Un país de viejos

Diálogos generacionales en la literatura uruguaya.

En mayo se cumplieron diez años del fallecimiento de Mario Benedetti y el año que viene se celebrará el centenario de su nacimiento. Las efemérides de este año y el que viene lo han rescatado de cierto ostracismo. Pese a ser el escritor más internacional y exitoso que ha tenido la literatura uruguaya, en estos últimos diez años, Benedetti se fue olvidando poco a poco, sus libros dejaron de editarse con tanta frecuencia, desaparecieron los estudios sobre su obra y persistió apenas en versos repetidos incansablemente en las redes sociales.

En España, sobre todo, el reconocimiento ha vuelto con fuerza. El Instituto Cervantes ha organizado un congreso internacional a celebrarse en Alicante el año próximo, entre otras muchas actividades en cada uno de sus centros en todo el mundo. En Uruguay, la Fundación Mario Benedetti organizó una exposición de cuadros y dos charlas.

Resulta muy pintoresco que hasta el propio Benedetti sufra los resabios de un país sin memoria que olvida rápidamente a sus artistas, incluso a aquellos más consagrados. Es hasta grotesco pensar que apenas diez años atrás se lo velaba en el Palacio Legislativo, en duelo nacional decretado por el gobierno, y que ahora se hable tan poco de su figura.

Sin embargo, lo más interesante del caso Benedetti es que, en su larga trayectoria, representó todos los tipos de escritor que existen. Al principio, fue un joven desconocido que tuvo que oponerse fieramente a la literatura que hacían los autores canónicos del momento. Él mismo dejaba claro en cada entrevista que autogestionó sus primeros ocho libros porque ningún editor se interesaba en lo que hacía.

Una vez alcanzado el reconocimiento, y empujado por la generación del 45 (el último grupo que estableció el canon literario en Uruguay), se convirtió en el escritor-crítico que determinaba qué leer y a quiénes leer. Sus artículos sobre autores latinoamericanos, sus traducciones o sus antologías de otros poetas dan muestra de ello.

Luego, ya en los años ochenta, regresado del exilio, fue el escritor hegemónico que había que combatir. Los debates con los jóvenes de entonces (Fernando Butazzoni, Gustavo Escanlar, Elbio Rodríguez Barilari, entre otros) no lograron disminuir su peso en la escena cultural, sino confirmar su posición en el selecto atrio de poetas consagrados.

En efecto, Benedetti ya tenía una obra extensísima y de calidad, gozaba del reconocimiento popular de un público masivo e internacional y, sobre todo, tenía años. Nada es más consagratorio que la vejez. Aquel Benedetti joven que cuestionaba a Fernán Silva Valdés o a Pedro Leandro Ipuche, “los poetas ancianos de los años cuarenta”, ocupó ese lugar hacia finales del siglo.

A Uruguay le ha costado mucho rebatir un modelo que se impuso hace ya décadas, pero que, no obstante, sigue siendo extensivo en todas las esferas artísticas. Todo artista joven que quiera inmiscuirse en el patio de los consagrados debe pagar antes un caro derecho de piso.

Las premiaciones convocan sistemáticamente a jurados de ancianos que, en la mayoría de los casos, desconocen absolutamente la escena juvenil, las inquietudes y las temáticas de los nuevos escritores. Los congresos llaman a escritores y críticos ancianos para hablar del nuevo canon, de la nueva literatura, con reticente mirada y desconocimiento de causa. Las instituciones públicas comandadas por ancianos no colaboran en crear espacios de difusión para los jóvenes. Los medios de comunicación dirigidos por ancianos hacen poco por averiguar qué está sucediendo en la escena under o los espacios marginales. Los programas educativos (de primaria, secundaria y universidad) ni siquiera mencionan a escritores actuales, ya sean nacionales o extranjeros. Las escasas muestras de divulgación, los pocos espacios de encuentros y las casi nulas publicaciones de escritores jóvenes son resultado del esfuerzo de unos pocos (y también jóvenes) gestores culturales. En un país de viejos, ser joven es una tarea complicada.

En 2018, el Ayuntamiento de Madrid seleccionó versos de 1.100 poetas, la mayoría jóvenes desconocidos, y los estampó en las calles para que los peatones los leyeran al caminar. El slam de poesía de Milán, organizado por el colectivo de jóvenes Tempi Diversi, se transmite por televisión en horario central, como si se tratara de La Voz o de Operación Triunfo. El programa de televisión francés La Grande Librairie (uno de los más vistos de la cadena Télé 7) recibe al mismo tiempo a escritores de renombre internacional (como Michel Houellebecq o Amélie Nothomb) y a los recientemente estrenados. En Argentina, Beatriz Sarlo (una de las personas que ha determinado el canon literario de los últimos treinta años) reseña todas las semanas el libro de un escritor novel. Por su parte, los presentadores Cristina Mucci y Osvaldo Quiroga hacen lo suyo en sus programas de televisión. En varios países del mundo, los escritores más consagrados reseñan los libros de los nuevos autores, en una suerte de padrinazgo que unifica y traza líneas de continuidad entre estilos, géneros o casas editoriales, aunque se trate de tuits, al estilo Stephen King.

Las comparaciones son odiosas, es cierto. Pero también pueden ser útiles para un país siempre preocupado por lo que pasa afuera, siempre predispuesto a destinar mayor atención a lo que hacen los otros y no los de adentro.

Hay que decir que en Uruguay ni siquiera los escritores más consagrados viven una vida de privilegios y comodidades. De eso sólo pudo dar cuenta Benedetti y algún otro. Los demás dividen el tiempo entre la escritura, el trabajo, la familia y la vida mundana, sin reconocimientos.

Hace poco, el maragato Pedro Peña se quejaba en su cuenta de Facebook de que pese a la cantidad de libros publicados, de premios y becas ganados, incluso de la adaptación al cine de una de sus novelas, el apoyo institucional es nulo. Peña, como la mayoría de los escritores uruguayos, dedica sus ratos libres a la escritura.

En ese panorama adverso, si se es un escritor joven, la cosa es aun más complicada. La sensación es de pura y absoluta soledad. Ningún escritor consagrado dedicará el mínimo esfuerzo a acompañar el proceso. Ninguno escribirá unas palabras de aliento. Ninguno se esforzará en leer y comprender el proceso. Ninguno asistirá a un encuentro de poesía performática para ver qué derroteros ha tomado la poesía.

En el campo literario uruguayo no existen “las nuevas promesas” o “los nuevos representantes”. Ni siquiera se habla de una nueva generación, de un nuevo estilo o un nuevo grupo, esas etiquetas que tanto gustan a los críticos literarios y los periodistas.

Los concursos, que siempre han sido un importante tobogán para difundir la obra de nuevos artistas, apenas consiguen dar un poco de reconocimiento, y en la mayoría de los casos ni siquiera se ocupan de la publicación. El primer premio a las letras en la categoría inédita que otorga el Ministerio de Educación y Cultura recibe 35 mil pesos, más 15 de incentivo para su publicación. Una tirada de 250 ejemplares en la imprenta más barata de Montevideo supera los 40 mil pesos. En cambio, la obra ya édita de escritores, en muchos casos ya consagrados, recibe 60 mil pesos de premiación.

La falta de agencias literarias y casas de representantes, como ocurre en la mayor parte de los países occidentales, no hace más que profundizar el silencio y el desconocimiento, a favor del amiguismo provincial. “Reseñame que te reseño”, se decía hace unos años en los corredores del Ipa, a modo de sátira sobre el papel de la crítica literaria local. Ser un país tan chico y tan vacío no es cosa buena para la difusión de la cultura desde perspectivas objetivas e indeliberadas, por más paradójico que parezca.

Ni el Estado, ni la Universidad, ni los centros culturales se han ocupado lo suficiente en repensar esta situación y entender que la complejidad de las relaciones entre nuevos y viejos debe crear líneas de contacto, apoyándose en el diálogo y el debate, en la difusión, el comentario y la relectura. Los medios están ahí, no hace falta mucho. Sin embargo, pareciera que una intención soslayada por no ocuparse de los otros y defender la chacra propia es el tono dominante del panorama cultural uruguayo.

Habrá que repensar, con más tiempo y en conjunto, a qué se debe esa defensa de los intereses propios, cuando la experiencia en todas partes del mundo da cuenta de que el vínculo entre los de antes y los de ahora fortalece la presencia de ambos. Benedetti, al menos, leía a los jóvenes.

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