento sindical. El año pasado pasaron 1.400 compañeros por cursos de formación sindical. Yo no hice ningún curso de esos. En las brigadas, yo lo único que hago es ir. No organizo nada, porque no me da la vida. Yo lo único que tengo claro es que me rompo el alma por el gremio. Los compañeros saben que nunca utilicé un espacio sindical para beneficio personal. Mi vieja durante muchos años cuidó autos frente a la torre de Antel, y yo era secretario general del sunca. Saben que no fui a tocar ninguna puerta para buscar un privilegio, y ahora ella vende ropa como puede. El error es que me identifican con las conquistas del último período, porque soy el que las trasmite.

Hay otro elemento muy valorado entre este escuadrón obrero de mameluco naranja y camiseta roja. A Andrade le fue ofrecido, allá por 2009, uno de los altos cargos del Ministerio de Trabajo. Pero prefirió seguir donde está.

—¿No te ves haciendo una carrera política, llegando al Parlamento?

—No me visualizo. Salvo que me convenzan de que podría ayudar a ganar las elecciones, pero creo que se ganan sin ninguna necesidad… Mirá, yo en 2014 tendría que entrar al Parlamento por el acuerdo que el partido tiene con el Fidel, y tengo claro que no voy a entrar. Tendría que entrar cuatro meses por año y creo que he entrado cuatro veces. Al revés, me visualizo acá, donde generamos muchas transformaciones.

—Capaz que te insisten, porque el Frente y el pcu tienen necesidad de incorporar figuras nuevas.

—Yo me siento útil acá. Lo que pasa es que la acción sindical no aparece en los medios. Y no hay profundización de los cambios sin organizaciones que tienen mucho para jugar.
A la hora y media de charla, y después de que la puerta del despacho del viejo local del sunca (con algunas sillas sin respaldo y contrastante con el reluciente local que está a pocos metros) se abriera varias veces para conminarlo a retomar la agenda, sale como un rayo. Camina por Yi a grandes zancadas y con el celular en la oreja. Afuera hay varios grupos de hombres con camisa naranja o el buzo rojo de las brigadas Agustín Pedroza. Poco después, en el local nuevo, un obrero joven entra a afiliarse. “Anote ahí la hora –se escucha–. La hora en que el compañero está entrando al sunca.”

Lola, sindicalista y trans

El sunca tiene entre sus filas a una dirigente sindical transexual. Es otro de los costados sorprendentes en la historia actual de este sindicato, cargado con una reconocida impronta machista. Lola Méndez es delegada de obra y también militante de Ovejas Negras. “Lola ya hace varios años que está como dirigente –relata Andrade–. En el último congreso del sunca yo coloqué una felicitación a la primera delegada trans, con certeza de que era un tema a reivindicar, pero también con la duda de cuál podría ser la reacción del gremio. Pero al otro día, cuando Lola se anota para intervenir, el congreso, con 2 mil delegados, la aplaude de pie antes de la intervención. Este año me llevo dos cosas muy importantes en otros planos de la lucha: la forma en que el congreso trató a Lola y la participación junto a Mujeres de Negro en las marchas, en un problema que también es nuestro.”

Contraseñas

LECTURAS. “Leo varios libros juntos. Estoy leyendo simultáneamente dos que me traje de Cuba, uno de un intelectual panameño, Nils Castro, sobre la izquierda en América Latina. Y después de Naomi Klein, La doctrina del shock, una investigación muy profunda de 600 páginas. Ficción, muy poco. Voy más por la historia, la economía y la filosofía.”

IMÁGENES. “Lo que he visto de cine en los últimos años es… (suspira) infantil, porque tengo tres gurises (de 14, 7 y 3 años). De televisión, puede ser que vea los informativos, y para calentarme.”

SONIDOS. “De todo. Soy de los Redonditos de Ricota de toda la vida. Y soy de la generación del rock argentino. Y después Silvio Rodríguez, Alfredo Zitarrosa…”

Cuestión de tácticas

Es difícil que un dirigente sindical se refiera expresamente a las tácticas de otro gremio. Óscar Andrade no es una excepción, pero al describir una vez más su visión, no evade la pregunta sobre el conflicto en la educación, el desgaste de los paros, la cantidad de horas de clase perdidas.

—Creo que todos los trabajadores tienen derecho a tomar medidas. También creo que no es positivo para el movimiento sindical en general… (se frena). Te pongo un ejemplo: en las últimas tres semanas hicimos asambleas sin coordinar en toda la construcción, pero las concentramos en la zona del este. No haríamos jamás un corte de hormigón en el Plan Juntos, en una escuela o en un hospital, porque está mal éticamente y porque quedás pegado. Segundo, yo tengo una concepción sindical que intenta que la mayor cantidad de trabajadores participen del conflicto. Cuántos más participen, mejor será la síntesis. De las movilizaciones que hicimos, lo que nos llevamos es que capaz que un 30 por ciento participaba por primera vez.

El sunca no reniega de las herramientas modernas de comunicación. Andrade sube videos y fotos a su Facebook (aunque expresamente evita el debate, ya que cree que las redes maltratan la discusión). El sindicato emitirá cuatro programas piloto en el canal vtv (“con gente que sabe de televisión”, asegura el secretario general). Sin embargo, para el dirigente no hay una dicotomía entre viejas y nuevas formas de movilización: “Si vos hacés una movilización, el componente más importante es que pudiste hacer una asamblea antes y comunicar. Ese sigue siendo el elemento más eficaz, pero por destrozo. Este es un gremio muy asambleísta por una cuestión de supervivencia”.

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