Todos (se) escriben

Todos mienten, de Rafael Ma­ssa. Estuario Editora, Montevideo, 2017. 143 págs.

Todos mienten, de Rafael Ma­ssa. Estuario Editora, Montevideo, 2017. 143 págs.

De un tiempo a esta parte el género policial y la novela negra, en Uruguay como en el resto del mundo, han incrementado sus cultores y admiradores, y no sólo en formatos literarios, sino en otros géneros ficcionales, como películas, historietas, series, telenovelas o el mismísimo noticiero.

Daniel Link explica que el interés que existe por el género surge a raíz de que éste es un estructurador perfecto de los elementos esenciales de la ficción: el enigma, la dilación de una respuesta a una cierta pregunta, y la relación con la verdad o con las posibles verdades en torno a un hecho concreto. También sobre el papel que cumple el Estado en el combate contra el crimen.

Por decir fútbol

En el relato policial clásico hay una crítica al funcionamiento del Estado, en el sentido de que la policía no puede resolver el crimen y hace falta un genio, un detective privado, que pueda desentrañar el enigma: Dupin, Poirot, Maigret o Sherlock Holmes son eso mismo: luminarias que se elevan por encima de las capacidades medias de la inteligencia policial.

Rafael Massa, en Todos mienten, también hace una crítica al funcionamiento del Estado, pero en otro sentido: no es ya su ineficacia, sino que, en vez de ser el agente que intenta (hábil o torpemente) resolverlo, es el principal responsable del crimen. De aquí que la primera decisión del autor, si bien interesa en su dimensión ética (denunciar el terrorismo de Estado), interesa aun más en sentido estético: que quien supuestamente combate al crimen se vuelva su promotor y principal responsable crea un clima de impotencia y de tragedia, de destino ya resuelto, que hace que el lector cambie el foco: no interesa resolver el enigma, interesa seguir la evolución del protagonista en la lucha contra esa injusticia que es la conversión del Estado en agente del mal. En este sentido, ubicar un relato policial en época de dictadura, gobierno de facto o de excepción, cambia todas las reglas del género. El crimen no lo cometen individuos particulares sino las propias “fuerzas del orden”.

Este es el factor principal para comprender el ambiente de­sencantado, el clima nihilista, que prevalece en los personajes centrales de la novela.

Y al cambiar el rol del Estado es interesante cómo cambian todos los roles: no hay una víctima clara, no hay un crimen específico que se investigue, no hay un enigma principal, sino una proliferación de varios relatos con varias posibilidades.

José Bruzzone, luego de mucho tiempo de no saber nada de su amigo Pedro Vittadini, recibe por correo una novela escrita por Pedro en la cual se recrea la época en que ambos trabajaban en un periódico. José tiene la misión de publicar la novela, y como la encuentra demasiado tergiversada decide hacer un prólogo y un epílogo enriquecidos por su mirada y por una investigación que realizó para llenar las lagunas. José pasa de ser un pasivo personaje de Pedro a ser un autor y escritor que cuenta su propia versión.

Dentro de la novela, Pedro es el protagonista, y una extraña circunstancia (la llegada de una misteriosa carta) lo envuelve en un dilema moral: hacer que una madre y su hija en España puedan dar con el padre de familia que no sabe que tiene una hija. Pedro, entonces, emprende una misión: revelar a Samuel Fasara su condición de padre. Esto no es sencillo, porque Samuel vive con un nombre falso y es sospechoso de “sedición”, según las Fuerzas Conjuntas. De modo que todo se vuelve intrincado: Pedro escribe sobre su misión con respecto a Samuel y cómo José lo ayuda a esto, José escribe sobre cómo Pedro y él trataron de ayudar a Samuel. Pero por más que todos hayan tratado de preservar un sustrato de verdad en su relato, la tesis central de Massa parece ser que todo es ficción, todo es literatura, todo es mentira. “Que nadie se confunda. Son sólo palabras” (pág 140), escribe José hacia el final de la novela, jugando con el “words, words, words” hamletiano.

Las intertextualidades son otro factor decisivo para la comprensión del espíritu de la novela, porque si bien José lee policiales en sus ratos libres, en los cuales no interesa la trama ni el enigma, sino la condición espiritual del que mata porque sí, Pedro le recomienda leer a los clásicos, en los que el nihilismo y el individuo en conflicto con la máquina irracional de la sociedad ya se habían tratado sobradamente: El extranjero, de Camus, y Bartleby, el escribiente, de Melville, son los dos guiños continuos en este sentido.

En resumidas cuentas, la novela de Massa vale por el tratamiento espléndido del lenguaje, por las múltiples capas de ficción que envuelven la intrincada trama, y por el replanteamiento del género policial, al quitar el foco de la búsqueda de la verdad y ponerlo en la hondura existencial del individuo inmerso en un universo en el que lo primero no sólo es posible, sino que quizá es indeseable, dado que “sería, si eso ocurriese, sospecho, la muerte de la filosofía y, por tanto, también el fin del hombre”.

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