Te comiste el caramelo

Gloria eterna al fundador de Montevideo, sólo que no es el de la estatua en la plaza Zabala, no tiene la cara que le adjudican las muchas versiones de su rostro que circulan; fundó una ciudad sin fecha para conmemorar su cumpleaños y no es indiscutible su voluntad fundadora. Ni siquiera eso.

Se ha discutido si la voluntad de fundar Montevideo cupo a don Bruno Mauricio o al rey Felipe V. Está fuera de dudas que el rey buscaba enfrentar el expansionismo portugués en el Río de la Plata y por ello nombró para la misión a este general, valiente pero manco, cosa que no deja de tener relevancia en esta historia.
El proceso fundacional de Montevideo comenzó con la carta real que lo ordenó, fechada en San Ildefonso el 11 de octubre de 1716. Zabala asumió recién el 11 de julio de 1717 como gobernador y capitán general de Buenos Aires. Eran tiempos movidos. Ese año el corsario francés Etienne Moreau desembarcó en la costa de Maldonado y pagando por sus servicios a los indígenas (y enseñándoles francés), hacía tasajo (boucanée, en francés; de allí bucanero) a gran ritmo. Zabala lo desalojó pero en 1720 el muy villano volvió. El gobernador mandó entonces al capitán José Manuel Pando y Patiño, que trabó combate y mató al terco corsario. En 1723 los portugueses se apoderaron de la bahía de Montevideo, la fortificaron en la esquina de lo que hoy es Cerrito e Ituzaingó y hasta la poblaron, y Felipe V intimó a Zabala para que los desalojara. Antes de que las tropas españolas llegaran, los portugueses juzgaron prudente retirarse y Zabala se instaló en la batería hecha por otros, que bautizó San Felipe en honor al rey obedecido –como se ve– sin prisa.
Las intimaciones de Felipe V a Bruno Mauricio llegaron a cinco y fueron subiendo de tono. Ya amenazaban su nuca cuando, en 1724, construye el fuerte de San José y cierra la línea de fortificaciones. Falto de recursos para cumplir el mandato, los pide y se le otorgan: 400 hombres vienen a construir la guarnición de Montevideo, y 70 familias entre gallegas y canarias para poblar. Pero el auxilio fundamental fue el de mil indios tapes, arriados al efecto, que no traídos; una construcción heroica, la llamó Francisco Bauzá. Lo cierto es que, mientras tanto, en el Cabildo de Buenos Aires se opinaba a favor y en contra del desarrollo dispuesto por el rey. Es desde entonces que los porteños toman esto de Montevideo como asunto propio. Finalmente se trajeron pobladores sólo de Canarias, que al armador vasco Francisco de Alzáibar le quedaba a mitad de camino.
Y también es cierto que los intereses discordantes sobre el otro puerto que sería el de Montevideo debieron conciliarse con los intereses vascos en el Río de la Plata –los de Álzaga y Anchorena, por ejemplo–. Cuando la presión real se volvió insoportable se accedió a ella, pero es entonces otro vasco quien hace el negocio del transporte marítimo de tropas y población desde Europa y Canarias, Alzáibar, y es vasco el primer gobernador de Montevideo, José Joaquín de Viana, quien para mayor concordancia de intereses se casa con la sobrina de Alzáibar María Francisca, la “Mariscala”.
Tales circunstancias llevaron al director del Museo de Historia Nacional durante el gobierno de Sanguinetti, Ángel Ayestarán, a encargarle al retratista Osvaldo Leite la imagen de Felipe V, a quien el director, el presidente Sanguinetti y su esposa, la historiadora Marta Canessa, postularon en batalla académica hoy congelada como el verdadero fundador. El cuadro sugiere a Felipe V en Montevideo, lánguido con su peluquín y su cetro, su jabeau y su banda azul de moaré que lo condecoraba, pero también su casco guerrero esbozado a sus pies sobre un fondo de soldadesca, rostros fieros de conquistadores, banderas en movimiento, lanzas y líneas que le dan perentoriedad; un rojo por allí, amanecer pero también sangre, el cerro de Montevideo sugerido, y la indolente mano izquierda del rey apuntando con el índice al suelo, indicando que ése era el lugar: Montevideo. Nace pues la ciudad creada por un manco que firmaba Zavala pero hoy es Zabala, signada por el condicionamiento porteño a partir de la decisiva formación de un lobby de intereses, el de los vascos, y parida por la decadencia de un rey lánguido. Sin duda un buen punto de partida para el carácter nacional.

A caballo. La estatua de la plaza Zabala llevó más tiempo que la fundación de Montevideo. En 1878, dictadura de Latorre, se decide demoler el fuerte de San Felipe y Santiago para dar lugar a una plaza. Queda un baldío por 12 años, hasta que el paisajista francés Edouard André lo cerca en 1890 con una reja que tiene sus peculiaridades. Los hierros cuadrados que giran en armonía para conformar la reja están en paños que repiten seis veces su motivo, y en cada uno asomaba (y el tiempo pasado se justifica), vertical y erguida, una protuberancia que la imaginación popular y de inmediato la leyenda urbana equipararon al glande de un pene. Así se mantuvo esta última plaza enrejada hasta que la última Intendencia, la actual, los hizo aserrar; 512 hierritos frustrados y todavía sin oxidar en el corte supe contar en tal vez la última plaza cercada del país.
En 1883 y a un lustro de hecha la demolición, la sociedad vasca Laurak Bat propone emplazar allí una estatua de don Bruno Mauricio y el Poder Ejecutivo apoya la iniciativa con ley de julio de 1883 y le asigna 10 mil pesos. Sería la primera de tres partidas de dinero destinadas a honrar al fundador hasta la inauguración de la estatua, el 27 de diciembre de 1931. Del dinero de la primera nada más se supo, y “la idea se perdió entre la burocracia y el desinterés”, consigna el trabajo histórico sobre el tema de Manuel Álvarez Cruz.
En 1910 se insistió en la ya entonces vieja idea en una velada literaria en el teatro Solís; el superior gobierno la apoyó y en julio de ese año nombró una comisión de ciudadanos para que se hiciese cargo. “Aunque sus trabajos no se desarrollaron con una gran velocidad”, observa Álvarez Cruz. En 1911 la comisión primero hace lo previsible: llama a la colaboración económica del pueblo. Sólo 12 años después, en 1923, se abre un concurso internacional de proyectos para la estatua al que se presentan 18 trabajos provenientes de Francia, Bélgica, Italia y España. Lo ganan Lorenzo Coullaut Valera y su ex alumno y socio Pedro Muguruza Otaño por, entre otros argumentos, el notable de “la ejemplaridad de la interpretación histórica”. Se superan las impugnaciones y el contrato se firma el 7 de febrero de 1925. La obra se presupuestó en 60 mil pesos, de los cuales tres cuartas partes lo proveyeron suscripciones públicas.
Lo ejemplar de la interpretación histórica argumentada en la adjudicación del proyecto lo cuestiona Álvarez Cruz, pues al retratado “se le efigia juvenil y gallardo cuando tenía más de 50 (años) cuando la fundación”. Por otra parte, en la mano izquierda, casi en holganza, la figura de la estatua lleva un rollo que, se afirma, es su bastón de mando. En la derecha, en cambio, lleva las riendas y su espada; un florete español, que es un arma de esgrima y no de batalla. El problema no es la naturaleza de su hierro sino que Zabala no tenía mano derecha. El “Manco de Durango”, así se lo llamaba, había perdido su mano hasta parte del antebrazo derecho por un disparo en el sitio de Lérida, en 1707, y lucía colgando de su cuello una mano de plata, manifestación con la que convertía la amputación en condecoración. Por lo demás, llevaba el resto de su miembro derecho en cabestrillo.

Esa efigie gallarda. Una tercera cuestión sobre nuestro noble fundador es la de su rostro, del cual hay al menos tres versiones y luego réplicas de éstas. Ante la inminencia de su estatua, el correspondiente Orestes Araújo editó en 1912 un folleto, El retrato y la tumba de don Bruno Mauricio de Zabala, en el cual afirma y fundamenta que “todos los retratos son absolutamente falsos, apócrifos, inventados con más o menos torpeza, sin exceptuar el de la colección iconográfica de Andrés Lamas, que es el más generalizado”.
Según Araújo, Andrés Lamas (1817-91), el de los famosos tratados de 1851 con Brasil, era también un ferviente coleccionista atormentado por no tener en su haber un retrato de Zabala. Tener o no un retrato era expresión de nobleza que Lamas quería resaltar en Zabala. Pero además lo aquejaba esa inexplicable fiebre por poseer que define al coleccionista.
Revela Araújo (basándose en una carta confidencial de Carlos J Salas) que en respuesta al vehemente deseo de Lamas de poseer un retrato de Zabala, y cuando Lamas era embajador uruguayo en Buenos Aires, “un buen amigo” se lo encargó al pintor que por pedidos trabajaba, Antonio Contrucci. Para hacerlo se basó en una lámina del libro de Alejandro Dumas Los tres mosqueteros. Lo hizo, lo avejentó debidamente, y en 1874 lo puso en la vidriera de un ropavejero de la calle Entre Ríos. “Faltole tiempo al diplomático uruguayo para trasladarse al lugar” y lo compró por la suma de 5 mil pesos. “La chanza –narra el historiador– se hizo pública en esa ciudad, ocasionando la algazara consiguiente, dando margen a punzantes comentarios y provocando en todos la zumba picante y la sonrisa sardónica. Pero el doctor Lamas, que no se conformaba con el papel de víctima, aunque fuese en el educado círculo de la amistad íntima, pretendió sostener la autenticidad del retrato.”
Es más. Le mostraron a Lamas el libro del cual faltaba la lámina usada por el pintor, y sólo resaltó el parecido de su Zabala con los personajes de Dumas, insistiendo en el error. Para peor, el retrato de Contrucci fue tomado por el artista vascongado Antonio de Lecuona en 1885-1887, y es desde entonces el retrato oficial del caballero de la Orden de Calatrava y Manco de Durango, en la casa de los Zabala; en aras de las virtudes de la terquedad propiamente vasca, allí siguen manteniendo su autenticidad.
A estos dos retratos sigue la fantasía dibujada en 1892 en Montevideo por Diógenes Hequet, que atribuye a una inexistente galería de virreyes del Río de la Plata y “tomado de la colección inédita de don Andrés Lamas”. De él dice Araújo que en vez de un conquistador es “una mezcla de caballero de salón y cazador furtivo”. Sólo cabe comentar que lo muestra totalmente desprovisto del brazo izquierdo, cuando el mutilado era el derecho, y parcialmente.
Luego le siguen el publicado en 1892 en La Ilustración española y americana, el que está en la iglesia de Mercedes, y otro en el Círculo Católico del Uruguay, el recogido por el Banco República para hacer en 1976 una moneda de cinco pesos, y más; pero todos tienen su origen en la versión dumesca de Contrucci.
De modo que no conocemos en verdad los rasgos de nuestro fundador. Sabemos, sí, algo de ellos a través del testimonio del padre Cayetano Cattaneo, quien lo conoció y trató en Buenos Aires: “Arrogante, alto y bien proporcionado, de modales finos y caballerescos y magestuosos (sic), apostura de príncipe aunque falto de su mano derecha y parte del mismo brazo, que llevaba siempre en cabestrillo”, escribió el cura.
Ante tan abrumadora ausencia, se buscó la imagen de los caramelos Zabala, que hoy produce Sebamar, en camino Carrasco 5888. Pero resulta que la marca ha pasado por varias manos en más de un siglo, y que la imagen original quedó donde estaba el primer establecimiento, el Molino de Fray Marcos, en Tala. Todo se ha perdido.

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