Hundido en su cuna, llora un bebé de rostro pálido. No como cualquier bebé descubriendo la vida, sino desconsolado, como si con esas lágrimas estuviera cavando su propia tumba. Es un aberrante, que es lo que sucede en el universo que propone El susurro1 cuando alguien padece la mordida de un vampiro, pero termina en ese territorio liminal previo a la muerte y sucumbe a la animalidad. Hay que acabar con la agonía del bebé, y Lucía (Ana Clara Guanco) asume la carga. Esa sangre que derrama y queda manchada sobre la cuna, de algún modo, da catadura al personaje, a su capacidad de ensuciarse las manos de ser necesario. Lucía conduce con su hermano menor, Adrián (Marcelo Michinaux), hasta una casona remota, una propiedad heredada de su madre –ausente más allá de su evocación en los diálogos–, pa...
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