Tan ilustrados como valientes

V Convención de Tatuajes.

No cabe un alma más en los escalones pisoteados de la Explanada de la Intendencia. Esos peldaños están colmados de ilustrados. No es que en el edificio desteñido de 18 y Ejido acontezca un coloquio de sabiondos o la reencarnación de seres del siglo XVIII, no en esta ocasión. Sorteando las hileras de escalones y la mirada desfachatada del David es posible adentrarse en la V Convención de Tatuajes.1

Una música espesa y estridente se mete en todos los recovecos del atrio municipal. Pero el heavy metal salido del parlante apenas disimula el sonido constante de las máquinas de tatuar, parecido al zumbido de mil mosquitos atrapados en un frasco.

Las luces calientes y el roce de los cuerpos animan a los recién llegados a despojarse de algunas de sus ropas. Son decenas y decenas los stands en donde puede observarse con descaro a las personas que mantienen poses extrañas mientras otros les imprimen el pellejo. Se intercala algún puesto de remeras, de insumos para tatuadores, de accesorios para plantar y fumar cannabis.

Alcanzan los dedos para contar los curiosos de piel intacta, y se adivina fácilmente el par de periodistas incapaces de camuflarse, pues hasta los niños lucen con orgullo sus diseños (nada que no logre remover la frotada enérgica de una esponja enjabonada). Esta vez a quien le asoma un trozo de acero por las narinas no se sentirá un bicho raro, el extraño es el que lleva la carne libre de tinta y perforaciones.

Gianluca usa unas gafas gruesas con las que sólo parece prestar atención al dibujo que pinta. En un rincón de uno de los puestos, con ayuda de sus lápices de colores, hace brotar de una insulsa hoja de cuaderno una máscara japonesa. Ilustrar es su pasatiempo desde que tiene uso de razón, pero hace poco optó por incursionar en otros lienzos.

—Plasmar el arte en algo vivo es la forma más pura de expresarlo –dice.

Por eso refunfuña ante los clichés de mariposas, plumas y símbolos de infinitos.

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Como una camiseta prendida con palillos a la cuerda de la ropa, un hombre es suspendido en el aire cuando los ganchos metálicos que lo perforan y sujetan por el cuero de la espalda se elevan mediante un sistema de poleas; la piel se agrieta dejando correr unos finos hilos de sangre. El registro de la performance se exhibe en la pantalla de una laptop apoyada en una mesita. Al lado, algunos folletos y un cartel que invita a presenciar la práctica en vivo y en directo unas horas más tarde. Conectarse con uno mismo es el sentido que Dani, quien protagonizará la elevación, asigna a la suspensión corporal, un ritual que inventaron tribus indígenas de otros tiempos y latitudes.

—A veces tenemos que cuestionarnos qué es el dolor –responde a la pregunta “¿duele?”.

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La DJ pincha Metallica y gracias al perfume de un incienso encendido en el puesto cannábico el aire se vuelve empalagoso. Alguien desde un micrófono anuncia el desfile que coronará a Miss Tattoo.

El público y sus teléfonos relampagueantes se amontonan a los pies del escenario ubicado en el fondo del salón. Las candidatas a señorita tatuaje son seis y el presentador revela uno a uno sus datos: nombre de pila, edad, ocupación y sueño. Cuando les llega el turno, ellas pasean hacia el extremo opuesto del escenario revelando, según el caso, muslos, brazos, cuellos, espaldas o vientres ilustrados, saludan y vuelven al lugar. El jurado, enteramente femenino, toma apuntes.

Se proclama la ganadora, que hace una reverencia sobre sus tacones rojos y levanta los brazos en señal de triunfo. Lleva una vincha con orejas puntiagudas de leopardo, mechas de pelo azuladas y un vestido que deja al descubierto sus largas piernas estampadas y brillantes en donde conviven rostros, caracoles, alimentos, diamantes, flores y animales. Rápidamente se le coloca una banda con la inscripción “Miss Tattoo”, una de sus manos recibe un ramo de rosas y la otra una calavera esculpida.

La gente se dispersa entreverándose entre los puestos de tatuadores concentrados y modelos, ya entrada la tarde, acalambrados.

De vuelta a casa, en el ómnibus, en la calle, ningún pellejo ajeno es capaz de inspirar historias. Ninguna aventura o misterio en las carnes opacas. Nada alcanza el colorido de las piernas de Miss Tattoo.

 

  1. Montevideo, 28 y 29 de octubre.

 

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