Todo un palo

Las dos muertes y las decenas de heridos que dejó el concierto de Carlos “Indio” Solari en Olavarría fueron tan sólo un capítulo más en una historia de larga data. El rock no mata, como tampoco mata el fútbol. Lo que mata es la corrupción privada combinada con la ineficacia pública y una sociedad buscando desesperadamente vías de escape.

Indio Solari por Ombú.

La barra brava es una fracción del público que pretende convertirse en protagonista del espectáculo. Pagan para ser vistos antes que para ver, porque en su lógica absurda lo importante no es lo que ocurre en la cancha sino en las tribunas: quién convocó más fanáticos, qué tamaño tienen las banderas, cuánto ruido hacen las bombas de estruendo y quién “corrió” a quién la última vez que se cruzaron en la calle. Este desplazamiento es siempre el efecto residual de algo más grande que ocurre a nivel institucional y social, un enfrentamiento alentado por el propio sistema, lo que queda cuando los protagonistas y organizadores –que deberían oficiar de referentes– son los peores ejemplos. En el caso del fútbol uruguayo, en particular, el espectáculo se volvió tan pobre en términos deportivos, el sistema tan corrupto y los protagonistas tan arteros –justificados, siempre, por la consabida garra charrúa y el patriotismo más abyecto– que la barra brava toma el lugar que deja huérfano el espectáculo.

Pero las barras bravas, que cunden en el Río de la Plata, no se circunscriben solamente al fútbol sino que han tomado todo tipo de manifestaciones masivas. En Argentina hace décadas que cierta parte del rock se ve envuelta en esto. Las dos muertes y las decenas de heridos que dejó como saldo el concierto de Carlos “Indio” Solari en Olavarría el pasado fin de semana fueron tan sólo un capítulo más en una historia de larga data. El rock no mata, como tampoco mata el fútbol. Lo que mata es la corrupción privada combinada con la ineficacia –cuando no complicidad– pública y una sociedad buscando desesperadamente vías de escape. En este cóctel, la tragedia ocurre en una zona gris donde confluyen varias irresponsabilidades: de los individuos que generan la avalancha o que tiran la bengala, de los organizadores –producción y artista– que no cumplen las normativas por hacerse unos pesos más, del Estado que siempre corre de atrás y no regula como es debido. En el medio, la música y el deporte.

El 15 de abril del año 2000, Jorge Pelé Ríos murió tras permanecer nueve días internado por las heridas de arma blanca que recibió durante un concierto de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en el estadio de River Plate, en Buenos Aires. Aquella noche la banda paró el concierto durante varios minutos y al volver Solari dijo: “Acá pasó algo muy grave. Han entrado un par de hijos de puta, no sé si mandados por alguien o qué, que se cagan en el esfuerzo de la banda y de los 70 mil pibes que vinieron a vernos. Hay varios chicos lastimados… Así que consideren esta como una de las últimas noches que tocamos. No estamos de ánimo y sólo vamos a concluir este show por respeto, pero consideren esta como una de las últimas noches que tocamos. Parece que todo el esfuerzo de la prensa que quiso ubicarnos en un gueto dio resultado”. Ahora, 17 años más tarde, la situación se repitió, sólo que con más de 200 mil personas y cambiando Redonditos de Ricota por Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Cuando iba casi media hora de concierto, ante los disturbios, Solari dijo: “Hay gente tirada en el suelo. Si siguen empujando así no vamos a terminar el show. Desgraciadamente se junta mucha gente y no se puede controlar. (…) ¿Qué hablamos de cuidarnos entre todos? (…) Ya no tengo más ganas de tocar”. Para completar la simetría, el domingo por la tarde Solari emitió un comunicado a través de Facebook diciendo: “Una vez más, de forma irresponsable y mezquina los medios están vendiendo pescado podrido”.

El primer y más evidente foco de responsabilidades de lo ocurrido el pasado fin de semana recae sobre las autoridades públicas y privadas: la Municipalidad de Olavarría y los productores del evento, Marcos y Javier Peuscovich.1 Donde se esperaban 200 mil personas entraron alrededor de 300 mil.2 Pero cualquiera que esté al tanto de los conciertos de Solari sabe que este procedimiento caótico es el habitual. Esta vez la corrupción –como en Time Warp hace casi un año3– salió a la luz sólo porque acabó en desastre. Si no, nadie se enteraba y los titulares cambiaban “tragedia” por “misa ricotera”.

Pero la otra parte responsable se divide entre el público y el propio artista. El historial en vivo de los Redondos es el que mejor expone el fenómeno de las barras bravas en el rock. El público “ricotero” contaba incluso con sus propios hits. Uno rezaba: “Luca (Prodan) no se murió, que se muera Cerati la puta madre que los parió”. A Solari le corresponden dos cargas: la primera es haber sido cómplice de las irregularidades de sus productores, y la segunda tiene que ver con el manejo de sus propios seguidores. En el reciente documental Tsunami: un océano de gente, el artista era consultado por el periodista Mario Pergolini sobre el por qué de realizar conciertos multitudinarios en lugar de tocar en sitios más chicos y controlables. La respuesta de Solari fue: “El sold out (agotado) para mi público no existe, van igual. Cortan la avenida, se arma quilombo. No se quedan en la casa”. Es insostenible semejante abdicación del referente ante su propio público.

Surge entonces la pregunta lógica: si había más de 300 mil personas que pretendían ir a ver el “último concierto” de Solari, ¿por qué no optaron por fijar tres conciertos, cada uno con cien mil personas? La respuesta tiene que ver, ante todo, con esa mística que Solari se ha encargado de construir a su alrededor, una mística hecha de éxodos quilométricos y acampadas en pueblos invadidos por el triple de su población local. Ahora, como todo mito argentino, a Solari lo van a derribar los mismos que ayer lo levantaron. Se invoca a miles a cruzar el país –un centenar de ómnibus partió incluso desde Uruguay– y después de la peregrinación, ya puestos, se les pide que se tranquilicen, que se “cuiden entre todos”, cuando por estas latitudes las masas lo último que saben hacer es cuidarse. Es, por usar su propia lírica, como llamar a un gato con silbidos. Antes de confiar la seguridad de miles al poder de su palabra mesiánica, Solari debió reforzar la seguridad privada. Contradictorio, sí, tanto como irse en avión privado después de haber cantado que “el lujo es vulgaridad”. Ante Pergolini, Solari resume mejor que nadie todo este lío: “Vamos a explicarle a Mick (Jagger) que se haga de abajo. En la misma noche, 160 mil personas no es lo mismo que en tres días. Un pogo de 160 mil personas no es sopa”. Todo se reduce a eso, entonces, a una cuestión barrabravista de ver quién convoca más, quién hace más ruido, quién salta más y cómo se nota más. Al final, siempre del lado seguro de la mecha, agregaba: “Yo no podría estar ahí en el público ni en pedo”. Ahora queda claro por qué.

 

  1. Antes se hacían llamar Chacal Producciones y ahora operan bajo el nombre de En Vivo SA. Trabajan con Solari desde 2008. Los hermanos Peuscovich, además, fueron los productores del concierto de La Renga, en abril de 2011, donde un hombre fue herido por una bengala, falleciendo días más tarde.
  2. El contrato entre el municipio y la productora estipula que el recinto soporta hasta 155 mil personas.
  3. Fiesta electrónica realizada en Costa Salguero en abril del año pasado donde también se sobrevendieron entradas, entre otras irregularidades, con un saldo de cinco muertos y varios internados.

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