Acuíferos bajo amenaza: Total, si no se ve - Semanario Brecha
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Acuíferos bajo amenaza

Total, si no se ve

Del agua guardada en las profundidades del suelo uruguayo no se sabe lo suficiente. Y de las cosas que se saben, unas cuantas son preocupantes. También preocupa que se reciba alegremente la idea de emplear la mejor agua disponible para consumo humano en fabricar hidrógeno verde. De acuerdo con los hidrogeólogos, recientemente hasta el BID ha manifestado preocupación al respecto.

Manguera para la recarga de camiones cisterna en el parque Batlle de Montevideo. HÉCTOR PIASTRI

De Santa Bárbara, cuando truena. ¿Y cuando no truena ni relampaguea ni cae una gota? Son las santas aguas subterráneas las que vienen a la memoria. Resulta que las había, por ejemplo, bajo el llamado espacio comunitario saludable de la avenida Lorenzo Mérola, en el parque Batlle. Y allí estaban recargando dos camiones cisterna de OSE la tarde de la entrevista con el hidrogeólogo Alberto Manganelli, director ejecutivo del Centro Regional para la Gestión de Aguas Subterráneas (Ceregas), dependiente de la Unesco.

«Bajo ese lugar del parque, hay rocas duras con fracturas interconectadas, por donde circula el agua. Por definición, eso es un acuífero», explicó Manganelli. No es el único que no aparece en el mapa. «Si se mira el mapa hidrogeológico, se podría creer que en Montevideo no hay acuíferos, aunque realmente el departamento esté más perforado que un queso. Pero los hay. No los tenemos delimitados, no sabemos ni su extensión ni sus reservas, lo que es otra cosa, como sí pasa con los más explotados», precisó.

Los que sí aparecen en el mapa son el acuífero Chuy –que se extiende paralelamente a la costa, entre la localidad que le da nombre y La Paloma–, el Raigón –bajo el litoral del departamento de San José–, el Asencio o Mercedes –que va desde Colonia hasta Salto y es tan ancho que, a la altura de Río Negro, llega hasta Tacuarembó–, el Salto –que, por el contrario, es una franja estrecha que va desde la capital salteña hasta Bella Unión–, el Arapey –cuya zona más productiva se encuentra también en torno a la ciudad de Salto (pero a mayor profundidad que el acuífero de ese nombre) y se extiende por todo el noroeste del país– y, por supuesto, la estrella, el Guaraní, situado a mayor profundidad que todos ellos, que, en Uruguay, subyace bajo los departamentos de Artigas, Salto, el noroeste de Tacuarembó y el oeste de Rivera, y se prolonga luego hasta el centro de Brasil y hacia el oeste, hasta la provincia argentina del Chaco.

Ninguno de ellos es como una laguna en una caverna o como un río subterráneo. «¡Es tan resistente esa imagen en la percepción de las personas!», observó en otra conversación la hidrogeóloga Paula Collazo, responsable del área de Recursos Hídricos Subterráneos del Instituto de Ciencias Geológicas de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República.

Solo el Arapey es –como el del parque Batlle– una zona de rocas duras con fracturas interconectadas por donde circula el agua. El resto son parecidos al Río Bonito, de los llamados sedimentarios. Es decir, guardan el agua como lo hace la arena mojada de la playa, entre los poros de limos o gravas que, en cada caso, tienen sus propias particularidades.

Sí es cierto que Uruguay está sobre la segunda mayor reserva de agua subterránea del planeta (el Guaraní) y también que esa reserva está protegida por una capa de basalto que, a la altura de Salto, alcanza los 1.000 metros de profundidad. Pero esta imagen, aislada, es peligrosa. Sugiere que el país tiene agua de sobra para beber y que es absolutamente pura. Y no, eso no es tan así.

A OSCURAS

«Para saber las reservas con que contamos, deberíamos tener estudios», advirtió Manganelli. «El Raigón tiene alguno hecho. No hay cálculos establecidos para los demás. Estudiar el acuífero involucra métodos indirectos, los geofísicos, como los sondeos eléctricos verticales, y las perforaciones», explicó. «Y ni las perforaciones ni los estudios geofísicos son baratos», acotó.

Claro que no solo los hidrogeólogos perforan el suelo buscando agua. Lo hacen también unas cuantas empresas. «Pero el problema es que no tenemos sus datos», observó Manganelli. «Si no hubo un control estricto sobre la perforación en el momento en que se hizo, la información se pierde.» El hidrogeólogo destacó que «las perforaciones de la OSE son el mejor elemento de información que tenemos para conocer las aguas subterráneas. El país cuenta con una buena norma para la construcción de pozos –que prevé documentar debidamente el proceso–, que es el decreto 86 de 2004, y la OSE lo cumple a rajatabla», aseguró.

Y no se trata solo de documentar. Que haya ensayos de bombeo es uno de los elementos clave para determinar la capacidad de los acuíferos. «En los pozos de la OSE, los ensayos se hacen durante 72 horas. Las empresas particulares te soplan el pozo un ratito, dos o tres horas, y se fueron», comentó.

Para Manganelli, a lo largo del tiempo estas cosas han ido mejorando. «Ahora», dijo, «se exige que las empresas tengan la licencia de perforador, que anualmente presenten una declaración jurada de los pozos que hicieron y, por otra parte, también se exige el registro de los pozos por parte de sus propietarios. Pero si un cliente dice que no quiere factura, es muy difícil que la empresa se haga el harakiride declarar que hizo un pozo y no lo facturó; entonces, ese pozo no existe».

La precariedad de los datos es tan grande que los propios registros estatales ofrecen información contradictoria. «Si entrás a la base de datos de la Dirección Nacional de Minería y Geología [Dinamige], tenés 12 mil pozos. Pero si entrás a la de la Dirección Nacional de Aguas [Dinagua], tenés 3 mil», apuntó el director de Ceregas.

Se podría tener cierta tranquilidad sobre las reservas de agua más profundas. En el país hay varias empresas capaces de realizar perforaciones de hasta 200 o 250 metros. Pero no las hay que puedan llegar a las zonas profundas del Guaraní, que requieren excavaciones de 500 metros o más, como las que se hacen para los pozos termales. En ese caso, hay que traer máquinas del exterior y gastar entre 1 millón y medio y 2 millones de dólares, y estos emprendimientos cumplen normalmente las regulaciones existentes, como la solicitud de autorización previa, «cosa que, en general, no se cumple en los otros casos», observó el hidrogeólogo.

Sería esperable que, en adelante, se supiese dónde se está perforando. Hoy no se necesita contratar a un ejército de inspectores para lograrlo. «Hay GPS para saber dónde están trabajando las máquinas, tenemos el catastro de todo el país para saber en qué padrón se localiza la obra y celulares para llamar al productor y saber lo que está sucediendo», gráfico Manganelli.

Pero esto, si se hiciese, apenas permitiría saber algo tan elemental como qué pozos hay, puntualizaría después Collazo. Alguien que se atenga a las normas deberá solicitar a la Dinagua que le otorgue un «derecho de uso» que establecerá el volumen que puede extraer. «Sin embargo, después no hay un control de que efectivamente extraiga el volumen autorizado. Los pozos no tienen contador. Entonces, no podemos saber si el acuífero está siendo sobreexplotado o no», señaló la hidrogeóloga.

«No podemos gestionar los acuíferos si no los conocemos», enfatizó. Y la información es dispar. El Guaraní y el Raigón son los más estudiados. En el Raigón las pesquisas se iniciaron en 1996 y hoy la Dinamige tiene una red de 44 pozos, que monitorea. Pero ese monitoreo se hace una vez por año y manualmente: los funcionarios deben recorrer pozo por pozo para recoger la información. Controlan el descenso del nivel del agua –y han comprobado que en algunas zonas ya ha bajado más de 1 metro–, analizan su calidad y publican un reporte anual. No hay una descripción de las variaciones estacionales y no hay una base de datos abierta que los investigadores o los vecinos puedan consultar.

El Guaraní se ha estudiado desde 1995. La tesis de doctorado de la propia Collazo es sobre él. El Plan de Gestión Integrada del Sistema Acuífero Guaraní, recientemente aprobado, supone la instalación de cuatro sondas que medirán la profundidad, la conductividad eléctrica (lo que permite advertir si hay cambios en la composición química de las aguas) y la temperatura, y otras 15 que se colocarían en pozos de la OSE que extraen agua del acuífero (como los que abastecen a Rivera y a Tranqueras).1 En este caso, el sistema sí será automatizado.

SIN CLORO, PERO…

Hay en los acuíferos agua no apta para determinados usos. A veces esto sucede por causas naturales. La presencia de arsénico, por ejemplo, se produce en general por ellas. «Hay rocas que, en contacto con el agua, lo liberan», explicó Collazo. «Pero en una zona intensamente bombeada, ese proceso natural podría ser acelerado por el ritmo de extracción. En este momento, estamos investigando precisamente eso conjuntamente con la Facultad de Química», añadió.

Menos dudas hay sobre los nitratos detectados en aguas subterráneas, como las del Raigón. «Malas prácticas en el manejo de los efluentes de los tambos y los corrales de engorde, así como los pozos negros, son la causa de la presencia de los nitratos. En varias zonas superan los 50 miligramos por litro permitidos. Hay de 80 y hasta de 100. Esto sucede en el Raigón, pero el nitrato está presente en todos los acuíferos del Uruguay. Se lo encuentra en localizaciones puntuales, asociado a emprendimientos como los señalados, o en forma difusa, asociado al uso excesivo de fertilizantes.»

Y lo está también en los acuíferos existentes bajo las ciudades, en las zonas que no tienen saneamiento. Collazo comprobó que ocurría así en Rivera, cuando trazó el mapa de riesgo de la zona de afloramiento del acuífero Guaraní.2 Las estaciones de servicio son también motivo de preocupación. «En Uruguay no hay ninguna que tenga un pozo de monitoreo que permita conocer si los tanques subterráneos en que almacenan los hidrocarburos tienen alguna pérdida», aclaró.

En el Chuy hay anomalías en las que se detectan importantes concentraciones de hierro y de manganeso de origen natural. Se ha detectado arsénico en sectores del Raigón y del Mercedes. «Hay personas que, por desconocimiento o falta de dinero, no analizan el agua de sus pozos y podrían estar comprometiendo su salud», alertó.

UN TIRO EN EL PIE

De Rivera a Curtina, en el eje de la ruta 5, con un ancho de 30 a 35 quilómetros, está el área de afloramiento del Guaraní, su zona de recarga. Las areniscas que lo componen están muy cerca. Allí puede bastar un pozo de 20 metros para extraer agua. En la ciudad de Rivera ya hay que excavar 200 metros. Al sur de la ciudad de Artigas hay una ventana que permite encontrar agua a 40 metros. Hacia el oeste el basalto se espesa, y en la ciudad de Salto el techo del Guaraní está a 1.000 metros.

El lunes, en la Comisión de Presupuestos integrada con la de Hacienda de la Cámara de Representantes, Rosario Lucas, gerenta de Evaluación de Impacto Ambiental, del Ministerio de Ambiente, aseguró que el único proyecto de producción de hidrógeno verde formalmente presentado a esa cartera es el radicado en Tambores. Y, sobre las perforaciones que esa empresa está haciendo, observó que «están llegando a un acuífero fracturado, que es el acuífero Arapey; no están llegando, en principio, al acuífero Guaraní», aunque enseguida relativizó la afirmación añadiendo: «Pero repito que todo eso está a nivel de estudio».

Un «Estudio hidrogeológico y geofísico para la prospección de agua subterránea en la localidad de Tambores» presentado a esa empresa por la consultora Geociencia, al que el semanario accedió, propone la realización de cuatro pozos de entre 60 y 120 metros de profundidad para confirmar lo que los procedimientos geofísicos llevados a cabo sugieren.

«En Tambores estimamos que el techo del Guaraní está a 150 o 200 metros», respondió Manganelli, consultado sobre el punto. Habría un estudio reciente realizado con procedimientos geofísicos y perforaciones que establecen con precisión el dato, pero Brecha no logró acceder a él.

En todo caso, para Collazo sería grave que el agua para producir hidrógeno salga de la mayor reserva de agua dulce y de la de mayor calidad, pero lo esencial no es si el líquido sale del Guaraní o el Arapey: es que se emplee agua dulce.

«Es preocupante que se plantee la producción de hidrógeno verde a partir de agua dulce. Metidos en la crisis hídrica en que estamos, no se entiende cuál es la estrategia, el sentido de usar agua apta para uso humano. La Hoja de Ruta de Hidrógeno Verde en Uruguay, presentada por el Ministerio de Industria, no dice nada de emplear aguas subterráneas, pero, si se quiere usar agua subterránea, el país tiene otros acuíferos de agua no apta para consumo humano», recordó.

Pero, además, la hidrogeóloga señaló que «usar agua subterránea no es lo que aconseja el BID [Banco Interamericano de Desarrollo] en su reciente Environmental, Health, Safety, and Social Management of Green Hydrogen in the Latin America and the Caribbean.3 Allí se promueve el uso de agua de mar con ese fin», consignó.

Hay otro dato de ese trabajo sobre el que Collazo se detuvo. La empresa anuncia que, para producir 1 litro de hidrógeno, empleará 9 litros de agua. «Sin embargo, el informe aclara que, por la ineficiencia que aún tienen esos procesos productivos, el cálculo razonable es que cada quilo lleva entre 18 y 24 litros.»

O ESPELHO DO NORTE

No es para hacer alarde de erudición que viene bien entender que los acuíferos no son lagos subterráneos. Comprender su naturaleza geológica permite saber cómo actuar. Cuando se seca un lago, lo hace aproximadamente en la misma medida en toda su extensión.

En cambio, «el Guaraní puede ser visto como una esponja empapada. Podés apretar una parte y hacer que quede seca, mientras el resto seguirá mojada», explicaba recientemente el hidrogeólogo brasileño Ricardo Hirata, un referente regional, acerca del acuífero.4 Es decir que, como insiste Collazo, debe haber monitoreo local. No alcanza hacer un pozo para determinar el nivel de agua de todo un acuífero. Contar con un eficiente monitoreo local es lo que le permitió a Brasil saber que, aunque el Guaraní tenga zonas intactas, en su área central, al noroeste de San Pablo, viene descendiendo al ritmo de 1 metro por año, es decir que cada año es necesario perforar 1 metro más para lograr extraer agua.

Eso está permitiendo, por ejemplo, que una ciudad como Bauru, cuyo abastecimiento de agua potable depende en un 75 por ciento del Guaraní, pueda tomar medidas a tiempo. El camino escogido suena a ciencia ficción: recargar el acuífero. Sin embargo, una de las maneras de hacer esto se emplea ya en Madrid, cuyo abastecimiento depende del acuífero detrítico terciario. Cuando las lluvias hacen que el caudal del río Lozoya, que corre al norte de esa ciudad, sobrepase sus niveles habituales, lo que se hace con esa agua –que normalmente iría a parar al mar– es tratarla e inyectarla en el acuífero. También Bauru tiene un río, el Batalha, con el que se podría hacer lo mismo. Pero al equipo de Hirata le viene cerrando más la idea de conectar un acuífero más superficial, llamado también Bauru, con el Guaraní, para que reponga por simple fuerza de gravedad el líquido perdido.

1. Plan de Gestión Integrada del Sistema Acuífero Guaraní, Ministerio de Ambiente, Montevideo, marzo de 2023.

2. «Línea de base del Sistema Acuífero Guaraní aflorante en Rivera y Tacuarembó: piezometría y vulnerabilidad», Agrociencia Uruguay, volumen 26, 2022.

3. Environmental, Health, Safety, and Social Management of Green Hydrogen in the Latin America and the Caribbean, Banco Interamericano de Desarrollo, 2023.

4. Encarando o abismo, pódcast de Rádio Novelo Apresenta, 20 de julio de 2023.

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