Un radical

Guillermo Chifflet (1926-2020)

Ilustración: Ombú

Los que nos incorporamos a la redacción estable de Brecha ya entrados los años noventa no convivimos con Guillermo Chifflet. Ni con Carlos María Gutiérrez, muerto a fines del 91. Bien distintos el uno del otro, ambos compartían una condición: los redactores más jóvenes los consideraban sus maestros. Contaba Samuel Blixen en la edición de Brecha del 27 de setiembre pasado, en la que evocaba la figura de un Chifflet que acababa de ser homenajeado con el Premio Internacional Mario Benedetti a la Lucha por los Derechos Humanos y la Solidaridad, que Guillermo era famoso entre los redactores del semanario por una frase que resumía su idea de lo que debía ser una buena nota. Cuando le preguntaban cuál debía ser la extensión de un artículo, él decía: “La más cercana al punto final”. Y dice Carlos Amorín, otro de sus discípulos de entonces, en una semblanza de esta semana (rel-uita.org, martes 28), que al ver a un periodista dudando sobre cómo encarar alguna nota se inclinaba sobre el escritorio desde su robustez y su altura y le aconsejaba: “Escribí como para que la entienda el abisinio”. Que era como decir: escribí para la gente, no para tu ombligo. Las más de las veces fracasaba alegremente. “Nos corregía, nos dirigía, nos escuchaba, nos cortaba párrafos y párrafos, nos titulaba, en fin, nos editaba y nos enseñaba sin abandonar jamás su tono afable, cordial, chispeante”,recuerda Amorín.

Cuando ingresó al Parlamento como diputado por el Partido Socialista, en 1989, Chifflet renunció a la jefatura de la sección Política de Brecha, considerando incompatibles las dos funciones (había hecho lo inverso muchos años antes, cuando había decidido poner en el freezer su militancia partidaria para dedicarse de lleno a Marcha). Sus contactos con la redacción, ya como un “externo”, siguieron siendo, de todas maneras, más o menos habituales por bastante tiempo: para pasar información, para comentar alguna cobertura, para ver “cómo iban las cosas” o simplemente para visitar a sus viejos compañeros. Saludaba indefectiblemente con un “hermanísimo” y un abrazo, y se ponía a contar alguna historia. Una presencia elegante y afable.

No hay hoy quien no haya recordado por estos días su renuncia a su banca de diputado, en diciembre de 2005, luego de que los legisladores del ya gobernante Frente Amplio (FA) votaran la permanencia de las tropas uruguayas en Haití, como uno de esos gestos raros de dignidad e independencia política. La foto que tomó en esa sesión Alejandro Arigón captó el momento en toda su dimensión: Chifflet sentado, con los brazos cruzados, rodeado de las manos alzadas de representantes de su partido y de la oposición de entonces. Otros legisladores frenteamplistas se habían retirado de sala; él prefirió quedarse para explicar su voto: “Las tropas uruguayas van a Haití a cumplir las órdenes del imperialismo norteamericano”, dijo. Y luego anunció: “Es la última cosa que voy a decir en esta Cámara. No puedo votar esto que va contra las convicciones más hondas de mi conciencia. Para cumplir con mis compañeros, renuncio a la Cámara. Renun-cio. Quiero respetar la voluntad de la mayoría, pero también estar tranquilo con mi conciencia”. El FA acababa de llegar al gobierno, y Chifflet no estaba dispuesto a bancarse que uno de sus postulados “históricos”, el antimperialismo, se fuera por el barranco a poco de iniciada su gestión. Era uno de los principios que también había defendido cuando integraba el primer Consejo Editor de Brecha, y que traía no sólo de su militancia política, sino de su trayectoria en Marcha, Época o en el semanario socialista El Sol. “Es una seña de identidad que la izquierda no puede perder en ninguna circunstancia”, escribió. Luego de su renuncia al Parlamento no se llamó a cuarteles de invierno. Le disgustaban otras decisiones del gobierno: apoyar la instalación de las transnacionales pasteras, por ejemplo. O la tibieza ante las Fuerzas Armadas para quebrar el pacto de silencio sobre las desapariciones y el enterramiento de cuerpos. José Díaz, que compartió siete décadas de militancia política con Chifflet, recuerda que caía de vez en cuando por el Comité Central del PS a discutir. “Muchísimas veces discrepaba con las posiciones del partido y se enfrascaba en discusiones. Pero tenía esa virtud de largar alguna ironía fina o hacer bromas, y con eso distendía el ambiente y a veces ayudaba a zanjar los debates”, contó a Brecha. “Soy un gran deudor del Flaco. Mi formación política en el socialismo revolucionario la debo a gente como él o Raúl Sendic. En los años cincuenta empujamos juntos para que hacia fines de la década el PS asumiera posiciones terceristas de base marxista que le dieron contenido a una corriente que tuvo mucho predicamento en el movimiento estudiantil y que también tuvieron base en Marcha. Bregamos juntos por la unidad del movimiento sindical y la confluencia en lo que sería la Cnt, por ejemplo.”

“También le debo a Chifflet un flaco favor”, dice sonriendo José Díaz, jugando con el seudónimo que los identifica a ambos. “Se sabe poco que cuando el PS es relegalizado y se presenta a las elecciones de 1984 el candidato a encabezar la lista a Diputados era él. Pero renunció para que yo, que estaba exiliado en Barcelona desde una década antes, pudiera serlo. Yo no quería, no me sentía preparado, llevaba mucho tiempo en el exilio, pero no hubo nada que hacer. Estaba todo cocinado y me la tuve que bancar.”

Díaz lamenta no haber “tenido la audacia y la decisión de hablarle” cuando Chifflet renunció a su banca. “Yo entonces era ministro del Interior e intentaba defender desde mi cargo posturas de izquierda acordes con lo que habíamos predicado, así como él lo hacía desde el Parlamento. Hizo muy bien el Flaco en rechazar la presencia de tropas uruguayas en Haití, un favor que se le estaba haciendo a un imperialismo estadounidense que había volteado al gobierno de Jean Bertrand Aristide. Fue un acto de romanticismo político de gran valía. El principismo socialista destacaba al Flaco. Daba lecciones de socialismo en la Cámara y se fue ganando incluso la simpatía de los propios adversarios por decir siempre lo que pensaba.” Gonzalo Civila, el actual secretario general del PS, lo definió como “un radical”. “Ser socialista es necesariamente ser radical, en el sentido de querer cambiar el mundo de raíces, y si no sos radical, no sos socialista”, dijo una vez Chifflet en una charla en Brecha. En una conversación que organizó La Diaria en 2009 entre “dos generaciones de militantes del PS” (él representaba a la vieja guardia; Nicolás Núñez, el secretario de las Juventudes, a la más reciente), Chifflet marcó distancia con el estilo de conducción de Tabaré Vázquez (“está ganado por el personalismo”, “no es un modelo socialista”) y con la política económica que habían seguido hasta el momento –y continuaron después– los gobiernos del FA. Al preguntarle acerca de cómo definiría ser de izquierda, respondió evocando a Emilio Frugoni, de quien fue secretario y luego se distanció: “Frugoni también se sentía representante de una clase. No decía, como suelen hacerlo Danilo Astori y Tabaré Vázquez, que hay que estar por encima de las clases y representar a todos. ¿Se puede representar igual a los banqueros que a los trabajadores? Eso no es posible, la historia lo desmiente”. En esa conversación contó que Zelmar Michelini no se imaginaba un gobierno del FA “sin movilización y pueblo en la calle”. Y eso faltó, dijo entonces Chifflet.

Hermano Chifflet

Tu ejemplo de dignidad, que edificaste cuando renunciaste a tu banca de diputado porque tu conciencia era más importante que tu disciplina partidaria, hoy que no estás se convierte en la herencia y la referencia y el compromiso para una izquierda que se niega a desaparecer, a diluirse. n

S B

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