Esta película arranca con una luminosa introducción a la cotidianidad de la familia Paiva, en su casa en la playa, en su confluencia con amigos y allegados. Instancias repletas de vida, en las que niños y adultos conviven entre conversaciones sobre política, trabajo y música, salidas a la playa y juegos de backgammon y futbolito. La cámara acompaña de cerca un cuadro cálido y orgánico, con movimientos inmersivos al son de Tim Maia, Os Mutantes y Gal Costa, imágenes de mucha cercanía y espontaneidad.
El quiebre definitivo se produce cuando, ya avanzado el relato, los militares irrumpen en la casa y generan una intromisión que quiebra la historia y oficia como punto de inflexión. Desde este momento, la vivienda se vuelve un espacio de vigilancia, de miedo soterrado. La cámara pierde su inqui...
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