Silencio en la noche

Nacional quedó afuera de la Libertadores tras caer por penales ante Boca, pocos días después de haberse visto impedido de ganar el clásico de un modo poco creíble. Tras un frío análisis se podría arriesgar que la apuesta de Munúa salió mal y que Nacional se quedará sin el pan y sin la torta. Sin embargo, hay ocasiones en las que, aun perdiendo, se gana.

Fotos: Juan Pablo Flores (gentileza de www.nacional.uy)

El planteo tricolor en la Bombonera fue racional: esperó a Boca y salió a encarar el partido con una formación sólida, aprovechándose de la llamativa inoperancia local a la hora de generar fútbol, y del gol en contra anotado por el “Cata” Díaz en los primeros minutos de juego. Si parecía difícil salir a buscar un gol de visitante con Gamalho y sin Ramírez ni el “Diente” López, no parecía tan complicado aguantarlo.

El puntero Pavón se mostraba como el jugador más peligroso de Boca, pero encontró a un Espino inspirado en la marca. Tanto, que algún integrante del selecto staff de Fox Sports Argentina lo destacaría como la figura del partido. Pero promediando el segundo tiempo hubo una única jugada en la que un pelotazo de un tal Jara encontró mal parado al lateral tricolor. Pavón corrió por derecha, le pegó cruzado, y Conde –que había sacado una pelota imposible en la primera jugada del partido– esta vez no pudo.

El partido casi que se cerró en ese momento, pues Pavón se sacó la camiseta en el festejo y como ya tenía amarilla (recién sacada tras comerse un enganche de Espino, por más paradójico que suene), vio también la roja. Boca resignó sus escasos deseos de atacar y Nacional se la jugó por el “Diente” López disfrazado de Cid Campeador y Amaral, que en un par de jugadas demostró que tiene todo –salvo delgadez– para triunfar.

La mala suerte del campeón moral. En cuatro días, Nacional experimentó los peores sentimientos a los que un equipo puede ser sometido: tenía un clásico ganado, y se lo empataron en la última jugada; tuvo un penal para convertir y clasificar, lo erró, luego erró otro, y quedó afuera.

Lo del domingo fue increíble por la forma en la que llegó el empate carbonero. En las redes sociales, los hinchas mirasoles hablaron de “huevo”, pero en la práctica no se vio que Peñarol arreciara en busca del empate: más bien se vio a Nacional disponer de clarísimas chances de marcar el tercer gol. No hay que confundir huevo con culo. Ganar de culo también es disfrutable. ¡Vaya si lo es!

Como es imposible no festejar un empate conseguido en semejantes condiciones. Algunos referentes y varios hinchas tricolores le reclaman a Peñarol el haber festejado un empate. “Festejar un empate es de cuadro chico”, afirman. Pero se equivocan. ¿Cómo no festejar un empate así, anotado por un jugador diminuto y limitado técnicamente, con la nuca, cuando ya el tiempo se había agotado? Esos mismos hinchas y referentes omiten destacar que Peñarol salió a jugar el clásico sin alcanzapelotas, y con apenas dos balones en la cancha. Y que cuando Nacional metió el primer gol, comenzaron a aparecer alcanzapelotas de debajo de la tierra y las pelotas se multiplicaron como los peces con Jesús. Eso sí habla de una intención manifiesta de demorar y prolongar así el empate inicial. Eso sí “es de cuadro chico”. Peñarol no merece eso: tiene la grandeza suficiente para salir a jugar de igual a igual, sin apelar a cuestiones antideportivas. Quien haya tomado la decisión está condenado a la mediocridad.

Pero tan impactante fue el desenlace del partido, que nadie parece reparar en que el empate clásico dejó a Plaza Colonia solo en la punta: Plaza no le importa a nadie. Es probable que salga campeón del Clausura y que aun así no se lo tome en serio. Eso sí que es de cuadro chico.

Bien igual. No queda espacio para recriminar. Munúa apostó a la Copa y no la ganó. Cedió posiciones en el Uruguayo, pero no fue la zorra de la fábula que al ver que las uvas eran inalcanzables, las despreció. Nacional se aferró a su chance en la Copa y ese fue su mayor mérito. Hoy que la perdió puede afirmar que lo intentó dignamente.

Hubo jugadores que se van de la Copa fortalecidos. Conde y Espino, los primeros: criticados en su momento, se fueron ganando al hincha en base a actuaciones cada vez más convincentes. Los zagueros cumplieron: Victorino volvió a ser Victorino, y Polenta parece tener diez años más de los que canta su cédula. Los del medio pelearon y cumplieron. Arriba, Papelito fue el más claro, Kevin y el Diente hicieron mucha falta, Barcia se ganó un lugar y Gamalho –pese al bullying del que es objeto, acaso porque es brasileño y poco conocido– trabaja para el equipo mucho más que otros centrodelanteros de un metro noventa que Nacional ha tenido en el pasado reciente, y que supieron gozar del incomprensible favor de la prensa especializada.

La figura de Munúa, aún en la derrota, también se fortaleció. Consiguió generar una sensación de “se puede” que hacía muchos años no se dejaba ver por el Parque Central. Los eternos agoreros del “estamos muy lejos”, del “es imposible” y del “los otros juegan a otra cosa”, tuvieron que poner barbas en remojo. Es que campañas como las de este Nacional, o las de Peñarol y Defensor en su momento, le quitan peso a su teoría. ¿Cómo es que siguen aferrados a afirmar que es imposible, si esos equipos carentes de grandes figuras fueron capaces de pelearle de igual a igual a cualquiera? Fijarse un objetivo y hacer lo posible por conseguirlo, manteniendo un patrón de juego adecuado a las posibilidades técnicas y físicas del equipo, no asegura el triunfo, pero maximiza las posibilidades de alcanzarlo. Es, reitero, la mayor enseñanza de la selección de Tabárez: el trabajo y el convencimiento suelen poder más que los grandes presupuestos.

El fútbol y la muerte. Son diez y pico de la noche y en mi casa reina el silencio. Mis hijos lloran y patean cosas como si buscaran imitar al niño que supe ser. Yo camino reencontrándome con esa sensación única que te da el haber estado cerca de la gloria y haberte quedado con las manos vacías. No hay nada más parecido a la muerte que perder así. Y no hay nada más digno para un hincha que tener ese instante de meditación que sobreviene a la derrota, en el que te das cuenta que le das al fútbol una importancia exacerbada. Y que no te importa un carajo. Ya tendrás tiempo para preocuparte por las cosas trascendentes de la vida mañana o pasado.

A lo lejos se oyen cohetes, lanzados seguramente por gente que se dice hincha de Peñarol, pero que en realidad no entiende cómo funciona este negocio. Comparten categoría con los hinchas de Nacional que tiraron cohetes cuando cayeron los goles de Neymar: no son ni malos ni buenos, simplemente no entienden.

Hay ocasiones, como la del pasado jueves, en las que no cabe más que el silencio, cualquiera sea tu vereda.

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