
Ser mãe é padecer no paraíso.
Dicho popular brasileño
Quizás tenga sentido pensar que uno de los problemas del arte del cine tiene que ver con la dificultad para retratar la ambigüedad, es decir, la realidad sin signo, sin flecha que dispare los motivos dramáticos hacia uno u otro lado de ese agón tan característico de nuestra cultura occidental, el que intenta definir de inmediato si algo es bueno o malo, lindo o feo, opresivo o catártico. El sistema simbólico binario ha encontrado en el lenguaje audiovisual, a lo largo de su historia hegemónica, un territorio ideal para comunicarse y expandirse, porque se trata de un arte que se ocupa de las acciones, de lo que en efecto sucede en el tiempo más que de aquello que pensamos o somos capaces de abstraer. Entonces, la preocupación narrativa más histérica continúa siendo, mal que nos pese, la de estimular los sentidos del espectador, llenarlo de adrenalina, hincharlo de conflicto.
Esto es aún más cierto cuando se trata de abordar la temática de la maternidad, esa que, a pesar de tratarse de una condición vital tan llena de preceptos, tradiciones y mandatos, resulta, a la vez, tan profundamente única y singular. A pesar de que en el último tiempo estamos llenos de estrenos que retratan «el horror» o «la pesadilla» de ser madres buscando contrarrestar la idealización de la «maternidad rosa», es mucho más difícil encontrar materiales que se hagan cargo de que, para construir una mirada respetuosa, simplemente no es posible totalizar la experiencia materna, ni hacia la maravilla ni hacia lo monstruoso. Es las dos cosas, todo al mismo tiempo. Un vacío de significación en el que las condiciones particulares resultan en especial determinantes: las materiales, las psíquicas, las sociales. Por eso es tan valioso que Adriana Loeff y Claudia Abend hayan logrado separarse de cualquier didactismo para detenerse en la posición ética de intentar retratar esa ambigüedad, de contar lo inefable. Y no parece casual que, para emprender semejante travesía, hayan elegido navegantes artistas, tan talentosas como llenas de contradicciones.
Como punto de partida, la película1 se concentra en la puesta en escena de Hanami, un unipersonal biográfico y ficcional de Danna Liberman que fue dirigido por Jimena Márquez y Luz Viera, y cuyo diseño de vestuario estuvo a cargo de Paula Villalba. La obra, que refiere de manera muy íntima al relato de la muerte de Uriel, segundo hijo de Liberman, es el hilo invisible que une la presencia conjunta de estas cuatro maternidades, en un gesto de búsqueda de unidad conceptual que también puede verse en los trabajos anteriores de las directoras; en Hit, la condición popular de las canciones es lo que termina uniendo a sus creadores, y en La flor de la vida, la reflexión general sobre el amor en la tercera edad consigue trascender la condición particular de sus personajes. Sin embargo, en este tercer intento el bordado resulta menos forzado y, si bien el dispositivo de entrevista ocupa una buena parte del montaje, la manera en la que están realizadas emula una complicidad entre cuerpos y espacios mucho más orgánica: Villalba pasea por la playa, Márquez cocina, Danna maneja su auto hacia el teatro o juega con su otro hijo. No es solo que la presencia de las infancias obligue al encuentro de formas fotográficas menos rígidas, sino que resulta evidente que se trata del retrato de cuerpos que cuentan con una conciencia profunda de la práctica escénica y fluyen frente a cámara desde una naturalidad que se transforma en elemento clave para el logro de esa delicada emotividad que recorre la estética general: los colores, los sonidos y silencios, los movimientos, la forma tan afectuosa en la que se dirigen unas a otras, la manera en la que entran a escena los personajes secundarios. La vida como coreografía otorga una ilusión de orden al caos de la experiencia, y la película se desliza con elegancia entre escenas de una gran diversidad, lo que se traduce en una intensa deriva temática. Insisto: no es menor que esta dupla se tome tanto tiempo entre película y película, porque logra arribar a creaciones que, aunque parecen responder a problemas sociales urgentes, también proponen formas de representación llenas de detalles artesanales, en las que hasta el solapamiento del sonido de un plano cualquiera sobre otro trasunta una precisión obsesiva.
Que Loeff y Abend puedan entrar en esos grados de compenetración de manera conjunta resulta un logro en sí mismo y demuestra la potencia que radica en la complementariedad de dos espíritus creativos que parecen encarnar, en su combinación, una sororidad tan difícil de construir como verdadera.
EL ABRAZO DE LA AMBIGÜEDAD
Por supuesto que es una película política, pero política en el sentido amplio; una que entiende que tomar conciencia acerca de las dificultades que atraviesan las personas que se arriesgan a la crianza es una responsabilidad comunitaria, colectiva. Así, al universalizar problemáticas tantas veces invisibles, la película resulta muy exitosa en su búsqueda de empatía.
Una de las experiencias es la de dos madres lesbianas, pero esa condición sexoafectiva nunca está resaltada ni puesta en particular en foco, salvo cuando se encuentra con las absurdas restricciones de un sistema pensado originalmente para la exclusividad heterosexual –en esos momentos, el humor es un gran aliado–. El retrato de ese tránsito en Uruguay resulta en especial valioso, sobre todo porque ofrece elementos de identificación muy sencillos y explícitos, muy poco frecuentes en el corpus del cine uruguayo.
Por su parte, Villalba narra la peculiaridad de ser una mamá adoptiva, y en su historia se cuela cierto énfasis en el peso particular de la crianza cuando las infancias no siguen trayectorias convencionales. Hay un testimonio concreto en el que Paula expresa la necesidad de que su hijo sea reconocido desde la singularidad, esa que trasciende cualquier diagnóstico médico, y resulta inspiradora porque invita a la despatologización en favor de abordajes más relacionados con la mágica unicidad que nos atraviesa por la simple condición de ser personas. Al mismo tiempo, en ella, aun con las dificultades que la decisión de adoptar le trajo aparejadas, es notoria la valoración que supuso en su vida la concreción del deseo, el milagro del encuentro y la compañía, la cercanía con esa persona que apareció en el camino.
Finalmente, está la historia de Liberman, que aborda uno de los temas más tabúes que existen en nuestra realidad cultural inmediata: la muerte de un hijo. La personalidad de la actriz tiñe el relato de una trascendencia tan concreta que creo que se trata de una de las más grandes escenas del cine uruguayo reciente, una que llega a lo sublime. La belleza de dedicar su trabajo «a todas y todos los que danzamos el dolor», como expresa Liberman durante la obra, se corona con la aparición de su propia mamá en la platea, una que sigue estando ahí, acompañando a su hija adulta en silencio cada vez que expone su corazón roto. Es que mamá está acá, y esa certeza, a pesar de la renuncia que supone, también llena la vida de sentido. Bienvenido el abrazo de la ambigüedad, de eso inclasificable cuyo reconocimiento es una forma de alivio.
- Mamá está acá, deClaudia Abend y Adriana Loeff. Uruguay, 2026. ↩︎


