Solo bien se lame

Ya lo dijo Leo Maslíah hace muchos años en su magnífica “Biromes y servilletas”: “En Montevideo hay poetas/ poetas que sin bombos y platillos/ van saliendo de recónditos altillos/ de paredes de silencios/de redondas con puntillo...”.

Y del mismo modo que en Uruguay somos tres millones de directores técnicos de fútbol y tres millones de analistas políticos, somos tres millones de músicos y poetas. O parecemos serlo, especialmente desde que la tecnología ha democratizado la posibilidad de grabar en tu propia casa tus propias canciones. Hay programas que te permiten hacer sonar en tu computadora no ya una banda de rock completa, sino incluso la banda y una orquesta sinfónica como acompañamiento. Programas multipistas que permiten grabar y regrabar una y otra vez y luego imprimir el resultado en discos compactos.

Esto ha permitido que, muy pagados de sí, músicos de evidente amateurismo distribuyan entre amigos y parientes, locos de la vida, “mi último disco”, o que en alguna charla afirmen, muy sueltos de cuerpo “llevo grabados ocho discos”, lo que en rigor es verdad porque la tecnología así lo permite. Cada tanto puede caer en manos del lector –o de quien esto escribe– uno de esos “mi último disco” hecho en casa.

Es el caso de Vida –curiosamente, el mismo título que el primer disco del legendario dúo argentino Sui Generis, de 1972–, que más que disco independiente es una suerte de demo de Pablo Korovsky, que registra como antecedente haber hecho un disco para el sello Perro Andaluz en 2010.

Korovsky compuso todo, tocó todo, cantó todo y seguramente grabó todo. En la carátula se lee que los temas son todos suyos, y que los arreglos y la producción también. En su disco tocó piano, teclados, guitarra española, acústica, eléctrica, bajo y programación de batería. Lo de tocar todos los instrumentos lo han hecho muchos, como Paul McCartney en McCartney, de 1970, y Eduardo Mateo en su genial Mateo solo bien se lame, de 1971. El tema no es tocar todo, cantar todo, componer todo y grabar todo, sino hacer que todos y cada uno de esos aspectos terminen dando forma a una canción popular.

Korovsky se pierde, con sus baladas chatitas y casi iguales entre sí y su voz de emisión insegura, que usa en un tono, más que cansino, cansado, en un mar de lugares comunes tanto en lo que respecta a las melodías como a las letras. Pero pese al lugar común que campea en todo su disco hay sitio para algunas sorpresas. Como cuando en el tema “Vámonos” en una misma frase hace rimar la palabra “viaje” con “equipaje” y “coraje”.

Más peligrosa es la sorpresa que ocurre en el tema “Efímero”. Pese a que en la carátula la palabra está correctamente escrita, cuando la canción arranca en el disco escuchamos a Pablo cantar, de lo más convencido: “Todo es esfímero (sic), esfímero, esfímero…” (todo sic)”, lo que me deja más que intrigado. Por ahí soy yo que no comprendo que, en un arranque de vanguardia, el tipo hace una genialidad subvirtiendo el idioma…

Pero, palitos de lado, vayamos al quid de la cuestión, a la pregunta básica: ¿puede Pablo Korovsky grabar discos? ¡Por supuesto que puede! Tiene todo el derecho a hacer lo que se le antoje, a componer, arreglar, grabar. A disfrutar de sus juguetes tecnológicos y a plasmar en un CD sus canciones. No seré yo, que también soy músico, y que también he intentado mostrar más de una vez cosas bastante impresentables –como con el paso del tiempo llegué a comprender– quien lo descalifique. Eso sí, que nuestro entusiasmo y nuestra tecnología doméstica no nos dejen perder jamás de vista que este es el país de Mateo, Jaime, Cabrera, Maslíah, Zitarrosa, Darnauchans, Galemire, Ruben Lena, Carbajal, Osiris, Viglietti, Lazaroff, Rada, los Fattoruso… y que debemos escucharlos, y si es posible, aprender.

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