Todos los fuegos

“El cronopio fugitivo” es una puesta al día no sólo con la obra de uno de los autores más emblemáticos de la literatura latinoamericana del siglo XX sino con sus devenires, esos que supieron poner en jaque al modelo cartesiano de subjetividad de la episteme moderna.

Miguel Dalmau (Barcelona, 1957) ha logrado posicionarse como uno de los retratistas literarios más reconocidos de España. Dueño de un estilo que sabe manejarse con oficio entre lo coloquial y lo erudito –aunque eso no le impide malograr algunos párrafos de brillante exposición con ciertas observaciones sospechosas de misoginia–, su escritura muestra la ambivalencia de las barreras que separan la realidad de la ficción. Esa ambivalencia se corresponde con la elaboración de cierta hibridez de géneros, tan caro al ensayo biografista, al mismo tiempo que busca dar cuenta de una mirada caleidoscópica sobre las lecturas genealógicas de un personaje tan dado a los cruces intertextuales como Julio Cortázar. El cronopio fugitivo, en este caso, es una puesta al día no sólo con la obra de uno de los autores más emblemáticos de la literatura latinoamericana del siglo XX sino con sus devenires, esos que supieron poner en jaque una serie de cuestiones que van al cómo esta sensibilidad en su alianza con la emergencia de lo imaginario provocó una ruptura del modelo cartesiano de subjetividad de la episteme moderna.

A través de una lectura atenta y de un acopio considerable de cartas, entrevistas y testimonios, Dalmau disecciona esas mutaciones que revelan en Cortázar una concepción del hombre como el único ser que se define por su carencia de ser, por existir en estado de larva sin completar su desarrollo, y que lo lleva a crear una extensa galería de personajes que viven una incesante búsqueda de sí mismos en la alteridad, en lo otro. La cuestión es que esa búsqueda no se ha manifestado solamente en las reflexiones metaliterarias que diseminó a lo largo de su obra sino en una serie de aspectos biográficos que, al ser puestos en este libro, generaron diversas controversias antes incluso de que saliera a la venta: la sospecha de una relación incestuosa entre Cortázar y su hermana Ofelia, así como un registro documentado de los disturbios ocasionados por un tratamiento hormonal en los sesenta a raíz de su gigantismo. Tal detalle, según Dalmau, es lo que explica la gran metamorfosis física e ideológica del escritor durante los años sesenta y que entra en sintonía “con el espíritu de mayo del 68, la revolución sexual, su defensa de la marihuana y el hippismo y su compromiso revolucionario”. Tampoco escapa de este análisis la preeminencia del universo femenino, su notoria influencia, a la hora de inclinarse favorablemente por esos grandes cambios de paradigma a partir de la enumeración de sus romances efímeros –en especial el mantenido con la cubana Isel Rivero–, así como las relaciones duraderas con su segunda y su tercera mujer, Ugné Karvelis y Carol Dunlop, respectivamente. Ya en relación con la muerte de Cortázar, Dalmau da credibilidad a la hipótesis de Cristina Peri Rossi, quien lo llevó a los últimos especialistas que lo trataron en Barcelona para identificar qué virus desconocido entonces estaba acabando con su sistema inmunitario. A la ya diagnosticada leucemia se le sumó el sida, que contrajo en el verano de 1982 al recibir una transfusión masiva, por una hemorragia gástrica, con una partida de sangre contaminada por la que renunciaría años más tarde el ministro de sanidad francés.

A simple vista el libro podría parecer en su conjunto una suerte de chismografía disfrazada de iconoclastia. Sin embargo, no lo es. Dalmau se inserta, aunque desde una perspectiva algo peculiar, en la vasta tradición de una crítica centrada en el “mundo psicológico interno”, y el vocabulario utilizado por esta perspectiva exegética (“neurosis”, “obsesiones”, “fobias”, “pesadillas”) constituye la puerta de entrada por la que el psicoanálisis hizo posesión de la obra cortazariana. De allí que dirija de manera especial su atención –además de los eventuales hechos traumáticos sufridos por el escritor– hacia lo que se denomina la biografía profunda, allí donde lo reprimido y lo superado no pueden ser colocados en los mismos términos una vez que la ficción no se somete a la prueba de realidad pero nos ofrece igualmente una cartografía en que lo ominoso marca su presencia.

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