En el Museo Nacional de Artes Visuales: Mario Arroyo

Teatro de intrigas

Último instante, óleo sobre tela, 1980.

La misión de dar visibilidad a artistas que no han accedido a un merecido reconocimiento institucional ha dado lugar a esta exposición.1 El éxito en las ventas que obtuvo en vida Mario Arroyo (Montevideo, 1927-1995) y el vínculo con ciertos círculos culturales y sociales rioplatenses –como el ambiente tanguero que le fue tan propicio– no garantizan, ciertamente, la posteridad.

Arroyo fue un artista que buscó y encontró sus temas, su estilo y su técnica. Uno de esos pintores cuya obra se reconoce al primer golpe de vista. El tango, los varones bien empilchados y las mujeres elegantes de los años treinta y cuarenta en el Río de la Plata son su asunto: todo bien envuelto y servido en clave de novela negra.

Desarrolló una técnica perfectamente adecuada a sus motivos, ya sea en el manejo del color –con predominancia de grises y tonos apagados– como en el empleo de una línea limpia y planos netos. Sus debilidades para el dibujo, advertibles en detalles de rostros y manos, las convirtió en fortalezas al resolver con cada vez mayor síntesis las figuras. En este sentido, alcanza una solución perfecta en Tierra de misterio (c. 1978), un entrevero de piernas femeninas que se recortan contra un cielo de atardecer, un tour de force de gamas cromáticas alternadas. En su repertorio abundan las piernas femeninas calzadas con tacones aguja, los faroles esquineros rotos, los relojes de pie inclinados o destartalados: forman parte de la escenografía de una obra teatral –noche, timba, carreras, crímenes– cuyo argumento se nos escapa… o llegamos tarde a su desenlace. Los frecuentes telones nos advierten de esta teatralidad pictórica y nos sitúan en el lugar de un espectador indiscreto o inoportuno.

La adscripción de Arroyo al surrealismo, empero, resulta un tanto problemática. Si bien algunos elementos podrían acercarlo a ese movimiento ­–gestado en Europa antes de que el artista naciera–, no son los que definen su accionar, ni su pintura pretende, creemos, una adaptación de temas arrabaleros al lenguaje surrealista. María Luisa Torrens lo incluyó en esa corriente al comentar su primera muestra (El País, 25-XI-72).Jorge Nieto lo colocó a una prudente distancia, pero sostuvo que sigue ciertos principios bretonianos (El Popular, 14-XI-72).  Alfredo Torres aclaró que se trata de un surrealismo «muy original» (Marcha, 15-XII-72). Décio Presser (Folha da Tarde, 4-X-73) lo hizo partícipe de un surrealismo figurarivo, pero más como actitud que siguiendo una tendencia. Eduardo Vernazza y Juan Pedro Carbajal, años más tarde, bordearon el asunto, ora situando al pintor, ora extrayéndolo de esa poderosa corriente.

Sucede que las atmósferas irreales que evocan levemente lo onírico y lo sensual (Jorge Damiani, Clarel Neme) se prestaron para los parentescos dudosos. Pero las pinturas de Arroyo servirían como un ejemplo de antítesis al método paranoico-crítico de Dalí y los surrealistas de la primera ola: no se deja llevar por los automatismos ni propone una crítica sarcástica al estilo de vida burgués. Lo que hay es una pesadumbre metafísica (Desenlace inesperado, 1972), un tango agorero (Suite cabaretera, 1969), la indiferencia o el desconcierto ante un crimen (El sumario, 1972) o la mentira que subyace en las apariencias (La hora del amor, 1981). El tiempo que corre indefectible hacia la muerte (Naufragio, 1979) quizás sea el tema de fondo de muchas de estas pinturas. Aunque tiene una pizca de ambos, es más Discepolín que Magritte. Vale la pena este rescate de un artista casi olvidado, que vuelve a la escena con música de bandoneón y aires de misterio.

1. Mario Arroyo. Surrealismo rioplatense,curaduría de Carlos Castro y Marcelo Guadalupe. Museo Nacional de Artes Visuales.

Artículos relacionados