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Todo el mundo boca abajo

Fue cuestión de que Uruguay ganara un par de partidos para que la opinión pública, a falta de otra cosa que atender que no sean los partidos amistosos de nuestros equipos grandes ante los suplentes de los suplentes de los juveniles de equipos argentinos, optara por interesarse en los Panamericanos.

Foto: AFP, Omar Torres

Cuando en el verano pasado la selección argentina sub 20 de Humberto Grondona derrotó a la de Coito, no hubo una sola persona que viera la clasificación a los Panamericanos como un logro destacable. La propia mecánica del torneo que clasificaba a los dos primeros a los Juegos Olímpicos y al resto de los finalistas al certamen disputado en Toronto obligaba a experimentar la sensación de “premio consuelo”, y no de los más suculentos.

Los clubes (de acá y de allá) pusieron lo suyo para que la selección uruguaya viajara a Canadá con un plantel carente de grandes figuras: Peñarol se reservó a Guruceaga y Nández (que el día que Uruguay subió al podio se encontraban en el Estadio Goyenola, empatando 0 a 0 con Tacuarembó), mientras que Nacional tuvo más suerte: no pensaba ceder a Pereiro pero justo lo vendió, y sí cedió a Gorga (parte del pago del pase de Polenta) y Mascia (que en el semestre anterior jugó a préstamo en Wanderers).

Fue cuestión de que Uruguay ganara un par de partidos para que la opinión pública, a falta de otra cosa que atender que no sean los partidos amistosos que nuestros equipos grandes vienen disputando ante los suplentes de los suplentes de los juveniles de varios equipos argentinos, optara por interesarse en los Panamericanos, acaso por primera vez desde el retorno de la democracia.
El amaracanado triunfo ante Brasil (en el sentido estricto de que el gol de Santos fue muy parecido al de Ghiggia, salvo en que la cruzó y no le pegó al primer palo tal como marca el manual) terminó de templar los ánimos de la parcialidad uruguaya, que llegó al extremo de cuestionarse si ganar o no las calles el domingo, en caso de alcanzar el triunfo que finalmente llegaría gracias a un gol de tiro libre de un tal Lozano.

Lo cierto es que en Montevideo no hubo grandes festejos (afirman que en algunas ciudades y pueblos del Interior, fundamentalmente en los lugares de origen de ciertos jugadores del plantel, se festejó de lo lindo), pero la gente quedó contenta mientras agregaba un par de pesitas más en el plato de los logros del “Proceso Tabárez”: siempre es lindo ganar, y más todavía si se hace en un torneo internacional con una trasmisión bien lograda, con ceremonia de entrega de medallas y de esos ositos tan simpáticos (darle un osito de peluche a Cabaco es como darle un sobre de Splenda a Chuck Norris). Incluso la actitud de los ocasionales rivales nos ayudó a dimensionar un poco más el logro: los mexicanos lloraban y los brasileños, mientras se calzaban la medalla de bronce, demostraban un entusiasmo similar al del Nacho González el día de su presentación como jugador de Nacional.

A los uruguayos, en el fútbol, nos gusta ganar. La vamos de humildes, de que somos puro esfuerzo, puro tesón y pundonor, pero en el fondo lo único que queremos es ganar. Algunos, de almas más nobles, eligen un camino de espinas y se hacen hinchas de un cuadro chico, de esos condenados eternamente a luchar por no desaparecer. Pero la gran mayoría se hace de Nacional o Peñarol, para poder satisfacer en algo esa obligación que nos autoimponemos de no disfrutar de logros que, nos guste o no, cada vez se acompasarán más a nuestra realidad y a nuestras posibilidades materiales.

Afortunadamente, no tenemos un pasado glorioso en la mayoría de los deportes. Sí lo tenemos en básquetbol (fundamentalmente a nivel continental), y tardamos cerca de 40 años en adaptar nuestras expectativas a nuestro presente: hoy por hoy casi no soñamos con meternos en los Juegos Olímpicos (el torneo de selecciones de básquetbol más trascendente, mucho más que el Mundial), y en los Sudamericanos ya nos conformamos con pelearle el tercer puesto a Venezuela. Claro está: a esta altura del partido, a nadie se le ocurre que con una liga local en la que los partidos se pueden suspender por goteras, humedad o fallo en el reloj de los 24 segundos, y en la que los jugadores entrenan por la noche luego de haber trabajado ocho horas en una oficina, le podamos ganar a Argentina o Brasil.

Pero en atletismo, hándbol y vela no hay ningún pasado glorioso que cargar o defender. Por eso vimos que Déborah se colaba tercera, y festejamos. Y el hándbol masculino tuvo a Argentina a mal traer, y por más aburrido que nos parezca ese deporte, y por más que Vtv haya pasado el partido en diferido (le dio prioridad al choque México – Panamá), festejamos cada gol como si fuera el último.

Pero en el fútbol es diferente. Sacando la Copa América de 2011, y ahora los Panamericanos, hace 20 años que no ganamos nada (a ningún nivel) y sin embargo seguimos exigiendo lo mismo que exigíamos cuando realmente éramos una potencia.

Ya llegará el día en que la lógica se imponga, y las selecciones con mayores posibilidades de identificar y formar jugadores prevalezcan, y terminemos festejando en 18 una clasificación a un Mundial juvenil o un triunfo en un partido amistoso ante una selección europea.

Claro: habrá que esperar a que Tabárez ya no esté, pues el hombre se ha empeñado en maximizar nuestras fortalezas y atenuar nuestras debilidades al punto tal de promover victorias como las del domingo pasado, que nos hacen seguir pensando que donde juega la celeste…

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