Un llamado al alma – Brecha digital
Susana Baca en el Teatro Solís

Un llamado al alma

Es cantante, investigadora, docente, exministra de Cultura de Perú y ganadora de dos Grammy, entre otras muchísimas cosas. Pero, sobre todo, es la dueña de una voz ancestral que se eleva desde América Latina llevando en su canto las nubes, los colores, la alegría y los dolores de un continente. Todas cosas que, como ella misma supo cantar junto con Calle 13, no se pueden comprar.

DIFUSIÓN, GIANCARLO APONTE

¿Estás en Colombia ahora, ¿cómo ha sido el desafío de volver a tocar por el mundo después de la pandemia?

—Bueno, parece que al fin se vuelven a abrir los caminos. La pandemia fue atroz. Al menos ha servido para que comprendamos lo que significa para nosotros, los artistas, tener a la gente cerca y entregarles nuestra alma, nuestro trabajo, lo que tenemos para darles.

—Ha sido una experiencia traumática.

—Yo creo que nunca ha habido tanta tristeza en las almas de las personas. Algunos no tenían cómo quedarse en casa, y a pesar de correr peligro tenían que salir a ganarse la vida para dar de comer a sus hijos.

—Y tuviste que dar un concierto para nadie…

—Ay, sí, fue terrible. Era un homenaje que le hacían a Chabuca Granda en el municipio de Lima. Yo estaba tan triste… Trato de mirar la grabación y no puedo terminar de verla porque me muero de pena. Estoy sufriendo en el escenario, y se nota.

¿Y ahora que saliste de vuelta a cantar?

—De a poco nos estamos abriendo camino. Hemos hecho tres conciertos en Europa, y antes dábamos más de 20. Pero estoy feliz de la vida de haber logrado presentar mi nuevo disco, Palabras urgentes. Luego hemos vuelto a Perú para el lanzamiento del primer tomo de mis memorias, que editamos con Penguin Random House. De ahí vinimos corriendo a Colombia para participar en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, el más importante encuentro que tiene la cultura vinculada con los ancestros africanos. Hace muchísimos años que yo anhelaba estar en este festival y este año se dio. Las cosas se van acomodando.

Palabras urgentes se abre con «La herida oscura», una canción de Chabuca Granda. Quisiera que nos contaras a los uruguayos cuál fue tu relación con Chabuca.

—Mira, yo tuve suerte. Soy afortunada, sobre todo con la amistad. Un día me dijeron que me iban a llevar a su casa. ¡A mí, que la amaba desde niña! Me quedé detenida sin hacer nada, sentadita, esperando, lista para para que me recogieran y me llevaran con ella. Nos recibió espléndida como era, ¿no? Entonces nos dijo: «Les voy a cantar mis canciones», y nos cantó. Después yo me paré y le dije: «Oye, te voy a cantar una canción tuya que me la aprendí apenas la oí». Le canté «Rosas y azahar», que es una canción de amor con una historia muy fuerte. Chabuca la escribió cuando estaba muy enamorada de un hombre, un venezolano, pero era un amor imposible.

—¿Y cómo siguió el encuentro?

Se emocionó mucho. Y le dije: «Yo quiero hacerte un regalo, yo canto muchas canciones tuyas y con ese repertorio voy a empezar mi trabajo como cantante. Quiero cantarte». Y entonces ella me contestó una cosa que la tengo clavada en el corazón: «Mejor buscas otros», me dijo. «Está bien si cantas mis canciones, pero agrega de otros porque acá en el Perú no te van a hacer caso.» Fíjate tú, ella tenía eso en su pensamiento, como que en el Perú no le hacían el caso suficiente. Y era cierto, porque recién cuando murió empezaron a poner su música en las radios, en todos lados.

—Una injusticia.

—Sí, ella tenía razón. Ya después de ese día me dijo: «Ven cuando quieras». Yo vi la colección de discos que tenía y yo era una chica que en mi casa con las justas había una radio, no tenía libros ni discos, y Chabuca tenía todos los libros del universo, ¡y los discos! Estaban dedicados, Bola de Nieve le ponía: «A Chabuca Granda, con bola y todo» [risas]. Era un placer. A veces me decía: «Tengo que ir al Teatro Municipal a cantar en el homenaje de un guitarrista, ¿me acompañas?». Y yo la acompañaba. A veces me quedaba en su casa a dormir. Una noche fue de una ternura tal que me hizo llorar. Me dijo: «Tenemos hambre, ¿no?». No habíamos comido, habíamos picado cositas en el teatro. Y entonces puso una olla, jaló unos fideos y los hizo con mantequilla y un poquito de queso parmesano. Y me sirvió un platito de comida, ¡y a mí se me caían las lágrimas sobre los tallarines! Y ella me dijo: «¿Qué te pasa hoy?». Y le dije: «Soy muy feliz, soy muy feliz aquí en tu casa, lloro de felicidad». Y nos hicimos cada vez más amigas. Yo era una atrevida.

—¿Por qué?

—Imagínate, por ejemplo, «La herida oscura». Yo escuchaba la canción y le decía: «¿Por qué dices eso?, ¿por qué escribiste eso otro?». ¡Hay que preguntarle a un poeta por qué dice ciertas palabras! Y ella me dijo: «Mira, esta canción está dedicada a Micaela Bastidas». Tú sabes quién fue Micaela, ¿no? Y lo que hizo, cómo luchó hombro a hombro al lado de su marido, Tupac Amaru.

—Y fue asesinada.

—Claro, fue maltratada y le pasaron cosas terribles por ser heroína. Esa canción se me quedó grabada. Creo que ha llegado la hora de decir palabras urgentes, y entonces incluí esa canción porque me parece que es fundamental. Y también incluyo a la Juana Azurduy.

—En la canción que cantaba Mercedes Sosa.

—Es que no se ha reconocido lo suficiente a estas mujeres. Recién cuando hemos cumplido 200 años de historia es que se han dado a conocer algunos nombres de las heroínas de nuestra independencia. Mujeres que quisieron una patria mejor, lo mismo que queremos nosotras ahora. Son las pioneras, y su lucha tan antigua sigue siendo parte de nuestro presente.

—¿Que el disco se llame Palabras urgentes tiene que ver con Hora Zero, el movimiento peruano de poesía vanguardista? Su manifiesto se llama igual.

—¡Es que ha sido una coincidencia! Hora Zero era un grupo de poetas que hicieron un manifiesto en el año 70 para decir que ya no había palabras suficientes. Cuestionaron a todas las generaciones de poetas peruanos, al único que respetaban era a César Vallejo. Decían que había que quemarlo todo, como dicen ahora los jóvenes. Yo fui amiga de Jorge Pimentel, pero solo me acordé de que ellos habían usado ese título cuando me entrevistó un amigo y me lo preguntó. Pero está relacionado, es casi lo mismo. Es que te manifiestas frente a las atrocidades que has visto. Fíjate que en Perú un grupo de periodistas tuvieron acceso a unos audios a los que llamamos «los audios de la vergüenza», porque en ellos se oye a los políticos haciendo sus matufias. No sé si me entiendes.

—Sí, perfecto, nosotros usamos esa palabra. También decimos chanchullos.

—Bueno, pudimos escuchar cómo la empresa Odebrecht se los compraba a todos. En Perú tenemos un récord de autoridades y presidentes presos por corrupción. Entonces tú puedes escuchar que un juez le dice a un abogado: «Bueno, yo puedo liberar a tu defendido si me pagan tanto». Fue la indignación lo que me llevó a hacer este disco.

¿Qué tiene que tener una canción para que te interese cantarla?

—Es como un llamado. Como un llamado al alma. Yo me acuerdo, por ejemplo, haber escuchado «La cigarra», de María Elena Walsh, o el «Te quiero», de Mario Benedetti, y haber sentido que estaba obligada a cantar esas canciones. Lo mismo me pasó con «Yambambó», el canto negro de la poesía de Nicolás Guillén. Lo ha cantado mucha gente, y yo lo grabé en el disco que hice durante la pandemia, que es todo a capela.

—Sí, un bellísimo disco.

—Es que las canciones te caen encima, te llaman. Es un encuentro. Por ejemplo, la Cruz Roja de Perú me pidió que participara en una cosa a nivel continental acerca de los desaparecidos, con León Gieco, que yo lo adoro, y dije que sí. Entonces me pasaron la canción, porque yo para cantar una canción tengo que meterme en su letra, me lleva tiempo. Recién cuando ya es mía la puedo grabar. Pues me mandaron la grabación de Hasta la raíz, de Natalia Lafourcade, y estaba muy rápida y yo renegaba porque es mucha letra, ¿no? No podía pronunciar las palabras. Pero me fui metiendo en la canción, despacio, y ahora creo que es la más bella canción de amor que he podido escuchar. Es un ser que perdió a su ser querido, pero no porque se ha muerto, porque ha desaparecido. Porque lo han desaparecido. Ese dolor, ese dolor es demasiado grande. Entonces dejé de fijarme en el ritmo, dejé de fijarme en todo y me metí en la letra. Y ahora la canto. La canto con jóvenes, la canto con los coros de mi escuela… La canto porque es de una belleza, dios, de un amor entrañable. Las canciones vienen, vienen a ti. No sé. Yo siento que mi alma las recibe y las tengo que cantar.

—¿Cuál es el poder que tienen las canciones?

—Las canciones tienen fuerza, demasiada fuerza. Imagínate «Gracias a la vida», por ejemplo, ¡cantada por miles y miles de personas! Es un himno. Mira, a mí no me gustan las canciones patrioteras. No me gustan esas canciones que dicen «ay, mi país, no sé qué de mi bandera». No soporto esas cosas. Pero hay un compositor en Perú, que ya falleció, pero que compuso una canción llamada «Contigo Perú», y un día cuando estábamos viendo el Mundial de Rusia de pronto, en todo el estadio, los peruanos empezaron a cantar esa canción. Era impresionante, me puse a llorar. Y en la pandemia la gente la cantaba desde las ventanas de su casa, en los balcones, a los gritos, como una manera de acompañarse. Así que vino a mí, y la escogí para cantarla en mi disco.

—Qué hermoso. Las canciones atraviesan el espacio y el tiempo.

—Se apoderan del alma, a pesar de que tengan muchísimos años. Mira, si hay una canción que nos involucra a todos y que es vigente ahora que pasamos por tantas cosas malas en nuestra América es «Yo vengo a ofrecer mi corazón», de Fito Páez. ¡Y la ha hecho hace 30, 40 años!

—A la salida de la dictadura argentina.

—Claro, entonces vino la pandemia y lo único que yo cantaba en los momentos en los que quería salvar mi alma, mientras preparaba algo de comer o cualquier cosa, era eso: «¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón». Y era como una oración, una oración que yo repetía.

—Es una canción única, muy importante. Tengo una última pregunta, Susana: ¿cuál es tu vínculo con mi país?

—¡Dios mío! Empezando por Zitarrosa. Lo conocí en el año 72, cuando fue el Primer Festival Internacional de la Canción del Agua Dulce, en Lima, y lo invitaron. Tengo toda la colección de su música. Toda completa. Y me acuerdo de sus ojos tristes. Me acuerdo de Los Olimareños, que lo vinieron a acompañar. Tuvieron que meter a Los Olimareños a la fuerza en el avión porque estaban felices en el Perú, rodeados de mujeres [risas]. Se fueron llorando. También conocí a Daniel Viglietti, me hizo una entrevista una vez, es un recuerdo muy lindo porque fue en el sótano del Teatro Solís. Ahora estaré allí con esta niña hermosa que canta y compone bellísimo, que es mi invitada especial.

—Con Ana Prada.

—¡Y quiero ver la casa donde nació China Zorrilla! Ay, otro ser maravilloso que tuve la suerte de conocer y que vivió con nosotros en el Perú fue el flaco Walter Tournier, un cineasta de primera calidad. ¡Y Rosalba Oxandabarat, que escribe como una diosa! Hay tanta gente linda en Uruguay. También están las chicas de la comparsa toda de mujeres… ¿cómo se llama?

—¿La Melaza?

—¡La Melaza! Me invitaron un 8 de marzo y estuve participando en ese desfile precioso por las calles, con los tambores y todo. Quiero verlos a todos, a toditos, pero tengo muy poco tiempo. ¡No sé cómo voy a hacer!

Susana Baca presenta su disco Palabras urgentes el 28 de agosto en el Teatro Solís.

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