“Seremos como el Che”

A partir de 1975 decenas de tupamaros exiliados combatieron con los movimientos guerrilleros de Nicaragua, El Salvador, Colombia, Venezuela y Chile. Impregnados de un fuerte sentimiento de pertenencia a la “patria latinoamericana”, se incorporaron con naturalidad a las luchas armadas del continente.

Fidel en la Sierra Maestra / Foto: Carlos María Gutiérrez

¿Qué los empujó a emprender ese camino, cuando se les ofrecían otras posibilidades igualmente válidas, que en definitiva fueron preferidas por los uruguayos exiliados? La mayoría de los militantes del Mln, el Partido Comunista, el Pvp y demás organizaciones de opositores a la dictadura privilegiaron la denuncia antidictatorial desplegada en el marco de la legalidad. En el plano personal resolvieron estudiar, trabajar, adquirir competencias profesionales, formar una familia, echar raíces después de tanto andar.

En realidad, junto con las convicciones políticas, el diapasón que dio el la a este conjunto de uruguayos insurgentes fue Cuba. O más precisamente el fervor internacionalista y el adiestramiento militar recibidos en la isla. Meses o años de instrucción exigente, adquiriendo conocimientos especializados y destrezas que trataron de poner en práctica al servicio de la revolución.

En las zonas boscosas y las colinas de El Taburete, del Regimiento Cero, decenas de tupamaros, bajo la dirección de expertos militares –algunos de trayectoria mítica, como Benigno, compañero del Che en Bolivia–, compartieron meses o años de preparación militar. Se sentían a gusto en esa vida dura y austera de las unidades militares y las tropas especiales, en las casas de seguridad donde recibían instrucción.

Hubo, no obstante, numerosos tupamaros que sin haber estado en Cuba igualmente se enrolaron en las guerrillas latinoamericanas. Entre otros el médico Hermes Mata, quien después de pasar diez años en el penal de Libertad se incorporó a la guerrilla salvadoreña. Hasta 1990 formó parte de un destacamento con funciones médicas, participando en los combates de primera línea, pese a tener más de 50 años. El obrero de La Teja Eduardo Rosado, exiliado en París, se trasladó a Cuba en 1981 para recibir instrucción y alistarse en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (Fmln). En 1983 murió en combate en Morazán. Marcos Conteris viajó a Nicaragua desde Venezuela para colaborar con el proceso sandinista. Solicitó con insistencia que le permitieran enrolarse en los batallones de voluntarios que luchaban contra las fuerzas de la “contra”. Murió en 1985 en una emboscada junto a decenas de nicaragüenses. Carlos Modernell y Antonio Vulcano se instalaron en 1976 en Colombia, donde murieron combatiendo por el M-19. En Venezuela, “Marta” realizó hasta 1984 operativos para financiar a la guerrilla salvadoreña. En 1980 Wilder César dirigió con Rosemberg Pabón el comando del M-19 que tomó la embajada dominicana en Bogotá. “Gerardo” vivió con falsa identidad durante diez años en Chile, Perú, México y Bolivia, realizando actividades conspirativas para el Mir chileno y Cuba.

En el primer semestre de 1979 unos cincuenta tupamaros provenientes de Cuba lucharon en Nicaragua junto a las tropas sandinistas en la ofensiva que condujo al derrocamiento de Anastasio Somoza. Se ganaron el aprecio de los dirigentes sandinistas y reafirmaron la confianza que inspiraban a los dirigentes cubanos.

REAGAN Y LA CONTRARREVOLUCIÓN. Cuando el republicano Ronald Reagan llegó a la Casa Blanca, en enero de 1981, la política de Estados Unidos hacia América Central dio un giro en relación con la impulsada por su predecesor, James Carter. Los países cuyos gobiernos encarnaban, a juicio de Reagan, la amenaza comunista en la región y debían ser desestabilizados eran Cuba, Nicaragua y Granada. La ofensiva estadounidense contra los tres determinó la llamada “centroamericanización de la Guerra Fría”.

El nuevo presidente buscó quebrar el alineamiento de Nicaragua con el bloque comunista, alejarla de la influencia soviética y restaurar la hegemonía estadou-nidense, aparentemente afectada en el hemisferio y en todo el planeta por la política de distensión impulsada por Carter. Al mismo tiempo realizaba acciones encubiertas y aplicaba todo tipo de presiones y sanciones diplomáticas y comerciales a los tres países considerados enemigos. En octubre de 1983 invadió Granada; en mayo de 1985 aplicó el embargo comercial contra Nicaragua y financió y sostuvo a las fuerzas de la contra que desataron en 1981 la guerra civil en ese país, e intensificó la contrainsurgencia en El Salvador y Guatemala.

LA ALIANZA CUBANO-NICARAGÜENSE. Después de la victoria sandinista los cubanos incrementaron el número de sus expertos en Nicaragua. Llegó numeroso personal militar, de seguridad y civil. A la cabeza del recién creado servicio de inteligencia sandinista fue designado el cubano Renán Montero. El destacamento cubano en Nicaragua tuvo entre sus dirigentes a Arnaldo Ochoa y los mellizos De la Guardia: Antonio se dedicaba a operaciones ilegales, Patricio a las tropas especiales. Manuel Piñeiro desde La Habana coordinaba las acciones clandestinas de los grupos insurgentes latinoamericanos.

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En este contexto los tupamaros cumplieron importantes funciones de organización e instrucción militar. Algunos fueron destinados a la reconstrucción de instituciones civiles. Entre ellos “Juanita”, que proyectó y dirigió la reforma del sistema penitenciario. “Zapata” fue durante décadas instructor de las fuerzas armadas nicaragüenses. Juan José Puente, oriundo de La Teja, trabajó con Renán Montero en contrainteligencia. Fue uno de sus principales colaboradores y coordinó la red de uruguayos que apoyaban a Nicaragua y las guerrillas centroamericanas.

Alfredo Caramella y Víctor Manuel Posada se incorporaron en los primeros años del régimen sandinista al pelotón de demoliciones y voladuras del Batallón de Ingeniería Militar. El oficial que los comandaba, Carlos Arturo Jiménez, en su libro de memorias (Nosotros no le decíamos presidente, 2004) recuerda con admiración el talento de Posada.

El enfrentamiento con la contra nicaragüense adoptó formas abiertas de guerra regular o irregular, junto con otras encubiertas de inteligencia y contrainteligencia. En la guerra regular se destacó “Ramiro”, que operó durante varios años en la frontera con Honduras. Otros tupamaros fueron enviados a Costa Rica, Panamá y Honduras, donde condujeron una vida aparentemente común. En realidad eran parte de una compleja trama de inteligencia cuyos hilos conducían a Nicaragua y Cuba. Se ocupaban de comunicaciones en clave, escuchas clandestinas, infiltración en ambientes enemigos, obtención de valiosas informaciones o arriesgadas operaciones de sabotaje y represalia.

GUERRAS DE BAJA INTENSIDAD. Absortos en la complejidad de su militancia, los protagonistas uruguayos no se detenían a pensar que eran también soldados de la Guerra Fría, de la contienda que enfrentaba a Estados Unidos con la Unión Soviética, y que en América se expresaba en guerras de baja intensidad: insurrecciones, guerrillas, golpes de Estado, políticas de pro y contrainsurgencia. Participaban del enfrentamiento global que movilizaba ejércitos y recursos financieros, democracias y dictaduras, pueblos e ideas. En sus recuerdos asoma intermitentemente el desafío planetario de las superpotencias: “Usábamos cañones chinos obtenidos por los cubanos en Angola”; “los instructores nicaragüenses del Frente Sandinista se adiestraban en Vietnam”; “peleábamos contra la contra, asesorada por militares argentinos, israelíes y estadounidenses”.

Hasta que en 1990, sin el amparo que le brindaba la Unión Soviética, Cuba perdió también su principal aliado en la región. El sandinismo fue derrotado en las elecciones presidenciales. Las nuevas condiciones obligaron a retornar a su país a numerosos asesores cubanos. Lo mismo ocurrió en Angola y El Salvador, donde los acuerdos de paz pusieron fin (en Angola provisoriamente) a las guerras civiles en las que Cuba intervenía.

Clara Aldrighi es historiadora. Su libro La izquierda armada. Ideología, ética e identidad en el Mln-Tupamaros acaba de ser reeditado por Mastergraf.

 

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