Tres actos y un príncipe – Brecha digital

Tres actos y un príncipe

Su instinto visionario en el desarrollo de la informática, su garra empresarial, y la dureza hacia sus compañeros de ruta alimentan estas tres instancias que se convierten en tres actos a lo largo del film “Steve Jobs”.

Una propuesta idolátrica bastante reciente es la de los científicos. El cine mainstream, faltaba más, encontró por ahí una variante socialmente útil para su eterna búsqueda de héroes, o de, al menos, seres especiales. Así con Stephen Hawking (La teoría del todo) y el doctor Oliver Sacks (Despertares). Steve Jobs, el cofundador de Apple, el tipo cuya combinación de sapiencia tecnológica y empuje empresarial instaló la mayor cantidad de aparatitos que cambiarían para siempre las vidas de todos, ya había merecido su vida ilustrada en una pelícu­la –con Ashton Kutcher para encarnarlo y dirigida por Joshua Michael Stern–, con escaso éxito en la crítica y moderado en el público. Ahora Danny Boyle (Trainspotting, Quién quiere ser millonario) se atreve otra vez con él, contando con un guionista tan experimentado como Aaron Sorkin (Red social, The West Wing), que se basó a su vez en la biografía de Jobs escrita –a pedido del propio biografiado– por Walter Isaacson.

Sin embargo esta película no es una biografía de Jobs. En tres instancias –el día de la presentación del Macintosh en 1984, el del lanzamiento del NeXT en 1988 y el ídem para el iMac en 1998– se concentran y aúnan los aspectos que director y guionista eligieron para representar icónicamente a Steve Jobs. Su instinto visionario en el desarrollo de la informática, su garra empresarial, una seguridad que podía aterrizar en la soberbia y la dureza hacia sus compañeros de ruta alimentan estas tres instancias que se convierten en tres actos a lo largo del tiempo, en los cuales caben además las cambiantes relaciones con su hija mayor, Lisa, sus fluctuaciones anímicas por su calidad de hijo adoptado, y algunos flashbacks, más bien mínimos, que ubican el origen de ciertas situaciones.

No son pocos los méritos de la película de Boyle. Michael Fassbender, que no se parece demasiado a Jobs, dota de una energía multipolar a un personaje con innumerables facetas, todas estridentes, acompañado a gran nivel por Kate Winslett como la fiel colaboradora y mano derecha Joanna Hoffman; Seth Rogen como Steve Wozniak –cofundador de Apple, quien insiste, infructuosamente, en que Jobs reconozca el aporte que significó la Apple II–, Jeff Daniels como John Sculley, el ejecutivo que Jobs importó desde la Pepsi y con quien tiene relaciones cambiantes de afecto y desentendimiento extremo. En torno a un personaje a la vez carismático y detestable, pleno de contradicciones pero con una extraña certeza interior que se presenta como lo opuesto, la película está armada con base en incesantes diálogos construidos con inteligencia e ingenio –que no son siempre la misma cosa–, y también de incesantes desplazamientos, siempre dentro de los límites de los espacios –teatros, auditorios de universidades– donde se realizan los lanzamientos de los tres productos, cada uno de ellos star de avanzada en su momento y como tal esperado y coreado por repletas plateas. La forma en que se desarrollan estos diálogos y estos movimientos está potenciada a puro nervio, dando la sensación de una teatralidad voluntariamente exasperada, una puesta en escena entre bastidores con toques shakespeareanos en torno a una especie de príncipe que sí sabe qué ser –y qué hacer–, forma que puede agotar a fuerza de exigir una atención sin desmayos. Bastante peor es que el filme presenta, desde el punto de vista de un espectador informado pero no experto, el problema de que todo está armado de manera tal que quien no tenga algún conocimiento previo sobre el personaje y su aventura quedará, en la mayoría de los casos, en ayunas con respecto a ambos. Los logros adicionales –de fotografía, de ambientación, de banda sonora– difícilmente conjuran esta carencia.

Estados Unidos, 2015.

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