Te busca y te nombra

Veinte años de Google.

Google por Ombú.

En las últimas décadas muchas cosas no sólo han cambiado, sino que lo han hecho en direcciones insospechadas. El futuro es cada vez más absurdo e impredecible.

No somos muy conscientes de lo que nos ha cambiado la vida la tecnología. De hecho, la mayoría de los que vivimos hoy no existiríamos si no fuera por la medicina, que nos curó de algún mal antes mortal, o evitó que algún antepasado se expusiera a ciertas epidemias. Pero existimos, y en un mundo radicalmente diferente al que había cuando nacimos aquellos a quienes las nieves del tiempo platearon su sien. Por primera vez estamos conectados unos a otros todo el tiempo. A los más jóvenes les resulta bastante imposible entender, por ejemplo, que de niño uno andaba por la calle y nadie tenía idea de dónde estaba.

Hace cerca de cuatro mil millones de años algunas moléculas autorreplicantes se ensamblaron con otras moléculas orgánicas para formar la primera célula viviente. Hace casi seiscientos millones aparecieron los primeros seres multicelulares. Hoy existe Internet. Para quien mire la vida a través del prisma de la ciencia ficción podría ser evidente que estamos en el inicio de un nuevo salto. Para otros no es más que una fantasía: ¿cómo podríamos ser parte de un hiperorganismo? Para que ello ocurriera deberíamos ser cada vez más dependientes de Internet, diferenciarnos en grupos homogéneos y, finalmente, perder la capacidad de vivir sin estar conectados. Caramba, qué coincidencia.

No importa si la idea es fantástica o no. Nuestras células no “saben” que forman parte de nosotros. Del mismo modo, nosotros podríamos no enterarnos de si somos parte de algo; tal vez ya lo seamos, quién te dice. O quizás todavía no, y existan “hiperseres” que nos consideren protozoarios coloniales con la potencialidad de evolucionar hasta ser algún multicoso con plenos derechos, digno de tener en una hiperpecera en carácter de hipermascotas.

Seguramente nunca pase algo así, y si pasa será dentro de mucho, mucho tiempo. Sin embargo, analizar nuestra relación con Internet, con Google y con las redes sociales bajo esa hipótesis no deja de ser útil. ¿A nadie le ha llamado la atención lo angustiante de ir en el ómnibus y descubrir que nos dejamos el celular en casa? Hablo de gente veterana, no de niños que vienen de un disco duro y no de un repollo. ¡Pero si pasamos la mayor parte de nuestras vidas como seres independientes, que cada vez que salían de casa perdían todo contacto con sus semejantes durante horas! Además, descendemos de simios, de mamíferos, de reptiles, etcétera, que tenían la misma independencia. ¿Por qué esa angustia, entonces? Bueno, bien mirado, nuestros ancestros eran bichos gregarios; pasearse solos aumentaba la probabilidad de que algún animal los cenara. ¿Han observado a los pollitos? Caminan detrás de su madre picoteando lo que encuentran, y de tanto en tanto uno queda rezagado. Apenas se da cuenta empieza a lanzar unos ¡Pío! desesperados. Es a ellos que nos parecemos cuando nos olvidamos del celular. La angustia mencionada podría no tratarse, por lo tanto, de una reacción novedosa e inexplicable, sino de la expresión de una alarma ancestral, sólo que en una nueva faceta un poco ridícula: Internet nos aísla en este mundo, pero nos une en el que ella misma crea, y terminamos confundiendo un mundo con otro y creyéndole más al Whatsapp que a lo que vemos.

Hace pocas semanas Google cumplió 20 años. Nunca más errada la frase “veinte años no es nada”, y nunca más verdadera la que titula esta nota, ambas del tango “Volver”. Google busca por nosotros, pero también nos busca, nos nombra y hasta –eventualmente– nos delata. Mes a mes nos manda un mapa con el recorrido que hicimos día por día y cuadra por cuadra, siempre que llevemos el celular a cuestas (o sea, siempre). Los candidatos presidenciales (al menos los que ganan) basan sus campañas en bolazos que tiran por las redes. Si subís una foto, Facebook te dice quiénes de tus contactos están en ella, y si es un video con música te advierte en instantes que estás usando tal canción de tal grupo (aunque sea uruguayo y desconocido) y que si no tenés los derechos el video será silenciado; eso sí, le decís que los tenés y te cree. En la calle o el bondi todos van mirando su celular. Incluso manejando: perdón, don san Pedro, ya sé que atropellé a seis personas y morí, pero tenía que averiguar si me seguían clavando el visto.

Desacreditar una idea porque parece de ciencia ficción es, a esta altura, poco serio. El dibujo animado Los supersónicos, con sus robots y sus autos voladores, se parecía mucho más a la época real en que fue creado que al mundo en que vivimos hoy. El futuro que llegó resultó más raro que el que imaginábamos, y lo será más aun. Cuestiones como la intimidad, así como algunas libertades y derechos que hoy consideramos básicos, pueden llegar a ser (volviendo a “Volver”) nada más que dulces recuerdos. Mientras haya alguien que se acuerde; después todo se convertirá en norma, hasta que otro futuro, más raro aun, nos vuelva a sorprender.

Artículos relacionados