Un mundo de pelmazos – Brecha digital

Un mundo de pelmazos

Probablemente soy yo, que me pongo viejo y maniático. Pero mi propia percepción me indica que los pelmazos, con lentitud pero con esa firmeza monolítica que los caracteriza, están conquistando el mundo.

Ombligo por Ombú.

Probablemente soy yo, que me pongo viejo y maniático. Sin duda debo de ser yo, que me vuelvo más intolerante cada día que pasa. Pero mi propia percepción me indica que los pelmazos, con lentitud pero con esa firmeza monolítica que los caracteriza, están conquistando el mundo.

Un pelmazo, aclaremos, es aquel ser humano capaz de expresar su opinión, demostrar su importancia personal o tratar de satisfacer su curiosidad por encima de cualquier otra consideración. Un pelmazo auténtico no duda en llamar a otra persona un domingo a las ocho de la mañana para hacerle una consulta puntual sobre un tema de su único interés.

Pelmazos hubo siempre. Uno de los modismos de cabecera de los pelmazos es empezar sus disquisiciones con variantes de “Cualquiera que tenga algo de calle recorrida sabe que…”, implicando que ellos mismos tienen toda la geografía urbana retratada en las suelas de sus zapatos. En este caso sería: cualquiera que tenga algo de calle recorrida sabe que pelmazos hubo siempre.

Lo cual es muy cierto, en el plano del mundo físico. Los pelmazos son indivisibles de la humanidad, seguramente desde sus comienzos. Incluso hay ciertos puntos que funcionan como atractores de pelmazos, reuniéndolos en cantidades muy superiores a las que la simple estadística puede suponer. Por ejemplo, el puesto de quesos de la feria a donde voy cada sábado. Es un puesto muy popular. Los productos son buenos (a pesar de su tendencia a ponerles nombres inadecuados y sonoros, como por ejemplo llamar Gruyère a un queso Colonia tirando a suave) y un poco más baratos que en el resto de la competencia. Pero eso no explica la popularidad desmedida que tiene, ni la presencia de personas, en su mayoría de edad provecta, que pasan 20, 30 o a veces más minutos esperando para comprar un solo paquete de queso rallado, o 300 gramos de queso magro sin sal. Y mientras esperan, expresan opiniones sin parar.

Un encuentro personal con un pelmazo quesero: el sábado pasado llega mi turno en el carro de quesos, y le pido a quien me atiende medio quilo de Gruyère, 200 gramos de aceitunas y dos o tres cosas más. En eso se apersona un veterano abollado (literalmente, era totalmente calvo y en la parte de atrás del cráneo lucía una notoria concavidad) a pagar 20 pesos que había quedado debiendo. Pero siendo un pelmazo de raza, no se limitó a esperar que quien despachaba estuviera libre, o a darle la plata y desaparecer. Empezó a hablarle sin parar, haciéndose el gracioso (a la manera de un pelmazo), estirando la mano con el dinero y retirándola cuando el otro lo iba a tomar, hablándole sobre los otros ocupantes del puesto, y en general interfiriendo. Resultado, cuando llegué a casa y vacié la bolsa, todo lo que le había pedido al del carro estaba mal (las aceitunas no tenían carozo, y así). Los pelmazos no sólo molestan, también pueden resultar perjudiciales.

Esto respecto al tradicional pelmazo físico. Pero desde que llegó la Internet 2.0 (no sé por qué versión andará ahora), y en particular las redes sociales, los pelmazos se volvieron plaga, al nivel de una plaga zombi. Ser pelmazo es tendencia.

La variedad del pelmazo virtual es amplia, aunque no infinita. Y el medio ideal para que medren es Facebook. Se las ingenian en toda red social, pero en Facebook se les hace el campo orégano.

Por caso, a primera vista Twitter y su límite de caracteres sería la tumba del pelmazo. No señor. Hace poco me puse a seguir a Guillermo del Toro, a ver si llegaba a tiempo para votar sobre si filmaba Hellboy 3 (llegué tarde). Resulta que el tipo (o su empleado twitero) se pasa retwiteando sin parar cientos y cientos de cosas, todo el día. Un pelmazo.

Un tiempo antes me hice seguidor de Pérez Reverte, a ver si agarraba alguna de las discusiones delirantes en las que al parecer se metía a cada rato. Y resultó que el sujeto vive retwiteando cuanto aviso de perrito perdido se sube, ya sea en Murcia o en Kuala Lumpur. Otro pelmazo.

Los famosos pueden ser pelmazos, sí señor, virtuales o reales.

Hernán Casciari, gran pelmazo.

Trump, tal vez el pelmazo más encumbrado en la historia de la raza humana. Es el Übermensch del homo pelmazus.

Ejemplos sobran.

Volviendo a Facebook, un pizarrón infinito donde una de las actividades principales es expresar opiniones, evidentemente no podía hacer otra cosa que atraer pelmazos como una bosta fresca de caballo atrae moscas. La dinámica de ambos ejemplos es muy similar.

Los distintos estilos de los pelmazos digitales son muchos, pero, como dijimos, no infinitos. Los modelos se repiten.

Un clásico es el Pomposo Predicador Pelmazo. Es un tipo que anda por la vida digital con un banquito abajo del brazo, y a la menor oportunidad lo apoya en la cadena de comentarios ajena, se sube arriba y predica su verdad con interminables textos, por lo general ilegibles de puro aburridos, pero que para él, diría el pelmazo Pérez Reverte, están llenos de verdades como puños. Es buena cosa que Face­book sólo muestre parte de estos textos quilométricos, ofreciendo la opción de “Seguir leyendo”. No, gracias.

Otra subespecie de pelmazos muy extendida es la de los buscadores de pelos en huevos. Esta subespecie pasa leyendo atentamente textos ajenos, para depositar en los comentarios una perla de (su) sabiduría que desenmascara un error puntual en lo que leyó. Por lo general es algo muy secundario, ajeno al tema central y a veces discutible. Pero nada puede quitarle al pelmazo la satisfacción de haber encontrado el pelo del día en el huevo que nunca fue hervido para él.

Hay pelmazos de derecha y de izquierda, claro. El pelmazo de derecha tiene su cumbre en una subespecie que no es exactamente de las redes sociales, sino que anida en los comentarios de noticias de los medios de prensa, en particular ya sabemos cuál. Esta variedad de pelmazo extremo consigue su mayor placer en repetir sus mantras (“renunciá Bonomi”, “Mujica no se baña”, “el Fraude Amplio”, etcétera) ad nauseam como apostilla a cualquier noticia. Literalmente, cualquiera: política, deportiva, de espectáculos, salud o jardinería, toda nota es conveniente. Volviendo al ejemplo de la bosta de vaca, para estos pelmazos no importa de qué animal proceda la deposición: la mosca deja siempre exactamente el mismo huevo. Esta piara al parecer sólo se lee entre ellos mismos (y se felicitan uno al otro en abundancia), lo cual es a la vez tranquilizador y preo­cupante.

También hay pelmazos de izquierda. Uno muy curioso es el “enemigo del imperio”. Se lo reconoce por sus constantes declaraciones referidas a que nada, literalmente nada, de lo que ocurre en el mundo pasa por otro motivo que no sea la injerencia maligna estadounidense. Lleva este argumento a terrenos del delirio puro, ya muy alejados de toda lógica o razón. Comienza con la muy demostrada mano negra en la muerte de Allende, y al poco rato nos está informando de que todos los atentados terroristas son de falsa bandera, que Bin Laden vive, que al Titanic lo hundió la pre Cia y que la llegada a la Luna la filmó Kubrick. Su carné de afiliado al Pit-Cnt es lo único que evita que este pelmazo dé el siguiente paso lógico y empiece a culpar a los reptilianos.

Y dentro de la casi inabarcable pero felizmente finita fauna de pelmazos hay uno que destaca por, paradójicamente, inconspicuo. Se trata de un tipo de pelmazo curioso, casi razonable, que a primera vista tiene argumentos casi compartibles. Es aquel que suspira con pesar ante la lumpenización de la población, y murmura con pena que lo único que se puede hacer es “salvar a los salvables”. El que argumenta que la crítica al gobierno desde la misma izquierda es un error garrafal, y que es solamente hacerle “el juego a la derecha”. El que susurra que está muy bien marchar contra la violencia de género, pero que nunca hay que olvidar que toda muerte es mala. El que se horroriza ante el abuso infantil, pero dice que la sexualización de la infancia es un hecho consumado y haríamos mejor en acostumbrarnos.

Ese, de todos los pelmazos existentes, es el peor. El que con voz razonable y untuosa nos invita a asumir cosas, a bajar los brazos, a aceptar lo que, según él, es inevitable. Ese, de toda la multiplicidad de pelmazos que nos atormentan a diario, es el único y verdadero Pelmazo Peligroso.

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