Un temblor que no pasa

Un paseo por Ciudad de México.

México por Ombú.

La entrada al hostel es una cueva iluminada por círculos de neón y vendedores sentados. En el centro de Ciudad de México ya es Navidad aunque todavía queden calaveras del Día de los Muertos. Todos los comercios venden unas luces multicolores enrolladas que se parecen más a un juego electrónico que a un adorno. Es lo que se estila este año, se ve.

Al final del túnel hay un ascensor y hay que apretar el piso 6 y tener reserva para entrar al albergue. Esta es la entrada hasta las ocho de la noche, cuando cierra el comercio de las luces. Después de esa hora hay que entrar por la hamburguesería de la esquina. Hasta las diez. Si se llega más tarde hay que volver a la primera entrada –la de las luces– y tocar un interphone. Bajan a abrir.

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Los diarios siguen hablando del sismo del 19 de setiembre. Y no es para menos. La ciudad quedó agrietada y con más de un millón y medio de damnificados. Pero eso no lo dijeron nunca fuentes oficiales.

Prácticamente todos los días hay portadas de diarios que aluden a la reconstrucción y a la corrupción, un binomio que repetirán varias personas durante mi estadía: desde colegas en un foro donde se habla de transparencia, gobernancia y datos abiertos (las vedettes del periodismo liberal de Ong) hasta taxistas y vendedores de tacos. El descreimiento en la política partidaria es tal que toda la fe está puesta en la sociedad civil. Si algo volvió a poner en relieve la tragedia de hace dos meses es que los mexicanos se organizan y se ayudan. El pueblo es solidario ante la catástrofe, ante todas las catástrofes que vive ese gigante infectado por los gringos, por el narco, por la persecución y matanza de periodistas, por los sismos y por un poder que hace que el pueblo se sienta desamparado.

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El Zócalo es tan inmenso y plano que parece vacío aunque haya gente y unas estructuras metálicas que luego se transformarán en escenario. Ya cayó la noche y la zona del centro histórico está iluminada de forma extraña, como si no se quisiera excitar demasiado al turista ni al pasante. Hay que mirar fijo para arriba y descubrir los monumentos mientras se esquiva tocadores de organillos vestidos de soldados beige (hay muchos, quizás formen parte de una secta, son los “organilleros” y no, no son secta sino tradición) y a los policías de azul (hay muchos, quizás formen parte de otra secta. Lo mismo). En el medio, cinco hombres gritan con micrófonos que Jesús está con nosotros.

El Zócalo es tan imponente que hay gente tirada con monos anaranjados rasqueteando cualquier protuberancia. Chicles o pegotes son la excusa para el trabajo esclavo y nocturno. Entonces el turista o pasante cruza El Zócalo, que es como atravesar el mar, y si mira para arriba están los monumentos imponentes y si mira para abajo están los siervos de la espátula en actitud reptil.

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No hay supermercados cerca del hostel, aunque sí hay mercados grandes, pero mejor no ir porque me dicen es peligroso para personas como yo. Tengo tanta pinta de gringa que directamente me hablan en inglés. Incluso cuando hablo en español me contestan en inglés. En un momento para frenar la ola dije que era uruguaya y me siguieron hablando en inglés. Es como si no me creyeran. La última vez que vine a México, hace unos siete años, me pasó exactamente lo mismo.

En un mismo día dos taxistas me contaron con detalle cómo sus colegas estafan a turistas. El primero fue tan insistente que en un momento me pregunté si no me estaría adelantando mi destino inmediato. No era el caso, pero había un tono de advertencia: acá en México somos honestos y solidarios –ponían como ejemplo las acciones del terremoto– pero no todos. “Esta sociedad está herida”, me dijo el segundo taxista, un ex camionero reconvertido en chofer de pasajeros. Está herida, en parte, porque hay una separación infranqueable entre la clase política y la gente. Incluso acá en Ciudad de México, donde se respira arte, activismo y progresía, los contrastes son tan grandes que cabe preguntarse, de verdad, dónde está el Estado, además de disfrazado de policía. No puedo evitar pensar –pienso en eso todo el tiempo, la verdad– en que Argentina, el país en donde vivo, va derechito a esa misma fractura. Que no se me malinterprete, no hablo de “mexicanización” (eso que dicen los defensores de la guerra antinarco para meter miedo y hacer dinero) sino de mexicaneada. Las medidas ultraliberales del gobierno argentino de los últimos dos años, la impunidad frente a las acusaciones de ocultamiento y lavado (empezando por las cuentas offshore), y la multiplicidad de relatos y verdades alternativas de los medios de comunicación hacen que no pueda evitar pensar que, en algún momento, cuando finalmente la gente le saque el voto de confianza que le renovó este año y se dé bruces contra la catástrofe, el divorcio será inexorable. Otra vez que se vayan todos. Chau política, chau gobierno, hola organizaciones de la sociedad civil. En el caso argentino, al menos, esto resulta curioso, porque muchos de los ex integrantes de Ong que se llenan la boca hablando de transparencia, desigualdad y datos abiertos son quienes ahora oficialmente forman parte del macrismo y sus políticas de desigualdad, ocultamiento y datos abiertos. Porque abrir datos está muy bien pero no es suficiente. Muchas veces la transparencia sirve, justamente, como cortina de humo.

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Parece que yo tuviera menos hostel que Paris Hilton, pienso mientras miro para abajo para que ninguno de los huéspedes simpáticos me intercepte camino al baño. Tengo una toalla en la mano y ojotas y un jaboncito regalado. Parece que tuviera poco hostel, la verdad, pero viví un año en una residencia universitaria compartiendo baño con desconocidos, así que me autootorgo el cinturón negro en todo esto. Una cosa es viajar y hacer vida de hostel, otra es vivir completamente en un hostel. Yo atravesé por lo segundo y me hice experta en mirar para abajo para no participar de actividades comunitarias del tipo barbacoa, noche de juegos, fiestas de vomitar, etcétera. Ahora utilizo mis conocimientos de antaño para evitar los mismos encuentros en zonas comunales. Pero sí escucho. Oigo a Andrei, un ruso de 50 años que vive en ese albergue desde hace un par de meses, hablar con unas chicas cordobesas. Conversan sobre América Latina y la unión cultural con un entusiasmo casi sesentista. “Somos todos lo mismo”, le dice la chica al ruso. Primero juzgo con sorna silenciosa el comentario. Después pienso en los organillos, los que rasquetean chicles en El Zócalo, las elecciones que se vienen, las que pasaron, la fatigada palabra democracia, el imperio paralelo de buenas intenciones e impactos, los que se quedan fuera desde siempre, los temblores y grietas reales, los otros que siguen nuestros cuerpos, el abandono y las luces de neón, y no me queda otra que, también en silencio, tragarme la soberbia de espía rioplatense y darle la razón.

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