Ser el golpe

Murió Alberto Restuccia (1942-2020)

Ilustración: Federico Murro

Yo ya fui al velorio de Alberto Restuccia/Beti Faría.
Fue una noche fría de 2016 en el Bosch: nos había convocado bajo el título “Funeral en vida”. Restuccia nunca llegó, y les asistentes participamos –pasando por la incomodidad hasta llegar al enojo– de algo de lo que, aun sin estar presente, él fue protagonista.
1

Leer preferentemente escuchando el segundo movimiento de la Séptima sinfonía de Beethoven.2

La muerte –él lo sabía– siempre fue y será el tema. Para él, la propia era el centro en sus últimos años. Fue un guerrero de Stonewall y murió ese mismo día: 28 de junio, un domingo de invierno. Bien de yegua, para usar uno de sus elogios preferidos.

“yo soy una mujer/ LA mujer para mí/ yo soy mi propia mujer/ translésbica yo/ travesti artística yo/ gorda putarraca de lesbos/ mentirosa prostituta yo/ yo la pequeña pony fácil de montar yo/ petisa y muy alta para unos y otros/ grande y yegua yo/ egoísta hedonista narcisista fetichista exhibicionista/ albertina tina betina beti heterómina beti faría soi disant/ que diría el viejo restuccia/ tuvo una hija y (no) lo supo/ abadesa canonizada/ santa trucha turra y burra/ chonga kitsch terraja bah/ eh!: me quiero y no tanto no?”3

Entre el “je est un autre” de Rimbaud y el “si j’existe, je ne suis pas un autre” de Lautréamont, su vida, y en particular el último tramo, fue de oscilaciones entre lo que no era y lo que, al no ser otro, sí era. Desde su casa en Río Negro y Carlos Gardel se escuchaba menos el mar que sus rugidos de fiera encerrada en su casita rosada, en su casita de fuego, de una femineidad grotesca por dentro y por fuera, como las tangas sobresaliendo meti-culosa-mente en su cuerpo redondo y erótico. Venerador de la pija, envidió más la vulva que el falo.

Odiaba el rebaño, como él le llamaba a amucharse más por buscar calor humano que por afinidad de ideologías, éticas o ideas. Y conoció lo que era el frío, el afectivo y el térmico. Le tenía asco a tomar posición por conformismo. Era un adicto a la transgresión y supo ganar y perder la destreza de provocar al público con puntería. Cuando le dieron la ciudadanía ilustre, dijo: “Si me premian, es que ya no soy transgresor”. Amante de las ideas-moldeadas-con-inteligencia-sensible (y esa podría ser mi descripción de su arte).

Medio poeta maldito, medio adicto al placer, fabulador incansable, poseedor de una colección de libros y recuerdos propios de un altar al conocimiento, obsesionado por (desromantizar) los vínculos y hablar desde su experiencia. Activista de la incomodidad, sospechando siempre de la luz mucho más que de la oscuridad. Su mente era un laberinto de erudición en el que parecía saber perfectamente dónde estaba cada cosa, menos la salida. Existencialista y experimentalista del deseo, se murió empuñando un par de obras por hacer. Acreedor de la autoría y a la vez, de tantas formas, antisistémico.

“Si vivir de memoria es un crimen, amar de memoria es un crimen mucho mayor. La propiedad es hija del miedo […] nada se pierde tan fácilmente como las cosas que poseemos. La posesión es el pasaporte de la costumbre y la costumbre hace invisible al objeto poseído. […] Es imposible ser feliz prescindiendo del amor. El hombre tiene miedo de ser feliz porque tiene miedo de ser él mismo. Porque se sabe que el amor es el mayor antídoto contra el miedo. ¿Te acordás cuando en mitad de alguna acostada te decía que eras un Osni (objeto sexual no identificado)? Porque igual que en el karate, ‘no hay que pegar el golpe, hay que ser el golpe’, nosotros no hacíamos las caricias, nosotros éramos las caricias.”4

El alcoholismo. La narcolepsia. El sida. El whiskicito de la noche cueste lo que cueste. La pasión por la historia. La pérdida no procesada. La relación eternamente irresuelta con La Madre, a quien le chupó hasta el nombre que después parió, dando vida a otro engendro. Criticaba el proceso de burocratización del teatro independiente, sin quizá percibir que no haber tenido un local de teatro le impidió cosas, pero también le permitió otras. Pudo no afincarse, no achancharse en un lugar. “Una idea acabada es una idea muerta”, decía. Del arte pensaba que era puro truco; una bobada que la gente toma como algo elevado, como algo espiritual, pero “no hay cosa más asquerosamente material que el teatro”.5

Escena tras escena, dedicó la vida entera a construir una mirada propia.

Con espíritu de under, también quiso ser consagrade y mantuvo, toda su vida, una relación de histeriqueo con la cultura oficial, con la que tuvo más de un encuentro cercano. Mientras ansiaba reconocimiento estatal, criticaba al Estado siempre que podía. Estado genocida, exterminador de los charrúas, que se funda sobre cuerpos muertos y negados, sobre los cuerpos torturados, sobre los cuerpos violados de travas, putxs, negrxs, disidentes. Le dedicó más de una bala a los cimientos de cualquier nacionalismo. Se metió con la historia y es parte de la nuestra.

Volvía siempre a sus maestres: Artaud, Perlongher, Ducasse, Lemebel, Rimbaud, Beckett, Duras, Genet, Joyce, Ionesco, Beethoven, Mahler, Sartre, Derrida, Harry, Pizarnik, Woolf, Van Gogh, Nietzsche, Truffaut. Siempre estaba viendo, escuchando, leyendo, criticando algo y haciendo recomendaciones que daban saltos temporales en un anacronismo metódico. Era un cuerpo que traduce. Encarnando las enseñanzas de Inge Bayerthal, caminando en círculo con los bordes externos de los pies. Me hizo bailar a Maldoror mientras yo, torpemente, disimulaba la vergüenza que me causaba actuar para él, y mucho más a solas.

Exigía entrega, y no estamos acostumbradxs a eso.

Iba siempre acompañado de sus muertos; el Bebe, Freccero, su madre, su hijo y tantxs otrxs. Contaba y mostraba que un hueco que tenía en la ingle era una vagina que no llegó a formarse. Beti FariAlberto Restuccia; en la última letra empieza la primera. Honraba los ciclos de nacimiento y muerte, conocedor de la insignificancia, erotizado con la magnificencia. Se moría de pánico de ser olvidado. Amante de compartir conocimientos, tenía una mente capaz de hacer bailar. Con un ego, ¡qué ego! De sabio desesperado por ser querido, pero que no se priva por ello de odiar a nadie. Investigador de la necesidad, la homogeneidad era para él uno de los peores defectos.

Reconocedor del poder del sexo y del patriarcado sobre los cuerpos: “El ano es el último reducto del patriarcado”,decía. Lejísimo de la corrección, se abría a todo menos a la obediencia. No le cerraba el feminismo; en parte por distancia subjetiva, y en parte porque entendía el mundo fuera de géneros. Y estaba dispuesta a discutírtelo hasta que salieras de la casa dando un portazo y mandándolo a la mierda.

Pansexual o, mejor dicho, militante del sexo. Cross-dresser en los setenta. Vistiendo el desnudo como marca de autora. Detractor de su paternidad. Desertor de la masculinidad mayúscula. Frecuentador de la noche hasta que no pudo. La vida sin whisky lo aburría.

Observador del horizonte en la rambla cercana. “Viejo océano, los hombres, pese a la excelencia de sus métodos, todavía no han logrado, con ayuda de los procedimientos de investigación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos…”6

Cualquier rincón con su presencia se volvía escenario. Amante de ser mirada. Observadora empedernida de la especie humana. Lector en voz alta, maestro de tantxs que en algún lugar albergan su llama.

Poeta en los nuevos viejos slams, en los que se mezcló con jóvenes. Joven ancestral, príncipe y mendigo. Testimonio de la vida triste de tantxs artistas inmensos en esta mierda ingrata de la cultura en Uruguay. La concha de tu madre, Alberto. Amarlo y repudiarlo era ser parte de su universo afectivo. Si una se bancaba la aspereza, aparecía, tras el odio y el cinismo, una ternura. Poeta del mal.

Guardaba en su casa sus altares a todo lo profano, su biblioteca, cajones de Vhs con secretos y fantasmas del teatro uruguayo. Del teatro uno, del teatro otro. Guardó secretos que arden entre lo sí dicho. Con lxs putxs, con los charrúas, con los comunistas, con los anarquistas, con los borrachos, pero fundamentalmente con él mismo vivió su vida y compuso y recompuso su muerte en forma de tragedia con un toque de absurdo. El absurdo lo salvó de la tristeza hasta que no lo salvó más.

Al día siguiente de su partida, armamos un fuego para sacarle el frío a su forma de irse. Que arda la muerte. Quemamos silencio en la puerta de su casa, como si todavía fuéramos su platea. Como si en cualquier momento fuera a hacer su aparición. Quiso a Graciela Figueroa bailando en su despedida y ahí la tuvo, última miembra viva del cuerpo sin órganos que fue ese Teatro Uno de sus amores. Alguien dijo “salú”. Alguien dijo “nada” y puso algo en el fuego. Ardieron enojos y poemas, y también una parte de la corona que le mandó el Mec, la única en su entierro. Otro artista abyecto, otro poeta maldito, él es otro, es uno diferente, es lo que a partir de ahora logren articular nuestros recuerdos y lo que podamos hacer con lo que él hizo, que es cualquier cosa menos nuestro. Final de partida. “Apenas salga de aquí pienso darme una vuelta por el infierno para juntarme con el Bebe y tomarnos esos whiskycitos que nos debemos”, decía. Debe de andar en eso.

1.   Agradezco a Helvecia Pérez, Pablo Pedrazzi y Mateo Etchegoyhen.

2.   En su último cuaderno de notas leído a una amiga por quien lo cuidaba, Restuccia, que además de amar la música era un puestista compulsivo, hizo una playlist de su despedida con temas de Beethoven, Charles Ives, Mahler, Charlie Parker, Copland y Dvorak.

3.   Uno diferente. La vida de Alberto Restuccia, de Nelson Barceló y Gustavo Rey. Estuario, Montevideo, 2009, pág 25.

4.   Ídem, págs 31-32.

5.   Entrevista disponible en: https://entrevistasamigos.wordpress.com/2016/05/28/beti-fariaalberto-restuccia/

6.  Canto 1 de Los cantos de Maldoror.

Artículos relacionados