Todos deben morir

“Game of Thrones” sigue siendo una experiencia traumática pese a que todos sabemos de dónde viene y hacia dónde va. Las pistas falsas, las trampas de guión en las que caemos olímpicos nunca podrían predisponernos a lo que finalmente ocurre. Y es que la muerte arruina todos los planes.

Todos mueren en Games of Thrones

A esta altura pareciera que todos y cada uno de los personajes de Game of Thrones fueran, tarde o temprano, a perecer. Que ya no se trata de apostar a quiénes, sino cómo y en qué momento de la serie les llegará una horrenda muerte. Nobles y desarrapados, hombres y mujeres, viejos y niños, viles o heroicos, todos parecerían sucumbir indistintamente, retorciéndose en democráticos charcos de hemoglobina. La culpa de todo la tiene el muy maldito escritor barbado George R R Martin; hoy llegado a los 66 años, un niño que se divierte con su tablero y este juego de caballeros, reyes, enanos, bandidos, hechiceros y vástagos más o menos reconocidos, y que se regocija arrancándoles miembros y cabezas a esos muñequitos que él mismo construyó. Como sea, los seguidores de la serie saben muy bien que los fines de temporada suponen un verdadero shock, y lo increíble del asunto es que, a pesar de saberlo, los desenlaces continúan siendo sorpresivos. Game of Thrones sigue siendo una experiencia traumática pese a que todos sabemos de dónde viene y hacia dónde va.

Y no tanto: todas las historias paralelas presentadas al comienzo de esta quinta temporada dieron giros insospechados que colocaron a los diversos personajes en posiciones muy diferentes a las esperables. Si hay algo que caracteriza a la serie es su carácter de absoluta impredecibilidad: el asesinato de un personaje principal ocurre luego de diálogos que él mismo entabló con otros, planificando estrategias, proponiendo un destino diferente al que finalmente acontece. Estas pistas falsas, estas trampas de guión en las que caemos olímpicos nunca podrían predisponernos a lo que finalmente ocurre. Y es que la muerte arruina todos los planes.

Los espectadores que se quedaron prendados de la serie vienen provistos de estómagos fuertes, y claro está que tienen un componente masoquista: de algún modo desean estas nuevas inyecciones de adrenalina. Como bien titulaba Laura Hudson en Wired, en Game of Thrones “la muerte es un regalo”, algo que hasta esperamos con ansiedad. Pero no se trata solamente de eso: en estas tramas entrecruzadas de corrupción, incesto, odios y traiciones, venganza, perversión y crueldad también asoman resquicios de lealtad, de preocupación, de sensatez y de amor por el prójimo, detalles que nos acercan, en cada uno de los cuadros, a personas que significan un destello de luz y que nos llevan a pensar que aún existe algo de esperanza para el reino de Westeros. ¿Seremos demasiado ingenuos?

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