No puedo resumir en pocas palabras mis muchas conversaciones con Marta. Para ser fiel, debería empezar por su niñez en los años veinte del siglo pasado, el logro de estudiar y asistir a la Universidad, el temprano interés por la política y su ingreso al Partido Comunista. Tendría que seguir por su primer amor y la vida en Tacuarembó, el nacimiento de su hija Moriana y el extraño disfrute de un viaje a la Italia de posguerra. Sara Youtchak, su amiga del alma, dice que siempre fue ella, nunca fue «la mujer de…», aunque para dar cuenta de su vida también debería decir que estuvo casada primero con el artista plástico Anhelo Hernández y más tarde con el matemático José Luis Massera. Es necesario que incluya su creciente compromiso en la estructura del partido y el costo de ese compromiso en el secuestro, la tortura y la prisión durante la dictadura. Debería detenerme y reconstruir su relato sobre ese tiempo detenido en el 300 Carlos, cegada la visión por una venda durante diez meses, sometida a la sórdida experiencia de la condición humana degradada en cada gesto de sus represores. Y por supuesto hablar de su capacidad para reconstruirse y dar pasos de ballet durante los plantones y alentar a sus compañeras a resistir. Ese mismo empuje la llevó –ya en democracia– a juntarse con otras expresas políticas con la voluntad de dar luz a tantas experiencias vividas, de sacar de la sombra a las mujeres y reconocer su protagonismo en la historia reciente. Entre todas crearon el Taller de Género y Memoria de Expresas Políticas. No fue obra solo de Marta, trabajaron juntas Elena, Isabel, Gianella, otra Marta y Charna.
En 1997, a un año de iniciadas las masivas marchas por el esclarecimiento de las violaciones a los derechos humanos, luego de tres años de trabajo en común, decidieron convocar a un concurso de relatos sobre la dictadura y exhortaron a todas las mujeres a que brindaran su testimonio sobre lo que vivieron y sintieron durante esos años. «Te invitamos a contar porque a ti también te pasó»1 fue la consigna para convocar relatos de todas las mujeres por igual, que se mostró abierta a trozos de historias, a recuerdos de quienes por mucho tiempo permanecieron silenciadas. Es que, salvo excepciones, era notoria la ausencia de los relatos testimoniales de mujeres en la literatura del período, casi monopolizada por los varones. Así surgió Memoria para Armar y su convocatoria a reunir testimonios sobre lo vivido en dictadura. A diez años de esa aparición pública dieron un paso más –como lo dicen ellas– al instalar «un espacio para que hablaran otras mujeres. Las historias de las presas se sumarían a las del exilio, a las de las militantes que no fueron detenidas, a las de las niñas, las madres, las mujeres que no participaron de la vida política, a las de todas. El nombre del proyecto, Memoria para Armar, adelantaba nuestra visión de cómo queríamos trabajar en la memoria. Pensamos que la memoria debía armarse colectivamente, sumando visiones, sin jerarquizar las experiencias, conscientes de que cada testimonio adquiría su verdadero valor al juntarse con los demás porque el resultado final sería mucho más que la suma de lo recibido».2
Todos los textos de presentación de los tres tomos que reúnen los casi 300 testimonios recogidos fueron discutidos y elaborados en conjunto, aunque hay líneas en las que se transparenta la mano de Marta y es lindo leerla ahora. En el entorno de esos días, en 1997 y durante el desarrollo de un curso sobre la participación política de las mujeres en Uruguay, convoqué a cinco mujeres de diferentes opciones políticas para que transmitieran sus experiencias. Marta Valentini fue una de ellas.3 Selecciono ahora fragmentos de su relato-intervención, que nos aproxima a su genuina forma de comunicar.4
A LOS 73, A LOS 51 Y A LOS 20
«Bueno, mi voz va a ser un tanto estrafalaria, porque mi militancia empezó hace muchos años. O sea, yo en este momento tengo 73 años. Cuando caí presa tenía 51, pero yo era militante comunista desde los 20. Y desde antes, porque siendo estudiante de preparatorio, ya votaba con la Juventud Comunista en los debates que había dentro de la FEUU [Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay]. Muy joven, fui a vivir a Tacuarembó. La pobreza de los barrios pobres que conocí vendiendo rancho por rancho el diario que se llamaba Justicia fue una experiencia muy conmovedora en mi vida, y muy definitiva, porque yo era de origen pequeñoburgués montevideano, entonces fue como un choque muy grande. Tanto que recuerdo que cuando volví en uno de mis viajes a Montevideo, y la rueda de mi familia se juntó alrededor mío, y yo contaba las cosas vistas, todos se maravillaban, ¿no?, de que había ese Uruguay que el núcleo familiar y social en el que yo estaba inmersa no conocía. Bueno, a los 21 o 22 años me afilié al Partido Comunista, y milité en el Partido Comunista hasta el año 92, en que me desafilié formalmente… Fui presa como militante comunista, fui presa por integrar la Comisión de Finanzas del Partido Comunista. Desde mis 20 años hasta mis 50, cuando mi detención, siempre fui militante comunista…»
LO VOLVERÍA A HACER
«¿Por qué yo me hice comunista? Me hice a través de las lecturas, lo real es que mi conciencia vino por vía de las lecturas, más allá de las influencias que pudo haber de alguna persona que otra. Y luego, bueno, la militancia fue profundizándose. De modo que cuando llega la dictadura estoy enrolada en la lucha contra la dictadura del modo más natural posible. No me cabía otra posibilidad. Incluso, se me propuso que me fuera del país y me negué, permanecí en el Uruguay. Y lo volvería a hacer si se me diera de nuevo esa situación, porque me parecía que era ahí donde tenía que estar.»
HE LLEGADO A DARME CUENTA
«Mi conciencia femenina fue una conciencia a medias, conciencia más en los hechos que en la comprensión del fenómeno. ¿Qué quiero decir? Me gustaba estudiar y tuve la suerte de que me dejaran estudiar, empujé a otras mujeres de mi familia a que lo hicieran, pero eso era una cosa espontánea mía. Muchos años después, una vez hice un viaje a Cuba, y allí se nos preguntó sobre la situación de las mujeres en el Uruguay. Y fue muy peculiar que una cantidad de compañeras que habíamos ido creíamos que en el Uruguay las mujeres estábamos formidable, que teníamos total libertad, y que no había exclusión de las mujeres y demás. Y solo ya bastante vieja, he llegado a darme cuenta en qué medida era equivocado ese ángulo, y cómo ahora, que la conciencia de la situación de la mujer es mucho más grande, me doy cuenta cuánto era de atrasado este punto de vista. Entonces, yo no entré en la lucha por mujer, simplemente entré porque entendía que era lo que tenía que hacer. Sin embargo, en la lucha política, la situación de mujer planteaba situaciones. Concretamente, en el antiguo Tacuarembó de mi juventud, con otra compañera, fuimos las primeras mujeres en salir de pegatina en el barrio… en el pueblo. Cosa escandalosa. Cosa escandalosa para aquellos años. Cuando uno ve hoy día a las mujeres que hacen tantas cosas estupendas, se da cuenta qué camino ha recorrido la mujer para poder llevar a cabo lo que hace y todo lo que le queda por hacer.»
A sus 100 años, seguía alentando a sus compañeras. «Somos gente valiente», les dijo en una reunión: «Somos gente que enseña a vivir la vida con fuerza y valentía».
- Memoria para Armar, tomo 1, p. 291, Editorial Senda, Montevideo, noviembre de 2001. ↩︎
- «A diez años de Memoria para Armar», Informe de Serpaj, 2010. ↩︎
- Participaron Antonia Yáñez, del Partido Comunista, Sonia Mosquera, del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), Lilián Celiberti, de Resistencia Obrero Estudiantil y Partido por la Victoria del Pueblo, y Ana María Araujo, exiliada en Francia, militante del MLN-T. ↩︎
- «Nuevos sujetos sociales. Crisis, dictadura y transición democrática», Papeles de Trabajo, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Montevideo, 2001. ↩︎